El fin de semana en compañía de su familia terminó más rápido de lo que pensó. Por primera vez en su vida odió el lunes. Ahora comprendía al resto de la humanidad. Aunque claro, nunca se había tenido que despedir de las personas que más amaba en el mundo.
Se levantó de la cama y comenzó a arreglarse para el día laboral. Y media hora después salía de su departamento rumbo a su trabajo. Ya dentro de su oficina, comenzó a hacer su magia, llamó a los inversionistas, a los posibles compradores y a los clientes. No paró de hablar por las siguientes tres horas, y cuando se desocupó, se dejó caer en la silla y soltó un largo suspiro. No estaba cansada, pero hablar más de lo que acostumbraba era agotador.
Aprovechando que tenía un par de minutos libres, decidió llamar a Roberto. Marcó el número y esperó. Escuchar su voz la hizo sonreír.
—Roberto —dijo, esperando que respondiera.
Del otro lado se extendió un largo silencio.
— ¿Quién habla?
—Soy Emma… tengo otro número —explicó— Silvia me dio tu celular porque perdí el tuyo y todos los contactos que tenía…
Se puso nerviosa de repente, sin saber qué decir.
—Si de verdad eres la Emma que conozco, tendrás que verte conmigo dentro de tres horas.
Emma parpadeó, impresionada.
— ¿No me crees? —preguntó, divertida.
—Emma… —susurró— Solo ve.
Anotó la dirección del restaurante y después Roberto colgó. Miró a su celular, confundida por la reacción del chico, pero no lo culpaba, había desaparecido para todos, y estaba más que dispuesta en aceptar lo que sea que Roberto le dijera, después de todo era su mejor amigo.
Se puso de pie, ya que debía cancelar a Rogelio por tercera vez, y aunque se sintió mal, aclarar las cosas con Roberto era su prioridad. Salió rumbo al pasillo hasta dar con la oficina del pelirrojo, lo miró en su escritorio, tecleando alguna información. Al verla entrar el chico detuvo su acción, sonriendo complacido por la visita.
—Te conozco lo suficiente como para saber que tu inesperada visita es para cancelarme otra vez, ¿verdad?
Emma se detuvo y apretó los labios.
—Lo siento —dijo, apenada— Pero surgió un asunto que no puedo aplazar.
Rogelio se puso de pie, llegando hasta ella.
—Descuida, mañana será otro día —dijo con honestidad.
Emma asintió a pesar de lo mal que se sentía. Rogelio la abrazó con fuerza, por supuesto que entendía, al saber todo respecto a Emma, seguiría siendo su soporte.
—Anda, ve a tu asunto —animó— Te veré en un rato.
Emma sonrió, asintió una vez y salió de ahí. El pelirrojo suspiró ya que estaba contento por ella, después de todo lo que pasó, se merecía un camino mejor, lleno de comprensión y amistad genuina, una que él le otorgaría incondicionalmente.
A las dos en punto, Emma esperaba por Roberto en el restaurante citado. Estaba nerviosa, pero contenta porque al fin lo vería. Sus manos comenzaron a sudar, ya que no sabía qué decirle a Roberto, ni lo que él le diría.
Lo miró entrar al lugar, ella se puso de pie, emocionada, asustada, Roberto se detuvo a unos metros cuando pudo observarla, permaneció inmóvil unos largos segundos, después lo vio correr hacia ella y abrazarla con todas sus fuerzas. Ella lo abrazó en respuesta, sintiendo que lloraría.
—Maldita sea, Emma… —escuchó que susurraba entre dientes— No vuelvas a hacerme esto.
Ella asintió cuando la primera lágrima salió de sus ojos. Roberto la alejó para verle el rostro y besó cada una de sus mejillas, su nariz, e incluso sus labios. Emma sonrió por su acción, sin molestarse o sorprenderse, al fin se reunió con Roberto, no podía ser más feliz. Él volvió a abrazarla con fuerza, maldijo un par de veces más, y la liberó.
