Capítulo 4

4563 Palabras
Despidió a su padre unos minutos después de terminar su charla. Antonio no quería irse, pero debía regresar a casa, ya que Adele esperaba por él. Besó la frente de Emma, ahora que podía acercarse a ella sin temor a ofenderla, había cambiado su relación para bien. De una forma inesperada y asombrosa.  —Nos veremos mañana, papá —Silvia cruzó sus brazos, por lo dramático que era— Saluda a Adele de mi parte.  —También yo —dijo Emma— Me gustaría verla pronto.  —Den a Tony un beso de mi parte cuando salga de la bañera —pidió sonriente, antes de salir por la puerta.   Estando solas, Emma se giró, Silvia la observaba, una enorme sonrisa en sus labios. Emma negó con la cabeza, pero su hermana ya lo había hecho.  —No discutas —ordenó— Pasó mucho tiempo sin vernos, y se hará, aunque no quieras.  Emma resopló, sin poder cambiar la situación. Silvia quería que durmieran juntas.  —Descuida —avisó— Tony no se mueve, ni ronca, es un alivio —rio.  Emma apretó los labios, no era Tony quien le preocupaba, Silvia tendía a hablar dormida, e incluso a levantarse, no había causado un accidente o algo parecido, pero escuchar una voz susurrar en la madrugada, mata de susto a cualquiera.  Ambas entraron a la habitación, cambiaron las sábanas, almohadas. Emma sacó otra manta del clóset y la extendió a un lado de la cama. Agradeció haber comprado una cama Queen size, no porque se moviera, sino porque le gustaba el espacio extra.   Miró a Silvia, sonrió. Estaba bien, extrañaba pasar tiempo con su hermana, y no pudo recordar la última vez que durmieron en la misma cama. De pequeñas solían hacer fuertes con las almohadas y mantas hasta convertir la habitación en una cueva.   La idea era tan perfecta que no necesitó pensarlo, regresó al clóset y sacó todas las mantas, almohadas, hasta dejar vacío el lugar.  — ¿Qué haces? —preguntó Silvia, sin comprender.  —Vamos, ayúdame —pidió— Tenemos que preparar todo antes de que Tony salga del baño.  Silvia la miró con una ceja al aire, y después su rostro se iluminó.  —No puedo creerlo —casi gritó— Pero ya aceptaste, así que no hay vuelta atrás.  Emma negó con la cabeza, se acercó a uno de sus cajones y sacó broches para ropa, alfileres y cinta, las dejó caer sobre la cama y sonrió a Silvia.  — ¿Recuerdas cómo hacerlos?  — ¿Bromeas? —respondió, ofendida— Por supuesto que sí.  Silvia soltó una carcajada, y ambas se pusieron a hacer la sorpresa para Tony. Extendieron las mantas a lo largo de la cama, uniendo las orillas con la cinta y los broches, Emma acomodó las almohadas en el suelo, formando una especie de nido. Se puso de pie al terminar su trabajo, y miró a Silvia que terminaba de colgar las mantas.  —Creo que Tony estará encantado —dijo, divertida.  —Yo lo estoy —Emma asintió, y tomó un cojín— ¿Pelea de Almohadas?      Los golpes en la puerta hicieron que Emma abriera los ojos, Silvia soltó una maldición, el único que quedó inmóvil fue Tony. Así que se levantó, saliendo de la cueva de mantas que habían elaborado la noche anterior, y se dirigió a la puerta, con la seguridad de saber quién llamaba tan temprano.  Abrió, su ceño tan fruncido que solo empeoró al ver la expresión risueña de su padre. Antonio chilló de emoción al verla, y esta vez, Adele lo acompañaba.  —Muy buen día, cariño —su voz taladró el oído de Emma— ¿Qué haces en pijama?  Emma lo fulminó con la mirada.  —Dormir, como las personas normales —siseó, tallando su sien— Son las siete de la mañana, papá, es sábado, ¿no puedes dejarnos descansar aunque sea este día?  Antonio palpó el hombro de su hija.  —Ambos sabemos que no —aclaró mientras pasaba el umbral— Sé educada y saluda a Adele.  