Valle de las luciérnagas
TRIBU FENGHUANG
La tribu de los fenghuang, una r**a que desde años se creía extinta, se hallaba escondida en un valle rodeado por bestias salvajes. Sin embargo, sus pobladores vivían bien, con el tiempo aprendieron a cosechar los frutos que se daban ahí. Allí se encontraba una joven sentada frente a una docena de niños que la miraban atentamente.
- Nuestros ancestros eran muy fuertes. Poseían varios dones, por ejemplo, nuestras lágrimas son curativas, como ya lo saben, pero ellos tenían control sobre el fuego y gran resistencia física – Hacía altibajos con su voz para mantenerlos concentrados
- ¿Enserio? – preguntaban los niños emocionados
- ¡Claro!
- ¿Y nadie más tiene esos dones?
- Podemos tenerlos, pero a un precio muy fatal – Hizo una cara de tristeza, pero rápidamente la cambio a una feliz, a ella le gustaba hacer eso - Pero no necesitamos eso para vivir bien ¿O sí?
- ¡No! – Todos los niños dijeron al unísono mientras se volvían a sentar para terminar de escuchar la historia
- También estaban los Byakko, ellos tenían una gran fuerza y destreza militar, ellos eran descendientes del Tigre blanco… ¡Groar! – Los pequeños que se encontraban sentados se levantaron y gritaron a excepción de uno - ¿Por qué no corriste?
- Así no es el rugido de un tigre… ¡Grrrr! – Es así
- No, es ¡Groar! - Y ahí estaba ella, una chica de dieciocho años compitiendo con un niño de siete
- ¡Grrrr!
- ¡Groar!
- ¡Liang Xia! – Se sobresaltó cuando escuchó que gritaron su nombre, giró sobre sí para ver quien la había nombrado
- Papá – no pudo evitar tartamudear y ponerse nerviosa
Su padre junto con unos guardias tomaron a Liang Xia y se la llevaron al palacio fenghuang.
LIANG XIA
- Ya te he dicho que no les cuentes a los niños historias tontas – Entramos al palacio, pasamos por unos grandes arcos y di un leve suspiro, no me gustaba estar ahí, me asfixiaba. Mientras nos adentrábamos más me acomodaba el cabello
- Papá sabes que esas historias a las cuales le llamas “tontas” son reales, no sólo nosotros debemos saber nuestras capacidades, el pueblo también debería – Mi padre se detuvo y me dedicó una mirada acusadora, después volvió a avanzar e hice lo mismo. Finalmente entramos en una habitación
- Xia, lo mantenemos en secreto para que no vuelva a pasar lo de hace años
- No volverá a pasar – Me senté en el borde de la ventana y comencé a trazar líneas paralelas y oblicuas en la ventana – Quisiera haber nacido en la época donde convivíamos con las otras tribus. Mi tío Feng estaba equivocado al actuar así con los demás – Le lancé una mirada furtiva a mi padre quien estaba ocupado tomando algunos libros
- No le eches la culpa a tu tío, él debió haber tenido sus razones… Además, te dije que dejaras de hablar sobre los Byakko, esa tribu mató a tu tío y dio a conocer el secreto de cómo aniquilarnos – Suspiré, no iba a discutir de nuevo con él y mucho menos de algo tan trivial. Esperé a que mi padre se fuera y salí de la habitación, no iba a estudiar, no en ese día.
Atravesé muchos pasillos hasta llegar a mi recámara, cuando abrí la puerta me di cuenta que necesitaba un cambio, el color marfil claro de las paredes comenzaba a hartarme. Suspiré y me dejé caer en la cama.
Cuando tenía ocho años mi madre murió, no me dejaron ver su cuerpo. Mi padre me dijo que fue por una enfermedad, pero se supone que nosotros podemos renacer de nuestras cenizas al igual que un fénix. Mi padre es el líder de los fenghuang, y muy pronto yo también lo seré. Para poner a salvo a nuestra tribu nos escondimos y alejamos a los forasteros, pero si éstos se resisten, los matan. Hace años sabíamos controlar el fuego, pero mi padre prohibió que eso se volviera a practicar y con el tiempo se olvidó.
Mi sueño desde pequeña hasta ahora ha sido la libertad de poder salir del valle de las luciérnagas, para conocer a distintas personas de varias tribus. Pero eso jamás me era posible, pues mi padre había contratado a Lu, ella era una excelente combatiente que me cuidaba y me seguía, no me dejaba salir del valle, la conocí hace tres años, cuando tenía quince años y desde entonces nos volvimos amigas. Ella sabía que más que ser la líder de la tribu, mi pasión era ser un mercader, pero no de objetos, si no de historias, claro que tampoco las iba a vender, si no que las iba a contar gratis. Deseaba que los demás supieran lo geniales que éramos los fenghuang y que no éramos aterradores monstruos como nos habían catalogado.
- ¡Señorita Liang Xia! – Tocaron a mi puerta, me levanté de mi cama y abrí
- ¿Qué pasa? ¿Quieren que les cuente más historias? - Miré a los niños que estaban fuera de mi recámara
- Agarraron de nuevo a un forastero ¡Lo matarán!