—¿Cómo demonios entraste, Daila?—Pregunté luego de tanto reír.
—La puerta estaba abierta y pues, te vi caer, pensé que pudo ser mucho peor y tomé el atrevimiento de pasar sin el permiso de nadie.—Suspiró.—¿Hice mal?
Reí.—Me salvaste y ambas caímos en el intento.—Respondí poniéndome de pie.—Supongo que, bienvenida a mi hogar. Éste es mi habitación.—Dije extendiendo mi mano y poniendo de pie a Daila.
—Es una linda habitación.—Dijo caminando hasta la ventana.—Desde aquí se ve mucho. Con razón sueles verme cuando estoy por aquí.
—...Eh... Es inevitable, siempre estás en mi patio principal.
—Me gusta más que el mío.—Respondió inmediatamente. Hubo silencio de mi parte, mirando la laptop que seguía sin alguna respuesta y su voz me sacó de mis pensamientos.—¿Una vez más perdida en recuerdos?—Preguntó confundida.
—Lo siento.—Me disculpé.
—Creo que es mejor que me marche.—Y dejándome con la palabra en la boca, una vez más Daila se iba.
Terminé de limpiar mi habitación, ordenando adicionalmente un par de cosas y finalmente recibiendo otra respuesta por parte de Alan.
—¿Cómo estás, vecina?—Preguntó sutilmente.
—Todo bien aquí.—Susurré. Tecleando al mismo tiempo aquellas palabras. Suspiré y continué.—¿Y tú, Alan Davis?
—Todo bien aquí.—Repitió inmediatamente.
Reí y en mi nerviosismo solo pensaba, ¿ahora qué? ¿ahora qué se supone que debo decir? Ya no tenía temas de conversación y actué de momento.
—Debo hacer un par de cosas, hasta luego.—Finalicé. No hubo respuesta.
Cerré la pantalla de la laptop y grité una vez más. ¿qué demonios me sucede?
¿He perdido la valentía?
Renuncié a Liv sin luchar por ella, sin haber dado un poco más de mi, simplemente huí de aquella posiblidad.
Tomé aire una vez más y sin darme cuenta, ya estaba dormida.
(...)
Al día siguiente.
Desperté por la claridad solar que entraba por mi ventana, me puse de pie y cepillé mis dientes. Miré la hora, 6:30am, tenía tiempo para hacer todo con calma.
Bajé por aquella comida que noche anterior no había comido, calenté mis dos sándwich, serví jugo y tomé un durazno de la nevera. Mi madre y mi padre ya no estaban. Desayunando en silencio y mirando la pantalla de mi celular esperando alguna noticia que no llegaba.
Terminé la comida y me puse de pie hasta mi habitación, conjunto deportivo verde, zapatos negros y mochila. Momento de ir a clases. Cara natural, cabello atado en una coleta alta.
Corrí escaleras abajo, cerré mi casa y ahí estaba Daila.
—¡AAHH!—Grité del susto.—¡Mierda! ¡Me asustas!—Grité molesta, tomando mi pecho que subía y bajaba con fuerza.
—Lo siento.—Rió.—Quería preguntarte si podíamos ir juntas a clases.—Preguntó entregandome lo que parecía ser, un par de galletas.
Reí.— ...Sí, claro que sí. ¡Pero por Dios ya deja de darme esos sustos!—Dije empujando su cuerpo levemente.—¿Y Alan?—Tomé el atrevimiento de preguntar.
Silencio de su parte y segundos más tarde respondió.—Él se va con un amigo...No quería molestar.—Dijo secamente.
Y sin más, apareció Stacy ante nosotras.
—¿Vamos?—Fue lo primero que me dijo.
—Pensé que no vendrías.—Abrí mi puerta y subí.—Sube Daila.—Indiqué.
Hubo silencio de su parte, miraba el automóvil de Stacy detenidamente y finalmente dijo.—Creo que iré caminando, tengo cosas por pensar.
—¿Estás segura?—Suspiré.—Olvidé decirlo, lo siento. Todas las mañanas Stacy pasa por mi.
En silencio Daila fue desapareciendo en el camino y Stacy no dejaba de verme confundida.
—...Kora...—Suspiró.—¿Otra vez?—Preguntó.—Habíamos quedado que no más chicas.
Y sí, había mentido cobardemente para no perder a Stacy. No sabía que aún seguía viendo chicas y que aún no sabía quién era o qué quería. Aquella confesión alguna vez me llevó a casi perderla y eso no lo quería. Tuve que fingir y adaptarme a las circunstancias, viviendo en una confusión de una doble vida.
Kora heterosexual, Kora bisexual y confusa. Pero después de todo eso, ¿cuál mentía más? ¿Cuál era más real? ¿La kora heterosexual? ¿La kora bisexual? ¿Al menos era feliz?
—¡Kora!—Gritó Stacy sacándome de mis pensamientos.—¿No me dirás nada?—Insistía.
Suspiré.—Solo es mi vecina, Stacy. Es una gran amiga, solo eso.—Dije finalmente.—Y pues, he estado hablando un poco con su hermano.
—¡Cuéntamelo todo!—Gritó acelerando el automóvil.
—Es muy lindo, varonil, fuerte y alto, piel morena, ojos café oscuro. Hemos hablado poco, pero me dijo ¡que quiere conocerme más! ¿puede imaginar eso?
—¡Oh por Dios Kora! ¡Puede ser el chico correcto!—Gritó emocionada. —Invitalo a salir. Salgamos todos o algo. —Insinuó.
—Es que no lo he visto mucho en persona...—Confesé.
—¿¡Qué!?
—Hemos estado hablando por Facebook.—Dije casi inaudible.
—¡Kora!, ¿¡Vive a tres casas de la tuya y solo se escriben por f*******:!? Ya veo porqué no funcionan tus relaciones.—Confesó entre risas.
—¡Deja de burlarte! ¡Lo invitaré a salir!
—¡Claro que lo harás! ¡Saldrán juntos! ¡Kora Harrison tendrá una cita con un chico!—Gritaba una y otra vez al volante. Y por mucho, estaba feliz, orgullosa de mi. Algo que no veía ni sentía hace mucho.