Emma miró a la mujer, que reprimía una risa, negó con la cabeza y suspiró.  —Lamento que hayas visto esto, Adele —se disculpó— ¿A ti también te despertó?  Adele soltó una carcajada mientras asentía. Emma la acompañó adentro, la mujer la abrazó con fuerza y besó su mejilla.  —Me alegra verte de nuevo, querida —dijo, en voz tenue. —Tenías a tu padre muy preocupado.  Emma apretó los labios.  —Lo sé, y lo siento —dijo— No volverá a pasar.  Adele asintió.  —Me alegra escuchar eso —sonrió— ¿Tienes hambre?  —Lo que quiero ahora es regresar a la cama —bostezó— Pero papá no me dejará.  —Definitivamente no —sonrió a la chica.  Emma caminó de regreso a la habitación, donde Silvia y Tony dormían plácidamente, ignorando las visitas. Frunció el ceño ante la injusticia y encendió las luces, Silvia rodó en el suelo, Tony seguía igual. Emma quitó la carpa de mantas y dejó que la luz del día despertara a su hermana, Silvia cubrió su rostro con una almohada y maldijo en voz alta.  —Arriba —ordenó— Sabes que papá está listo y no dejará que durmamos, así que despierta.  Silvia soltó un quejido y se sentó, estiró sus brazos al aire y dejó salir otro quejido, sus ojos rojos y enojados por haber sido perturbada de su delicioso sueño.  —En momentos como este, papá no es mi persona favorita —confesó— ¿Por qué abriste la puerta?  Emma la miró, irritada.  — ¿Qué se suponía que iba a hacer, dejarlo tumbar la puerta de una patada?  Silvia soltó una carcajada y se puso de pie. Miró a su hijo, completamente ajeno al escándalo y hundió los hombros.  —Dejemos a Tony, es inocente, y debe dormir sus horas —pidió.  Emma asintió, y ambas salieron del cuarto, a enfrentar el huracán de euforia que era su padre.  —Buen día, Silvia —Antonio parecía gritar más de lo usual— ¿Dormiste bien?  Silvia lo miró ofuscada y negó con la cabeza.  —Cuando me despiertan de una manera tan estrepitosa, sabes que no estoy de humor para bromas, papá —aclaró, sin una gota de humor.  Antonio sonrió sin temer a sus palabras y se adueñó de la cocina de Emma, para preparar el desayuno.  Terminando la deliciosa comida que Antonio preparó. Emma bebió su té de manzanilla y observó a su padre de reojo, él la miraba fijamente, queriendo decirle algo, pero el silencio que siguió los siguientes minutos le dijo a Emma que algo andaba mal. Pero esperaría a que Antonio le dijera.   Para medio día, Antonio y Adele se fueron de su departamento, pues tenían cosas por hacer. Emma los despidió aun añorando estar en cama unas horas más. Silvia cambió a Tony porque debía irse con Ivan a unas vueltas, además el pequeño hacía énfasis en sus ganas de ver a su padre.  Emma los dejó irse, aún con la duda sobre su cuñado. Tendría que hablar con él en cuanto lo mirara, estaba segura que su sospecha era correcta, solo esperaba que Ivan fuera sincero.  Allan bostezó mientras esperaba que el agua para su café hirviera. Ivan lo acompañaría para comer, aunque posiblemente llegaría tarde. Estaba apenado por el hecho de que Ivan mintiera a su familia por ir a verlo. Pero una parte de él lo agradecía inmensamente, porque no podría soportar quedarse solo de nuevo.  Se sentó en la barra de la cocina con su café ya hecho y suspiró. La noche pasada tuvo un sueño extraño que no lo dejó dormir, más bien era el recuerdo de la primera vez que vio a Emma en su oficina. Había sido tan diferente. Sonrió sin poder evitarlo, recordando todo. A sus ojos, las cosas habían sido maravillosas, a pesar de la pésima impresión que le dio a la chica.    Desde que Antonio aseguró que su hija aceptaría el empleo, no pudo dormir de la emoción. Tenía mucho tiempo escuchando cosas increíbles sobre ella, demasiadas maravillas para una sola persona, tenía que verla, conocerla, ver por sus propios ojos si tan extraordinaria criatura existía en realidad.  