Son las ocho de la mañana y un poco más. Llevo casi tres horas atrincherada en esta bañera. Tiempo en el que he perdido la cuenta de las veces he pasado el jabón por mi cuerpo tratando de eliminar todo rastro de sucio, de microbio, de gérmenes, de Eliot. Cada vez que pienso en este último vuelvo a empezar. Paso el jabón por mi cuello, por mis brazos, por mi abdomen. Y lloro una vez más. Pero no lloro de tristeza, son lágrimas de coraje. De pura frustración. Todos se han ido a Atenas desde muy temprano. El evento es esta noche así que nada puede quedar al azar. Me pregunto si estoy sola en casa. Probablemente. Lo cual me parece mejor. Ya no tengo que pretender ante nadie más. No tengo que jugar a ser la novia perfecta de Eliot ni tengo que evitar sucumbir a mis deseos de estar con Joseph.

