CAPITULO V

862 Palabras
LIANG XIA Había personas que estaban de acuerdo en matar a todo aquel que encontrara este valle, pero yo era una de las pocas personas que estaba en contra, bueno en realidad la única, los que me apoyaban y me avisaban de la llegada de algún forastero, eran los niños a los que les contaba las historias. Tan pronto como escuché la palabra “matar” salí de mi habitación corriendo. De nuevo crucé infinidad de pasillos hasta salir del palacio. A pesar de faltarme el aire no dejé de correr, corrí lo más rápido que pude dirigiéndome a la frontera donde terminaba el valle. Por suerte, esa vez llegué antes de que lo mataran. - Señorita Liang Xia ¿Qué hará? – Lu que desde hace unos minutos me seguía se detuvo a mi lado - Los detendré, eso haré – Me resbalé por la pequeña empinada hasta llegar donde estaban los guerreros rodeando al forastero - ¡Alto! – les ordené - Señorita Liang Xia – Inclinaron su cabeza - ¿Qué creen que hacen? Suéltenlo ahora mismo - Lo sentimos, pero su padre nos dio la orden de matarlo, le advertimos que no siguiera – Miré a aquel forastero quién estaba moribundo, tenía sus ojos cerrados, su boca estaba completamente seca y su cuerpo estaba cubierto de sangre - ¿Ustedes lo hirieron así? – La sangre me hervía, no quería que nuestros guerreros fueran asesinos, no quería que los demás siguieran pensando que éramos malvados - Ya estaba así, al parecer las bestias del bosque lo hirieron – lo miraron - Terminaremos su sufrimiento – Uno de los guerreros alzó su espada. Creí que aquel hombre suplicaría por su vida, pero en cambio pidió otra cosa - A-a.. gu... a – Nunca jamás había escuchado de alguien que esté a punto de morir pedir agua, lo normal sería pedir ayuda o perdón. Ese forastero tenía algo. Sin pensarlo me tiré encima del forastero, no me importó que la espada me dañara. Abracé al forastero y cerré muy fuerte mis ojos, esperaba sentir el filo de la espada en mi espalda, pero en vez de eso se escuchó el estruendo de dos espadas chocando. - Señorita Liang Xia ¿Está bien? - ¡Lu! – La miré – Gracias – Lu dirigió su mirada a los guerreros - ¡¿Qué creen que hacen apuntando a la señorita Liang Xia con un arma?! ¿Acaso desean morir? – Todos bajaron sus armas. Lu no era un general ni parte de los guerreros de la tribu, ella sólo usaba su espada cuando me defendía, pero todos le tenían gran respeto pues era la hermana menor del general - ¿Qué sucede aquí? - General – Todos se hincaron ante Shen - Señorita Liang Xia ¿Está bien? – Me tendió la mano - Shen, no pueden matar a este forastero, yo me haré cargo de él. Si padre dice algo dile que yo ordené que no lo mataran – Miré de nuevo al forastero - Lu, ayúdame a llevarlo a mi habitación - Sí – Lu sujetó de un brazo al forastero y yo del otro. Oímos un suspiro pesado a nuestras espaldas   - Yo lo llevaré – Shen lo quitó de nuestras manos. Caminamos detrás de Shen, quién se veía furioso - Nunca se había enojado así – Susurré - No desde que teníamos dieciséis – Reí ante la respuesta de Lu - Ya lo sé, se enojó porque accidentalmente me empujaste y me lastimé Shen y yo crecimos juntos, nunca supe que tenía una hermana de mi edad hasta que la conocí. Shen era mayor que nosotras por dos años, siempre nos cuidaba, aunque yo por ser la hija del líder me sobreprotegía. Odiaba eso de él. Llegamos a mi habitación. Tendí mantas y Shen puso ahí al forastero. - Gracias Shen – No me respondió y salió del cuarto - ¿Lo curarás? – Asentí – Si me necesitas estaré afuera – Lu también salió. Para curar a alguien se necesitaba de nuestras lágrimas o con nuestra sangre, claro que esto último sólo era posible si éramos descendientes de los líderes de la tribu, y no era un don con el que nacíamos, sino que se nos otorgaba cuando cumplíamos los dos años de edad. Desde que tengo memoria los fenghuang jamás habíamos curado a alguien con nuestras lágrimas, nadie sabía cómo “activar” el poder, además de que en nuestra tribu nadie enfermaba o moría, éramos prácticamente inmortales, cada 500 años nos regenerábamos, ese es el por qué sólo habíamos tenido cuatro líderes, contando a mi padre, desde que nuestra tribu se fundó. Cuando un fenghuang decidía no seguir viviendo, las cenizas que emanaban de la persona eran separadas para que no volviera a regenerarse. Este secreto solo lo sabían los de nuestra tribu.  Tomé mi daga y me corté el dedo. Dejé que las gotas de mi sangre cayeran sobre las heridas de aquella persona. Tras unas horas sus cortadas habían cerrado y sus heridas se habían sanado - Está muy sucio – Lo miré de arriba abajo - ¿Sería buena idea bañarlo?      
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