EL ASESINATO DEL SEÑOR MURÍN

1702 Palabras

Cuando Eugenio se levantó advirtió un tufo impresionante que merodeaba por la casa. Pero recordó que era el mismo tufo que, como un despertador, lo levantaba del madrigal en donde dormía, tapado con sábanas más parecidas al cartón que a la tela. Era un olor nauseabundo, descomponedor. Brotaba de las entrañas del piso estucado o de entre los ladrillos que estaban detrás del poco revoque que dormía en ellos; o quizás bajaba como una maldición desde las lianas de mugre y vapores atascados que durante años estuvieron durmiendo ahí; o venía desde los rincones donde las arañas panzonas se desayunaban con los pedazos de moscas que en el techo quedaban. Arrastró los pies – como un condenado – hasta la cocina lúgubre y abrió la puerta del patio, marrón y antigua, no para airear ni expulsar a los

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