—Me alegra que estés bien —dijo, aliviado.
Sentados en la mesa, Roberto dejó de sonreír, la miró fijamente, antes de comenzar a reprenderla.
—Eres la peor mejor amiga que he tenido —comenzó a decir— ¿Tienes una maldita idea de lo preocupado que estuve por ti? Después de todo lo que hice por ti, creí que al menos sería a mí a quien llamarías después de…
Cerró la boca y talló su sien, frustrado. Ahora que la veía bien y aparentemente calmada, podía sacar todo lo que se guardó ese mes que estuvo desaparecida.
—Lo siento —dijo, sintiéndose torpe ante la pobre excusa— No sé por qué no te llamé, simplemente necesitaba estar sola por un tiempo, pasaron demasiadas cosas.
Roberto resopló.
—Eso no me hace sentir mejor, idiota —cruzó sus brazos.
Emma bajó la mirada, ya que merecía cada palabra que el chico dijera.
—Creí que te había pasado algo malo, tu padre no lograba localizarte y después descubrimos tu auto en mitad de la ciudad —puso ambas manos sobre la mesa— Escúchame bien, Emma, no puedo volver a soportar que hagas esto de nuevo, ¿entendiste?
Emma abrió los ojos, asustada.
—Te amo, lo sabes, pero reaccionar de esa manera pudo terminar en una desgracia y todos nos preocupamos por ti —sujetó su mano para minimizar sus palabras.
Ella asintió, con las palabras resonando en su cabeza. Había sido una desconsiderada por ser tan impulsiva, y estaba arrepentida.
—Lo siento, de verdad —dijo encarando a Roberto.
—Incluso dejé mi trabajo por ti, maldita sea… —dejó salir cerrando los ojos.
Eso hizo que Emma quisiera llorar, había olvidado ese importante detalle. ¿Qué había pasado con su trabajo? Sus ojos ardían y tuvo que voltear a otro lado para que el chico no lo notara. Pero fue tarde, Roberto suspiró, apretando su mano con fuerza.
—Discúlpame —pidió con el ceño fruncido— No es culpa tuya, yo decidí renunciar porque quise, así de simple.
Emma seguía sin mirarlo, luchando contra las lágrimas.
—Emma —llamó— Hablo en serio, todos los que nos fuimos lo decidimos por nuestra cuenta.
No podía creer que la renuncia masiva que se dio no fuera por su culpa, pero la tranquilidad de Roberto la hizo creer en parte sus palabras y asintió. Talló sus ojos con el dorso de su mano y agarró aire.
—Lo siento —Roberto apretó los labios— Prometo no volver a gritarte si tu prometes no desaparecer sin avisar.
Emma sonrió.
—Lo prometo.
—Esa es mi chica —sonrió— Ahora, cuéntame lo que has estado haciendo.
Emma asintió. El chico acarició su cabello en señal de aprobación a su nuevo look. Se sintió querida y protegida junto a su amigo, así que comenzó a relatar por tercera vez lo que había hecho ese mes que pasó alejada de su mejor amigo.
Al terminar la comida, Roberto le dijo que debía regresar al trabajo, ya que había logrado conseguir ser socio de una empresa de publicidad independiente.
—Jura que nos veremos pronto —ordenó a Emma.
Ella rio.
—Lo juro.
—Hablo en serio, a menos que quieras perder mi amistad —sus ojos se clavaron en los de ella.
Emma lo miró fijamente mientras asentía.
—Te creo —sentenció Roberto.
La abrazó con fuerza y besó sus labios de nuevo. Emma sonrió por el gesto de cariño y lo despidió al salir del restaurante. Estaba segura que ahora que Roberto tenía su nueva dirección, no pasaría mucho para que comenzara a invadir su departamento. Y claro que esa idea la hizo muy feliz.