Llegó a su oficina una hora antes de que la jornada comenzara, no recordaba la última vez que miró todo tan solo. Bien, sí recordaba, tenía un par de años que había dejado de tener encuentros mañaneros con una de sus tantas mujeres. Pero cuando todo el desastre monetario dio su comienzo, se olvidó de todo eso, para concentrarse en salvar el legado que su padre le dejó.  Salió del ascensor y caminó por el pasillo sin detenerse, ya que no había nadie a quien darle los buenos días, salvo al guardia que le abrió la puerta cuando llegó. Sonrió ante la emoción, faltaba tiempo para que la hija de Antonio hiciera su aparición en el edificio, pero eso no impedía que sus manos temblaran ante la expectación. Estaba siendo exagerado a su manera, tal vez. Pero no le importó, todo era culpa de Antonio por hablar tanto de su hija, por hacer que deseara conocerla.  Abrió la puerta de su oficina, encendió las luces y dejó su abrigo en el perchero. Miró lo espacioso de su lugar, buscando la locación perfecta para poner otro escritorio. Quería tenerla cerca suyo para poder conversar con tranquilidad, aunque era más que nada, porque no estaría tranquilo hasta conocer cada faceta de esa chica.  Escuchó el chirrido de una llave, luego el agua caer al suelo. Giró hacia la puerta de su baño y frunció el ceño. Caminó a grandes zancadas hasta abrir la misma y se congeló en el umbral. Sus ojos vieron a la castaña con la que solía salir, parada al lado de la bañera, observando como esta se llenaba. Dio un paso hacia adelante y cruzó sus brazos. La mujer lo miró, sus ojos negros se iluminaron emocionados, y sonrió de oreja a oreja.  —Hola, cariño —su voz chillona lo hizo enfurecer— Llegaste antes.  — ¿Qué haces aquí? —inquirió, confundido.   La castaña jugó con un mechón de su cabello antes de responder.  —Te extrañé —dijo en tono bajo.  Allan apretó los labios. Era una mentirosa.  —Pues yo no —aclaró— Así que por favor, márchate ahora.  Ella frunció el ceño, haciendo un puchero, miró a la bañera casi llena y cerró la llave, el vapor en la habitación la hizo estremecer, pero no se iría tan rápido. Se acercó a Allan lentamente, él seguía inmóvil y molesto. Ella lo tomó de la corbata.  —Deja de actuar como una niña —pidió— Lo que tuvimos terminó hace mucho, ¿por qué no lo entiendes?  La castaña ignoró sus palabras y con su mano libre se quitó los tacones que usaba, dio dos pasos hacia atrás hasta llegar a la orilla de la bañera y metió sus pies, aun sosteniendo la corbata de Allan. Antes de que él pudiera zafarse, la chica lo jaló de un tirón, haciendo que cayeran al agua caliente.  Allan sacó la cabeza del agua y comenzó a toser, se sentó en la bañera y limpió su cara con su mano, miró a la castaña que estaba sentada al lado de él sonriente, quitándose la ropa.   —Detente —ordenó.  Se puso de pie, mirando su ropa empapada y se quitó la camisa. Estaba molesto, y a ese paso, llamaría a seguridad para que la sacaran. La castaña estaba en ropa interior, observándolo llena de lujuria. Pero él la ignoró, ya que su cita llegaría pronto y no quería que fuera en medio de esa escena.  —Vete de aquí —ordenó firmemente— No voy a repetirlo.  La castaña cruzó sus brazos y se puso de pie, la espuma le cubría la mayoría del cuerpo y parte de la cara, pero ella no se iría hasta que Allan le diera lo que vino a buscar. Bastantes problemas le costaron poder escabullirse entre la seguridad.  —No me iré —sentenció— Sabes que me quieres aquí tanto como yo te quiero a ti.  