NARRACIÓN EXTERNA
Sabía que tarde o temprano tendría que decir la verdad. Ser valiente y mirarla a la cara diciéndole quién era.
¿Pero y si en el intento de confesar la verdad perdía toda probabilidad de tenerla? ¿Perder a Kora Harrison?
¿Cómo mirarla a los ojos y decirle la verdad?
Ahí la veía, asomarse una vez más en la ventana de su habitación, confundida, buscando respuestas. Así era Kora Harrison, una chica alegre llena de curiosidad por enfrentar el mundo y resolver problemas que no entendía.
NARRA DAILA DAVIS
Sabía que estaba en problemas y no sabía cómo hacerle frente. Miré la pantalla una vez más y entendí la gravedad de mis mentiras y al punto que había logrado llegar.
Había intentado acabar con la mentira muchas veces pero no tenía el valor de hacerlo. No quería arruinarlo.
Caminé en silencio, frustrada, mi pecho subiendo y bajando con fuerza, lo había arruinado muchas veces sin pensar en las consecuencias de mis actos, Kora era increíble y más allá de todo había encontrado una amiga, una confidente. Podía perderle todo en el mismo intento de tenerlo todo.
Una vez más ante la puerta de Alan, buscando el valor de confesar todo lo que habia ocasionado y que me ayudara en el lio que habia formado.
Toqué dos veces hasta oir un sutil, —Adelante.—Por parte de mi hermano Alan.
—¿Qué sucede, Daila?—Me miró confundido, dejando de ver la pantalla de su celular y enfocando su mirada solo en mi. Y en mis manos que apretaba con fuerza por el miedo que tenía.
—Hice algo realmente malo, hermano.—Dije caminando hacia él, sentándome a su lado, recostandome en su cama y tomando su sábana.
—¿Qué hiciste ahora, Daila? ¿Que te dijo papá de meterte en problemas?—Preguntó de manera acusadora.
Suspiré y tapé mi rostro con sus sábanas.—¿Tan malo es?—Volvió a preguntar.
—Conocí a alguien...—Dejé escapar.
Hubo silencio y finalmente dijo entre risas. —Eso no tiene nada de malo, Daila. También me he enamorado muchas veces.—Dijo burlón.
—Sí, pero lo arruiné.—Dije con mi pulso acelerado.—No estoy siendo realmente yo cuando hablamos.
—Daila.—Dijo quitando aquella sábana que cubría mi cara.—No debes dejar de ser tú por alguien más.—Finalizó.—Si alguien se enamora de ti, debe hacerlo de lo que eres, no fingiendo.
—Es más difícil que eso, Alan.—Suspiré finalmente.—Te contaré...—Dije jugando con mis manos.—Conocí a una persona por internet, revisé su perfil muchas veces y seguía sus redes desde hace mucho tiempo, nunca tuve el valor de hablarle; y ocurrió una torpe idea de la cual, en serio, me arrepiento.—Suspiré y tapé mi rostro con la sábana una vez más.—Me cree un perfil falso.—Solté finalmente.
—¿¡Daila que tú hiciste qué!?—Gritó quitando aquella sábana que utilizaba para esconderme. —Esto es muy grave. ¿En qué pensabas?
—No pensé en las consecuencias y ahora lo estoy arruinando. Pero te seguiré contando.—Suspiré.—No había tenido el valor de hablarle hasta que finalmente nos mudamos hasta acá y resultó que estaba más cerca de lo que creía. Más increíble de lo que ya veía tras la pantalla, tras fotografías y posts.—Ella es...
—...¿Ella es?—Una vez más quitó aquella fina sábana que me cubría.—¿Qué quieres decirme Daila?... ¿Tú eres...?—Preguntaba confundido y poniendo sus ojos en blanco, estaba asombrado.
—Sí Alan, eso quiero decirte. Eso he intentado decirte por mucho tiempo, pero tampoco tenía el valor de decirlo. Fingiendo ser alguien más, fingiendo que no importaba, fingiendo ser alguien más. Miedo a ser yo misma que me llevó a crear un perfil falso para tener el valor de hablarle.—Dije entre lágrimas.
Alan guardó silencio y me atrapó en su pecho con fuerza, rodeando mi cuerpo con sus grandes brazos.—Shh...—Dijo calmando mis nervios y besando mi frente. Alan era por mucho, un santo.—No te juzgaré hermana, no tengo porqué hacerlo. Mientras no le hagas daño a nadie, mientras seas feliz y mientras no tengas que fingir ser alguien más, estará todo bien.—Suspiró.—Pensé que no teníamos secretos... Sé que con el tiempo me he distanciado, y es que estamos en cosas diferentes justo ahora, pero no por ese simple hecho tuve que alejarme tanto de ti. Eres mi hermanita menor, tenía que cuidar y proteger de ti, no solo dejarte a un lado.—Besó mi cabeza una vez más.—Lo siento.—Soltó finalmente.
Las lágrimas se hicieron aún más presente y me aferraba aún más con fuerza a su pecho. Justo en ese momento todo se iba, no tenía miedo, no tenía presiones. Era yo, Daila Davis, sin máscara, sin miedos, era libre.
Alan me estaba dando el derecho de ser libre sin juzgarme, sin preguntarse porqué, solo aceptando mi decisión y viviendo con eso. Y era así, que debían de ser tantas personas.
—Debes contarme más.—Continuó. Sequé mis lágrimas y me despegué de su pecho.
—...Ay Alan...—Dije ahogada en palabras.—Ella es Kora Harrison.—Solté sin más.
—¿Kora? ¿Esa no es nuestra vecina?
—Sí, esa Kora. Nuestra vecina, la cual había admirado en secreto a la distancia mucho tiempo, inclusive sin conocerle.
—Ay Daila...—Susurró Alan.
—Perdóname.—Susurré.
—¿Por qué Daila? No debes disculparte por ser quien eres.—Dijo confundido.
—No es solo eso, perdóname por lo que diré ahora.—Respiré hondo y confesé.—Todo éste tiempo estuve haciéndome pasar por ti. Kora todo éste tiempo estuvo creyendo que estaba hablando contigo, se enamoró de ti.
Alan se echó hacia atrás, levantándose de su sitio y poniéndose de pie. Ojos en blanco, silencio. Pasó sus manos con frustración por su rostro.
—Daila... ¿Sabes lo grave que es ésto? ¿Qué hiciste...?—Susurró decepcionado.
—¡Yo solo quería llamar su atención! ¡No pensé que se enamoraría! ¡Muchas veces quise decirle la verdad pero no supe cómo! Era más fácil enamorarla siendo un hombre alto y apuesto, que siendo una niña tonta.—Dije entre lágrimas.
—No sabes la gravedad de lo que acabas de hacer, Daila. No lo sabes.—Repitió.