De vuelta al trabajo, Emma sintió que debía compensar su falta de tiempo al momento de que Rogelio la invita a algún lugar, así que decide invitarlo a él a cenar. Caminó directo a su oficina, el chico ahora sí estaba sorprendido por verla ahí.
—Bien, sé que dije que te conocía, pero en este momento estoy completamente perdido y no sé lo que harás —dijo, asustado.
—Te invito a cenar en mi departamento hoy —dijo sonriente— Claro, si es que puedes.
Rogelio asintió al segundo, todavía confundido, y ve a Emma salir de su oficina.
— ¿Qué demonios…? —susurró.
Comenzó a reír por lo increíble que fue ese momento, iría a cenar con Emma, al fin.
A la hora de la salida, Emma se encontró con Rogelio en el estacionamiento, le pidió al pelirrojo que la siguiera en su auto, y ambos llegaron unos minutos después. Entraron juntos al ascensor, Rogelio estaba contento y agradecido por el hecho de que Emma lo dejara entrar a su espacio. Ella estaba de muy buen humor.
Al entrar al departamento, Emma encendió las luces, Rogelio se quitó su abrigo y lo dejó sobre el sofá individual, Emma lo imitó, se giró para verlo a los ojos, sonreía.
—Antes de que pase otro minuto, te darás cuenta que la cocina no es lo mío —avisó— Así que pediremos algo si te parece bien.
Rogelio asintió reprimiendo una carcajada, ¿no era buena en la cocina? Genial, él tampoco.
—Tenemos algo en común —dijo divertido— Se me antoja la comida china, ¿qué dices?
—Perfecto —respondió tomando su celular. Hizo la orden y después se sentaron en el sofá.
Cuando la comida llegó, una media hora después. Comieron lentamente, Rogelio no paraba de reír por las historias que Emma relató sobre su vida, era tan divertida que era imposible no reír por el hecho de escucharla hablar.
—Abriré una botella de vino —dijo ella cuando terminaron de comer— ¿O tienes que irte?
Rogelio negó con la cabeza.
—Por supuesto que no —respondió— Una copa estaría excelente.
Emma sonrió por su aprobación y llevó dos copas a la mesa de centro de su sala mientras Rogelio recogía los contenedores de comida y los llevaba a la basura. Emma sirvió el vino blanco en ambas copas y tomó la suya. Rogelio se sentó a su lado.
—Gracias por invitarme —dijo él tras beber un poco— Sé que lo hiciste para compensar las demás salidas, y no era necesario.
Emma sonrió.
—Claro que sí —aclaró— Lo apropiado sería que yo te cocinara algo decente como disculpa, pero eso no es lo mío.
Rogelio soltó una carcajada.
—Te creo, yo soy un desastre junto a una estufa —confesó, avergonzado.
Emma lo miró sin creerlo y rio divertida.
—Gracias por ser mi amigo —dijo a los segundos— No sé qué habría sido de mí si no me hubieras dado una segunda oportunidad.
Rogelio puso su mano sobre la de ella.
—Con gusto volvería a hacerlo —aclaró.
Iba a decir algo relacionado a su pasado, pero se contuvo, eso sería inadecuado, y tiraría todo por la borda, ella lo único que necesitaba era a un amigo que estuviera ahí cuando lo necesitara.
—Cuéntame sobre ti —pidió Emma— No sé mucho y me gustaría conocerte.
Rogelio se acomodó en el sofá y agarró aire.
—Me alegra saber eso —dijo, contento— Como sabrás, soy el feje de RH en Des&Tes, me gradué hace dos años y pude conseguir el empleo cuando un amigo de mi padre me comentó sobre el puesto, el hombre se jubilaría a finales de mes, y me propuso a mí para ocupar su lugar.
Emma lo miró, sorprendida.
— ¿No te molestó que alguien te consiguiera trabajo? —preguntó sin poder evitarlo.