Allan resopló, frustrado. Dejó caer su camisa mojada al suelo y quitó la espuma de sus brazos y pecho. La chica sonrió ante su acción, creyendo que estaba de acuerdo, pero no era así.  —Llamaré a seguridad —avisó Allan, dando un paso para salir de la bañera.  — ¡Allan! —chilló ella.  Sus brazos lo rodearon antes de que se diera cuenta y ambos cayeron de nuevo al agua. Él se puso de pie, sujetando a la chica para poder salir de esa trampa de agua espumosa. Y en ese momento, se abrió la puerta del baño. Sus ojos miraron con sorpresa a una mujer rubia asomar la cabeza por el umbral.  Fue como si todo desapareciera, no podía dejar de verla. La chica estaba tranquila ante la escena vergonzosa que presenciaba, y eso le pareció interesante. ¿Quién era?  — ¿Quién eres tú? —la castaña habló tras soltar un grito.  Él seguía con sus ojos en ella, esperando que dijera algo.  —No era mi intención interrumpir —escuchó que dijo— Vine a una entrevista de trabajo, pero no encuentro a nadie.  Allan sintió una explosión en su interior, estaba completamente fascinado por ella, tenía que saber quién era o enloquecería.  —Pero es obvio que me equivoqué de oficina —dijo dando media vuelta— Me retiro.  Entró en pánico cuando vio su figura desaparecer en el umbral, sujetó a la castaña por los hombros y la hizo a un lado, la chica cayó al agua de nuevo y lo maldijo en voz alta. Allan salió de la bañera, escurriendo exageradamente el piso del baño, y caminó a la salida, dispuesto a alcanzar a la chica. La miró casi llegando a la puerta y sujetó su brazo. Ella se giró para verlo, no lucía asustada o nerviosa y eso le gustó. Si había dicho que vino a una entrevista, debía ser la persona que por tanto tiempo había esperado conocer. Debía preguntar, asegurarse.  — ¿Eres tú la hija de Antonio? —dejó salir en voz alta.  Sonrió abiertamente, obligándose a no ser tan obvio frente a ella. Era ella, al fin. Tenía que actuar con normalidad, así que agarró aire antes de contestar.  —Llegaste antes —dijo— No te esperaba hasta dentro de veinte minutos.  La miró fruncir el ceño y dar un tirón para liberarse de su agarre.  — ¿Quién es usted? —la escuchó preguntar  Allan la miró detenidamente de pies a cabeza, hasta quedar hipnotizado por sus grandes ojos grises. Estaba emocionado y lleno de una energía inexplicable. Extendió su mano hacia ella, sonriendo.  —Un placer conocerte, mi nombre es Allan Estrada.  Vio su expresión de incredulidad al escuchar su nombre y sintió un escalofrío. Se miraron a los ojos unos segundos, Allan sentía un nudo en el estómago y la garganta seca de repente. Tenía tantas cosas que quería preguntarle.  — ¡Allan!  Se giró al escuchar el grito de la castaña. Esa mujer sin duda no tenía una gota de decoro, salió del baño empapada y cubierta de espuma, a pesar de que seguía en ropa interior y tenía público. Él sonrió a la chica y miró a la castaña.  —Regresa al baño —ordenó.  La escuchó chillar de nuevo y dar media vuelta, dejando un rastro de agua jabonosa por el piso. Entonces se giró a la chica rubia, ella seguía sin estrechar su mano, así que la alejó, avergonzado.  —Lamento que presenciaras esa escena —dijo, divertido.   No quería dejarla, pero tampoco quería que ese momento incómodo se prolongara más de lo necesario.  —Ya que nuestra cita no es hasta dentro de veinte minutos, voy a pedirte que me esperes afuera —dijo, volviendo a esos ojos grises.  La miró observarlo un segundo antes de salir de la oficina. Él estaba tan ansioso que no podía dejar de hablar.  —La veré dentro de unos minutos, señorita Maldonado —dijo, siendo educado— Aunque si gusta puede acompañarnos.  