A la mañana siguiente, mientras intentaba darle forma a su desorden en la empresa se acercó su jefe y casi con temor le dijo: "Jerónimo, tenemos que hablar. Te espero en mi oficina". A Jerónimo se le cayó el mundo encima porque era consciente de su descuido. Entró casi en el aire al despacho de su jefe y alcanzó a observar una taza caliente de café puesta de su lado. Un sudor interno y abrazador enmascarado en una postura desinhibida recorrió el cuerpo y la sangre de Jerónimo. "Muchacho”, abrió el jefe adusto y de poblados bigotes: “Tu madre acaba de fallecer. Quería decírtelo tranquilo en esta oficina", dijo con una entonación paternal. Jerónimo adoptó la mueca de no saber el día, la fecha y la hora que estaba viviendo. Se tomó de los posa brazos y quedó suspendido en el aire mirando a su

