Volví a casa y me envolví entre sábanas, no tuve el valor de desvestirme; dolía muchísimo saber que algo que tanto anhelabas, jamás lo tendrías. Sentía un vacío en el pecho y en el alma, queriendo tenerla conmigo probablemente la mayor parte del tiempo y ya le estaba dando un final forzoso a nuestra historia.
Pero entendía lo que decía la rubia, podía conocerla, quererla e inclusive, intentarlo, pero correría las consecuencias de que le sucediera algo a ella o a mi. Y no haría nunca nada que la lastimara.
Tomé una almohada y la coloqué sobre mi boca, gritando con fuerza y queriendo golpear todo a mi alrededor.
Había encontrado la chispa que tanto quería y la había perdido en cuestión de segundos, se desvanecía entre mis manos como una gelatina derretida y yo no tenía el control de su ser, ni del mío.
Tiré la almohada haciéndola golpear mi laptop y casi caer al suelo. Con pesadez me puse de pie y caminé a salvarla, llevándola conmigo a la cama.
Me desvestí quedando en ropa interior y una vez más, cargando la laptop sobre mi cuerpo.
Entré a internet y luego a f*******:, red social que me había llevado mucho tiempo sin revisar; una vez allí bajé y bajé sin parar, algo llamó mi atención, era el chico nuevo del instituto y el chico de la mañana, aquel que no tenía nombre.
Me metí en su perfil y ahí estaba, Alan Davis. Amigable, 50 amigos, lo que era extraño, nuevo en la ciudad, soltero. Pocas fotos de perfil y ninguna pareja por allí.
Reí mentalmente y algo cruzó por mi cabeza. Sabía que era casi imposible lograr salir abiertamente con una chica, no solo por los prejuicios fuera, sabía que mis padres no lo aceptarían. Respiré hondo y apreté, aceptar solicitud.
Si no podía ser libre con las mujeres, no perdía a intentarlo una vez más con un chico. Alan Davis repetí en mi mente.
Miré mi cuerpo desnudo ante el espejo y me puse ropa cómoda, un short rosa, playera azul claro y sandalias se casa. Desmaquille mi rostro y ate mi cabello en una coleta alta.
Y la laptop sonó con una notificación, corrí a la cama y caí de un solo salto.
—¡Aceptó!—Dije en voz alta. Muy alto al parecer.
—¿¡Todo bien Kora!?—Gritó mi madre fuera.
—¡Sí!, todo bien.—Dije respondiendo, y mirando con asombro aquella pantalla.
Y sin más, en cuestión de segundos, viendo su perfil con asombro, recibí un mensaje.
De: Alan Davis.
Para: Kora Harrison.
—Hola, vecina.—Dijo sin más.
Sabía que mi teoría era cierta, se había mudado a unas casas de la mía. Sonreí y respondí.
—Hola, Alan Davis.—Riendo y mis piernas temblando, presioné enviar.
Segundos más tarde, hubo una respuesta.
—Te vi hoy en la mañana, ibas a clases.—Fue su respuesta.
—Sí, yo también te vi.—Y no hubo más respuesta de su parte. Miré la pantalla un par de minutos, pasaron 5, pasaron 10, él ya no estaba.
Respiré hondo y cerré la pantalla. Había durado mucho.
Me levanté de la cama y abrí mi ventana, viendo la chica que casi atropellamos allí.
Corrí y me puse ropa más ropa, cambié mi short y me puse un suéter, corriendo abajo inmediatamente. Abrí la puerta y ella seguía allí, sentada en el césped de mi casa.
—¡Oye!—Grité llamándola.
Asustada se puso de pie drásticamente y me miró, quedando en completo silencio hasta finalmente decir.—Yo... lo siento, no fue mi intención estar en su propiedad así.—Dejó salir.
—¡No no! ¡No te preocupes! No venía por eso...—Reí.—Quería pedirte disculpas por lo de la mañana, el automóvil, mi amiga iba distraída.—Balbuceé.
—Tranquila, no pasa nada, yo tampoco estaba distraída, no tenía que estar en la carretera así como si nada.—Dejó salir.—Debo irme.—Dijo nerviosa.
—Oye, no haré molestia porque estabas aquí.—Estiré mi mano y reí.—Soy Kora, Kora Harrison, aquí vivo con mis padres.
—Hola, un placer.—Dijo estrechando mi mano.
—¿No me dirás tú nombre?—Pregunté confundida.
—...Eh sí... Lo olvidaba, disculpa. Soy...Daila Davis, creo que seremos vecinas.—Y sí, tenía el mismo apellido que Alan.
—¿Eres familia de Alan?—Pregunté atrevidamente.
—...Eh sí, es mi hermano mayor.—Menuda suerte, había casi atropellado a la hermana de Alan. El chico que había robado mi aliento en cuestión de segundos.
Y quién sería mi cuartada perfecta para terminar de descubrir que quería para mí. Sería mi propio reto, mi propio descubrimiento. Tenía que sacar a Liv de mi mente, y por mucho, sacar a las mujeres de mi vida.
—¿Quieres ir por una malteada?—Pregunté animada.—Yo invito, es mi intento de disculpa luego de haberte casi atropellado. ¿Aceptas?
—Yo... tengo más cosas por hacer, desempacar.—Dijo desviando mi mirada y evitando aquella conversación.
—¡Sí, sí iremos! ¡Iré a cambiarme e iremos! No te muevas de aquí.—Dije corriendo a casa.
Subí corriendo y lanzando mi ropa por todos lados, tomé un jeans n***o, camiseta beige, zapatos blancos y solté mi cabello, lavé mi rostro y peiné mis cejas. Lista.
Tomé mi cartera y corrí abajo.
—¿A dónde vas?—Preguntó extrañado mi padre.
—Intento tener una nueva amiga, nuestra nueva vecina.—Y sin esperar respuesta corrí afuera.
—Daila...—Y no recibí respuesta. Se había marchado sin decirme.
—¡Ten cuidado!—Gritó mi padre tras la puerta.
Y comencé a buscarla por todos lados con la mirada, había huido de mi. Luego de haberla casi atropellado, hubiese tomado la misma decisión.—Pensé.