SYAORAN
Estábamos muy cerca de llegar a mi tribu, pero Liang Xia estaba débil por luchar contra todas aquellas bestias del bosque, así que decidí acampar medio día ahí. Cuando la noche estaba cayendo fui a buscar leña.
- Descansa, muy pronto llegaremos – Liang Xia asintió y cerró sus ojos
Caminé unos metros lejos de donde nos habíamos detenido. A lo lejos vi un arbusto de fresas, me acerqué y comencé a cortar unas cuantas, sin percatarme del oso que se encontraba a mis pies.
De un momento a otro y sin darme cuenta, el oso ya se encontraba en dos patas, listo para atacarme. Gruñía con ferocidad mientras mostraba sus dientes y movía sus patas delanteras lanzando zarpazos. En ese momento no llevaba mi espada, así que me quedé quieto.
Algunas pisadas comenzaron a provenir detrás de mí, lentamente eché mi brazo para atrás e indiqué que se quedara quieta.
- No te muevas… Quédate donde estás – decía mientras daba pasos pequeños hacia atrás
- Yue, es un oso n***o del bosque, es uno de los más peligrosos. Iré por la espada – Si Liang Xia se movía era muy probable que el oso se fuera contra ella, sin pensarlo me giré hacia ella y le advertí
- No, quédate ahí - A penas volteé y el gran oso me dio un zarpazo, caí al suelo. Mi cara sangraba
- ¡Yue!
El oso se abalanzó contra mí, metí mi brazo para evitar que hiriera más mi rostro. Entre esfuerzos me levanté y empujé con fuerza al oso, quien no se movió mucho. Aquel oso estaba por atacarme de nuevo cuando Liang Xia en un movimiento rápido se acercó a él. No sé qué paso pues mis ojos no enfocaban, veía borroso, pero el oso huyó.
LIANG XIA
Cuando desperté la noche ya estaba cayendo, no vi a Yue por ningún lado, así que me alejé y comencé a buscarlo. Tras unos minutos lo vi, estaba frente a un gran oso, jamás había visto uno vivo, era muy enorme con un pelaje color n***o intenso, tanto que apenas se notaba en la oscuridad.
De un momento a otro aquel oso se abalanzó sobre Yue. Estaba herido, el oso le había aventado un zarpazo en el lado izquierdo de su rostro haciendo que cayera, miré aterrada como el oso mordía su brazo derecho.
En ese momento olvidé cuan débil estaba. Me acerqué al oso e inexplicablemente con sólo tocarlo mis manos quedaron grabadas en su pelaje. Mis manos estaban calientes, me ardían tenuemente, parecían estar envueltas en llamas invisibles.
El oso soltó un rugido y corrió hacía la montaña. Lo seguí con mi mirada tratando de encontrar una explicación a lo que acababa de suceder, tras unos segundos el oso se perdió entre los árboles.