—Claro que no —confesó— Estaba teniendo problemas financieros y debía estabilizarme o perdería mi departamento. Era aceptar ese empleo o seguir buscando en los clasificados.
Emma asintió, sin comprender muy bien, pero cuando la necesidad te golpea, eres capaz de todo.
—Mis padres no viven en la ciudad, y ya que había llegado a este lugar por mi propia cuenta, no pude pedirles ayuda —frunció el ceño mientras bebía el vino— Mi padre es un hombre orgulloso, y mi madre habría dado el grito en el cielo ya que no aprobaron que dejara la ciudad y probara mi suerte alejado de ellos.
La primer copa desapareció en ambos lados y Rogelio sirvió la segunda. Emma bebió un trago largo y el pelirrojo la imitó.
—Acepté el empleo, y pude pagar mis deudas —dijo, terminando esa historia— No fue tan fácil como parecía, ya que tenía un espacio enorme que debía ser llenado con dedicación y esfuerzo. Pero lo logré, y ahora disfruto lo que hago.
—Somos parecidos en ese sentido —Emma habló al fin— Aunque debo decir que la última vez que acepté un trabajo por parte de un amigo no salió de lo mejor…
Rogelio negó internamente al ser tan descuidado. No quiso recordarle lo mal que lo pasó en ese lugar.
— ¿Te conté que tengo un gato? —preguntó, cambiando el tema.
Emma sonrió.
—No lo sabía —dijo— ¿Te gustan? Creí que eras una persona de perros.
—Me gustan, pero prefiero a los gatos —confesó.
—Yo no he tenido mascotas, de niña, mi hermana pedía cada animal que veía en la televisión, y gracias a las alergias de mi padre, no tuvimos ninguno —dijo, recordando— No digo que lo sienta, ya que no sabría qué hacer con una criatura viva si me la paso todo el día trabajando.
Rogelio asintió.
—Tienes razón, debes ser responsable, ¿para qué tener una mascota si no podrás disfrutar de su compañía?
—Exacto —sonrió bebiendo su vino. — ¿Tienes solo uno?
—Sí, solo no lo comentes, en la oficina corre el rumor que tengo más de diez mininos esperando por mí en casa.
—No puede ser —rio ella.
—Una de las de la directiva comenzó a decirlo ya que no estoy casado o en una relación con alguien —aclaró— Y comenzaron a llamarme el loco de los gatos.
—Creí que era señora de los gatos —Emma se burló.
—También esa —rio, ya que algunos le decían así, pero omitió mencionarlo.
—No puedo creerlo —Emma bebió un sorbo de su copa— Pero supongo que es lo que la gente piensa, aunque seguir los estatutos de esta nuestra sociedad me parece absurdo, ¿Quién dice que debes casarte por el hecho de cumplir cierta edad?
Rogelio asintió.
—Me sorprende más ya que tú eres hombre, pero si fueras una chica, ya estarías estigmatizado, ¿no te casas porque eres amargado? ¿O eres lesbiana? ¿Por qué no eres más femenina?
Rogelio detuvo su acción y la miró, comprendiendo.
—Creo que alguien acaba de reflejarse —sonrió, comprendiendo.
—Lo siento —Emma resopló— Las personas que piensan de esa forma tan cerrada me sacan de quicio.
—A mi igual —aceptó— El truco es no dejar que entren en tu cabeza.
—No lo hacen —aclaró. Aunque la imagen de su padre la hizo maldecir.
Rogelio esperó, ya que se notaba que el tema no se terminaba.
—Cuando estuve en la universidad, más de la mitad de mis compañeros terminaron casados al final de la carrera —dijo, confundida— Fue como si todos esperaran el último año para contraer matrimonio y tener hijos.
— ¿Qué le pasa a la gente? —Rogelio bufó.
—No lo sé —Emma frunció el ceño— Se supone que el graduarte es el comienzo de una etapa profesional, ¿tener hijos y un título? Es lo más absurdo que he escuchado. Tener un hijo exige responsabilidad y una disponibilidad de veinticuatro horas.
