Cada día que recorro las calles de Akasias, me enamoro un poco más de ella. El blanco de las paredes reluce tanto bajo el sol que da una imagen casta; los techos azules parecen como espesas nubes que flotan a nuestro alrededor. Son pequeños callejones que se cruzan con escalones de adoquines casi pulidos. Nunca están solas pero, a diferencia de Los Ángeles, tampoco están abarrotadas, son simples locales que se trasladan de un lado a otro, normalmente cargando cosas como cestas o barriles pero con una sonrisa estampada en su rostro de forma perenne. Siempre tienen ánimos de saludar, con un gesto o un “kaliméra”, que según mi traductor personal, Joseph, significa ‘buenos días’. Hablando de Joseph, los dos seguimos descendiendo hasta llegar a la penúltima calle antes de la costa, seguimos ha