Escuchó el azote en la puerta y sonrió divertido, fue imposible no decir eso, solo esperaba que ella no se fuera. Caminó al baño decidido y entró, la castaña estaba dentro de la tina, ajena a lo que acababa de pasar. Allan dejó salir el aire entre sus dientes y recogió las prendas mojadas de la chica.  —Te dije que no repetiría mis palabras —siseó.  Extendió la ropa hacia ella, esperando. La castaña lo miró, su boca abierta de golpe, hasta ese momento notó lo serio de su tono y se puso de pie.  — ¡Bien! —exclamó saliendo del agua— No me quedaré donde no me quieren.  —Ten por seguro que no te quiero ver de nuevo —aseguró con dureza.  La castaña lo miró con un rastro de tristeza antes de salir del baño, no se detuvo para lavar la espuma de su cuerpo o para cambiarse, solo salió de la oficina tras ponerse las zapatillas, y dio un portazo.  Allan agarró aire y fue al fondo del baño, de ahí sacó una escoba, un trapeador y varias toallas. Barrió el agua hasta dejarla caer en la bañera, después pasó la mopa de la entrada de la oficina hasta el baño, y por ultimo quitó el exceso de agua del piso con las toallas. Tomó otra y se secó tras quitarse el resto de ropa mojada, salió del baño con una toalla rodeando su cintura, sacó unos vaqueros de su armario privado, los deslizó por sus piernas y se puso los zapatos. Abrió la puerta de la oficina, saliendo al pasillo, sin importarle que no usaba una camisa. Caminó apresurado con la esperanza de que la hija de Antonio esperara por él. Dio vuelta al pasar la oficina de finanzas, y la vio de pie junto a las sillas.  El alivio que lo embargó fue demasiado, sonrió agradecido y llegó hasta ella.  —Creí que te habías ido.  Pero no fue así, no supo qué clase de suerte fue la que hizo que esa chica cumpliera su palabra tras presenciar esa escena escandalosa, pero iba a aprovecharlo. Por eso le pidió acompañarlo, quería poder aclarar el malentendido, y poder tener con ella la conversación que tanto llevaba esperando.  Aunque no salió de lo mejor. Su excitación era tanta que no pudo actuar con profesionalismo, cada palabra que decía era la incorrecta, y solo aumentaba la tensión y enojo en la hija de Antonio.  — ¿Sabes? —sonrió recordando las palabras de su amigo— No podía creer que alguien como tu existiera de verdad.  Como tampoco escuchar su resoplido. Era tan distinta.  —Pero aquí estás.  No le importó sonar como un idiota frente a ella, pero simplemente no pudo contener lo que su interior le rogaba por decir. Ella estaba molesta y sorprendida, lo veía en sus ojos grises. Y aunque metió la pata por un segundo, volver a su lado profesional le brindó un tiempo extra a su lado.   Pero claro, todo se vino abajo cuando ella descubrió la mentira de Antonio. No estaba orgulloso de eso, pero por lo que sabía de Emma, engañarla fue la única opción que tuvo para que aceptara. La vio enfurecer, a un estado que lo hizo estremecer, una parte de él le decía que debía seguir hablando, ya que eso parecía molestarle más. Pero Emma se puso de pie, decidida a irse, y todas las alarmas en su cabeza se encendieron. No quería que se fuera, no quería que su tan esperado encuentro terminara de esa manera. Debía detenerla lo antes posible.  Y la abrazó, el calor descendió a su estómago y lo llenó de adrenalina, la fiereza en los ojos grises de Emma lo llenaron de deseo, y no pudo evitar besar esos labios. No había palabras para expresar el desastre que se desató en su interior, todo el mundo dejó de moverse, solo estaban ellos dos. Disfrutó cada segundo de ese beso robado, hasta que Emma lo mordió, rompiendo el encanto.  No se molestó, la miró a los ojos, preso de su deseo, Emma hiperventilaba y podía jurar que quería matarlo, pero en cambio la miró irse, sin decir una palabra. Pero él sabía que volverían a verse, solo debía ser paciente, y dar una llamada a Antonio.    