—Concuerdo contigo en todo —dijo con honestidad— ¿Acaso alguno de tus compañeros te cuestionó sobre eso?
—No solo ellos, incluso mi padre llegó a preguntarme si algún día le daría nietos —recordó haciendo una mueca— O peor, cuando exigía saber si tenía novio o no. Y cuando respondía en una negativa, él comenzaba su sermón sobre lo hermoso que es tener una relación estable con alguien.
Emma se desahogó y bebió un sorbo largo de vino. Rogelio agarró aire, ya que estaba agradecido de que ella confiara en él. Y le devolvería el favor.
—Para dejar las cosas claras, estuve comprometido hace dos años —comenzó a decir— Pero después de unas semanas nos dimos cuenta que no funcionaría, ambos cedimos a la presión de nuestros amigos y el compromiso se realizó para complacer a los demás.
—Lo siento —Emma apretó los labios.
—Descuida, fue lo mejor que pudimos hacer —asintió— Aunque ella ahora está casada y esperando un hijo.
Emma abrió los ojos, sintiéndose mal por él. Miró a su copa vacía y sirvió otra porción para los dos.
—Creo que necesitas esto más que yo —dijo, apretando los labios.
Rogelio asintió antes de beber un trago y después la miró a los ojos. Estaba cómodo, pero era precavido, Emma resultó ser mucho más linda de lo que pensó cuando bajaba la guardia. Se volvía completamente desarmada y risueña, tan divertida que resultaba casi imposible no ignorarla.
Y ella se sentía igual, cómoda, relajada, ajena a que esa era la tercera copa de alcohol que bebía. No notaba que ambos estaban demasiado cerca, pero Roberto sí lo hizo, y el nerviosismo se abrió paso en su cuerpo. El cosquilleo en su estómago lo hizo entrar en pánico, ¿qué le pasaba? Emma necesitaba su amistad, nada más.
Se puso de pie, antes de que otra cosa más pasara.
—Lo siento, pero ya es tarde y debemos trabajar mañana —miró el reloj de pared.
Emma lo observó unos segundos, sus ojos se cerraban y veía a Rogelio muy borroso. Asintió, sin notar lo ebria que se encontraba o lo acalorado que se encuentra el pelirrojo. Se puso de pie con un poco de esfuerzo, pero al intentar dar un paso se tambaleó, Rogelio alcanzó a atraparla. Pero tenerla tan cerca hizo que sucumbiera a la tensión que llevaba sintiendo desde hace tiempo y la abraza por la cintura, acercando su rostro al suyo.
Emma sintió el aliento de Rogelio acariciar su rostro, y la imagen de Allan inundó su cabeza. Sonrió, como la chica enamorada que fue no hace mucho. Rogelio rozó sus labios con los de ella, pero se detuvo, ya que Emma comenzó a llorar.
En ese momento lo comprende. Acarició su rostro con cuidado, sintiendo que la tensión desaparecía por completo.
—No puedo hacernos esto... —susurra con pesar— No es a mí a quien quieres, y no sabes cuánto lamento eso.
Se alejó de ella, ayudándola a llegar al sofá. Besó su frente con lentitud, sonriendo lleno de amargura.
—Buenas noches, Emma.
La miró una vez más antes de abrir la puerta, y salió de ahí con todo el pesar de su corazón.
Emma parpadeó, sintiendo las lágrimas hasta ese momento. ¿Por qué sus ojos veían a Allan abrazarla y casi besarla dulcemente como solía hacerlo? ¿Por qué Allan seguía apareciendo en su cabeza? Comprendía la huida de Rogelio. Eso la hirió profundamente, ya que no sentía nada por el pelirrojo, no porque no le gustara, lo cual así era, sino porque ya no sentía nada, estaba vacía. Y todo era por culpa del desgraciado de Allan.