Entró al juzgado ya con sus manos esposadas a su espalda, y caminó el ingreso castigado con la vergüenza, mirando de soslayo a sus costados, donde encontró – allí sí – ojos que se clavaban en los suyos como puñales sin fin. Lo atormentaba el espectáculo y se sentía derretir en una hoguera grande, mientras el sudor – a pesar del invierno cruel – calcinaba su cuerpo poco aseado. Lo recibió el juez en su despacho pomposo. Eugenio, más que sentir miradas, imaginaba carabineros a punto de volarle los sesos. - Señor Eugenio Murín, abrió el juez. - Sí, señor juez, contestó Eugenio con una respuesta lánguida e inocente. - ¿Sabe usted cuáles han sido los motivos por los que ha sido traído hasta este juzgado?, exclamó el juez con una mezcla de pregunta y afirmación. - Sí, señor juez, respondió