Abrió los ojos cuando su recuerdo —sueño— terminó de reproducirse en su cabeza. Bebió un sorbo de su café y bajó del banquillo para caminar a la sala, se sentó en el sofá. No había sido el mejor de los encuentros, lo aceptaba sin sentir pena, pero para él había sido un momento indescriptible, épico.  Pero no lo fue para ella.  Y tampoco seguía siéndolo, el desenlace de su relación con Emma era terrible, imposible de reparar. O al menos eso era lo que pensaba hasta que Ivan recalcó su error. Las cosas siempre podían arreglarse no importando el tiempo que pasara, las personas necesitaban un cierre a las situaciones que causaron daño en su vida. De lo contrario el dolor seguirá ahí, creciendo cada día.  Él había encontrado todo el amor que pudo desear, pero al final se quedó solo.  No quería que ese fuera el final de todo, a pesar de haber vuelto a perder, estaba agradecido por su paciencia, por todo el tiempo que compartieron juntos. No supo hasta ahora que, de alguna manera, ella trataba de salvarlo.   Y necesitaba que lo hiciera de nuevo, librarlo de la oscuridad que recaía en sus hombros. No quería que fuera el final de todo. Sí, fue débil, un cobarde. Su corazón se llenó de sufrimiento, alimentándose del dolor que él se causaba con cada error.  Estaba en la orilla, asustado de su soledad. No quería quedarse solo, iba a suplicar si fuera necesario. Quería ser salvado por ella.  — ¿Me salvarías una vez más? —su voz ronca logró romperlo de nuevo.  Cubrió sus ojos con su mano libre y agarró aire. ¿Por qué tenía que ser tan dramático? El dolor lo hacía decir y pensar cosas que antes jamás habría dicho en voz alta. Pero cada palabra era cierta, tan verdaderas como el sufrimiento que sentía carcomer su interior.  Un golpe en la puerta lo hizo saltar del sillón, dejó la taza en la mesa y se giró a ver a Ivan entrando junto a Tony. Ivan traía bolsas con la comida —cena— ya que eran las siete en punto.  —Lamentamos llegar tarde —dijo sonriente— Mi querida esposa nos llevó de comprar, y ya sabes cómo es.  Allan asintió, divertido por el recuerdo. Dio dos pasos y abrazó a Ivan. Él alemán sonrió al corresponder, palpando su espalda al separarse.  —Hola, Allan —la voz de Tony lo llenó de ternura.  Se agachó al nivel del pequeño y extendió sus brazos. El niño brincó sin necesidad de pensarlo y Allan lo cargó, lleno de dicha, caminando al sofá. Besó la frente del niño, Tony sorpresivamente se entendió con él. Aunque tampoco era extraño, después de todo, el pequeño era hijo de Ivan.  —Me alegra que uses la llave que te di —dijo a Ivan.  El rubio estaba en la cocina, sacando los paquetes de comida china.  —Es más sencillo que esperar a que atiendas —bromeó, divertido.  Allan suspiró, contento, miró a Tony que lucía pensativo. Se acercó a su oído, lo escuchó reír entre dientes, antes de que susurrara su secreto.  —Tía Emma ya miró mi premio —dijo, orgulloso.  Allan se estremeció a sus palabras y lo miró con la boca abierta. ¿Qué pasaba con Tony? Era como si el pequeño quisiera que Emma y él volvieran a verse, ¿o ya había enloquecido?  — ¿Por qué le dijiste a tu tía? —preguntó, obligándose a no mostrar su pánico.  El pequeño sonrió.  —Tía Emma sabía que quería la película, y dijo que tú me la darías de premio —concluyó sin notar el estado de Allan.  Él asintió, absorbido por la sorpresa, y no dijo nada.    Sentados en la mesa, los tres comieron su cena. Allan se encontraba mejor, recuperado de las palabras del pequeño. Era increíble el lado peculiar con el que Tony veía el mundo y las situaciones a su alrededor. Estaba orgulloso de él.  —Mi padre está maravillado con Antonio —dijo Ivan cuando terminó su comida— Se entendieron mejor de lo que esperé, y él se ve feliz trabajando con papá.  Allan asintió, contento por escuchar noticias de Antonio. Estaba feliz por él, aunque triste por todo lo demás.  —Descuida —Ivan negó con la cabeza— Tu empresa sigue en una pieza.  —Gracias por hacerte cargo —dijo de inmediato.  Ivan se ofreció a ayudarlo a manejar todo por visitas y llamadas telefónicas, hablando en nombre de Allan a la junta. Ya que seguía sin poder poner un pie ahí.  —Deja de decir eso —pidió, irritado— Yo me ofrecí, así que cierra la boca.  Allan soltó una carcajada y bebió su té helado.  — ¿Has podido llenar los puestos vacantes?  —Casi todos —dijo haciendo una mueca— Ha sido difícil.  Allan asintió, volviendo a su comida.    A las ocho y media, Ivan y Tony se pusieron de pie, dispuestos a irse.  —Es tarde —anunció viendo la hora— Silvia nos espera para cenar.  Allan miró al suelo, avergonzado.  —Deja de hacer eso —Ivan lo fulminó con la mirada— Yo escogí esto, nosotros —miró a Tony— Así que detente y abrázame antes de que me vaya.  Lo hizo al segundo, sonriendo de nuevo. Ivan lo miró antes de abrir la puerta. Allan se agachó de nuevo y abrazó a Tony, besó su frente con lentitud. El niño lo miró antes de palpar su hombro, Allan tuvo que reprimir el llanto ante su acción, y los vio irse. Ese gesto lo hizo sentir vulnerable, pero muy querido.    Su padre volvió a allanar su departamento una vez más a las ocho de la noche. Lo miró pasar seguido de Adele y luego adueñarse de la cocina como era usual. Sonrió a pesar de todo y se sentó en el sofá.  Silvia, Tony e Ivan llegaron casi a las nueve. Se disculparon con Antonio ya que era casi un pecado llegar tarde a sus cenas. Ella abrazó a su sobrino y se giró a ver a Ivan. Extrañó a su cuñado, la duda gritó con todas sus fuerzas en su interior, pero lo dejó para después, estaba feliz de verlo.  —Me alegra ver que estas bien, Emma —dijo el alemán.  —Gracias, lo estoy —sonrió— Tú luces contento.  —Así es —dijo, aunque Emma notó el nerviosismo en su voz.  —Comamos —la voz de Antonio detuvo cualquier intento por conversar, y todos se acercaron a la mesa, mientras su padre servía la comida.    Su padre y Adele lavaban los platos cuando todo terminó. Silvia llevó a Tony a la habitación ya que se estaba quedando dormido. Emma se dejó caer en el sofá, debatiendo si hablaba con Ivan o no.  —Luces como si quisieras preguntarme algo —la voz de su cuñado la tensó.  Emma asintió, Ivan se sentó junto a ella, esperando.  —Sé que el premio que Tony presume no se lo diste tú —dijo en voz tenue.  Ivan suspiró. Su semblante serio hizo que Emma se estremeciera.  —Tienes razón, yo no se lo di —confesó— Allan lo hizo.  Lo sabía. Fue lo que pensó. Y aunque estaba cien por ciento segura, escucharlo de boca de Ivan solo hizo que la rabia la inundara, y la incertidumbre devolviera el dolor a su pecho.  —Lo siento —Ivan palpó su hombro, avergonzado— Sé que él te hizo mucho daño, y a Antonio, pero es mi mejor amigo, Emma. No pude abandonarlo en ese momento.  Emma asintió, reprimiendo las lágrimas. Lo comprendía, sabía cómo era la amistad masculina, ella misma la envidiaba.  —Entiendo, de verdad —dijo con honestidad— No estoy enojada contigo.  Ivan apretó los labios para decir algo más, pero Emma se puso de pie y se fue a su habitación. No quería llorar frente a él, no quería volver a ese momento de su vida. Tendría que aceptar los hechos como la persona adulta que era, por más dolor que sintiera en su interior.
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