Iba a llegar tarde. El reloj parecía mofarse de su irresponsabilidad mientras conducía aprisa hacia su trabajo. Detuvo el coche en su lugar de estacionamiento y corrió a los adentros, quedando sin aliento al estar en el ascensor. Lo peor fue encontrarse con su jefe, encerrados en el pequeño espacio. El hombre la observó con curiosidad, sonriendo como siempre hacía. Emma se avergonzó internamente, y de inmediato pidió disculpas.
—No volverá a repetirse —aclaró a su jefe.
Pero él sonrió, despreocupado.
—Querida, respira —pidió, viendo su reloj de mano— Yo también voy llegando, así que en teoría, llegas temprano.
Emma asintió, sin poder deshacerse de la sensación de fallo que la inundaba cuando no cumplía con su horario. A pesar del entendimiento —falta de interés— de su jefe, se limitó a dar los buenos días, disculparse una vez más, y salir del ascensor, rumbo a su oficina.
Dentro, comenzó sus labores usuales, olvidando el espantoso comienzo que tuvo. Citó a los nuevos clientes a una reunión ese mismo día después de la comida, y preparó el informe que entregaría. Todo estaba bien ahora, seguía en control como siempre.
Pero conforme pasaban las horas, el recuerdo de la noche anterior consiguió alterarla. Detuvo sus manos, las sentía frías y tensas. La razón de su llegada tarde, fue porque no pudo dormir. Tuvo pesadillas, —bueno, para ella lo eran— sueños que mostraban lo feliz que fue hace no mucho tiempo. Había sido feliz con Allan por un par de días, fue el momento más pleno que tuvo, junto al hombre del que se había enamorado por primera vez en su vida, su familia era feliz, el mundo entero parecía brillar a sus ojos.
Pero todo eso acabó. Tenía que entenderlo, afrontarlo como la adulta que era, por más dolor que eso causara.
Rogelio pasó a verla un tiempo después. Parecía lucir tranquilo, ajeno a la escena que tuvieron anoche. Y así era, pero Emma no sabía eso, y se disculpó por tercera vez en el día.
—Descuida —dijo el pelirrojo.
En sus manos traía dos vasos de cartón, se acercó al escritorio de Emma y le extendió uno.
—Sé que te gusta el té, así que te entrego esto como muestra de mi amistad —dijo, sonriendo— Quien debe disculparse soy yo.
Emma negó con la cabeza.
—No es así —lo detuvo— No sé qué me pasó anoche —frunció el ceño.
Pero Rogelio lo sabía muy bien.
—Lo que pasó, pasó —aclaró— ¿Te parece seguir adelante? Quiero que seamos amigos.
—Yo también quiero ser tu amiga —confesó, aliviada.
Rogelio asintió, contento, eso había querido lograr desde el principio. Emma tomó el vaso con el té caliente, y brindaron por el cierre de ese momento.
Cuando la hora de la comida llegó, Roberto la llamó a su celular, pidiendo que se vieran en el mismo lugar de la última vez. Emma aceptó encantada, saliendo de inmediato hacia su cita con Roberto.
Al entrar al restaurante, Roberto ya esperaba por ella, a Emma le sorprendió ver a la recepcionista que Roberto había mencionado hace tiempo, sentada junto a él.
—Me alegra que vinieras —él la abrazó con fuerza, lucía nervioso y emocionado.
—Se nota que tienes algo importante por decir —Emma sonrió al separarse de su amigo.
Roberto la llevó a la mesa, donde la chica morena esperaba, ansiosa, sorprendida y avergonzada.
—Hola, Emma —dijo en voz baja— Me alegra verte de nuevo.
Ella asintió, extendiendo su mano.
—Lo mismo digo —sonrió.
Roberto se sentó junto a su chica y tomó su mano, sus ojos brillaban, sin duda estaba enamorado. Miró a Emma a los segundos.
—Te llamé, porque quería que fueras la primera en saber, que nos casaremos —su tono agudo denotaba su excitación.
Emma asintió, ante lo obvio y se levantó a abrazarlos a ambos, Roberto suspiró cuando se alejó de ella y besó a su prometida.
—Estoy feliz por ustedes —dijo, aunque una parte suya creía que era un poco apresurado.
—No es lo que piensas —dijo, leyendo su mente— ¿Pero qué puedo decir? Cuando lo sabes, lo sabes.
Eso la dejó callada, y con un mal sabor de boca, uno que pudo ocultar muy bien, tal vez por el hecho de que Roberto estaba cegado por la euforia.
—Enviaremos la invitación muy pronto —dijo Roberto, sin poder dejar de sonreír—Así que espera junto al buzón.
Emma asintió, sin poder quitarse la sensación desagradable del cuerpo. Estaba feliz por ellos, pero la parte de su cabeza que martilleaba, diciendo que las cosas no siempre salían bien, que todo puede cambiar de un segundo a otro, le impedía sonreír con sinceridad.
—Por supuesto —dijo, tras aclarar su garganta.
Roberto seguía dentro de su nube de felicidad y amor. Y Emma se despidió de ellos, perdiendo la batalla contra el llanto, antes de llegar a su auto.
La reunión terminó más pronto de lo esperado, esto debido a que los clientes aceptaron sus especificaciones y no hubo necesidad de explicar detalladamente cada uno de sus movimientos. Y aunque aceptaron leer sus informes, las personas estrecharon su mano, encantados con el proyecto que crearían. Emma asintió, contenta de que su trabajo rindiera como siempre, agradeció los halagos de su jefe, y regresó a su oficina.
Llamó a Silvia, se sentía vulnerable y no quería estar sola, su hermana le dijo que esa noche no podrían acompañarla, y colgó a los minutos, porque estaba en medio de unas vueltas con Ivan. Después del rechazo, suspiró, de verdad no quería regresar a su departamento donde estaría sola con sus recuerdos atormentándola.
Rogelio cayó del cielo, ya que entró a su oficina. El pelirrojo no necesitó preguntar qué pasaba, ya que la expresión de Emma era delatora. Estaba preocupado por ella.
— ¿Ocupada? —preguntó, sonriente.
Emma negó con la cabeza.
—Estaba a punto de cerrar —confesó, sin ánimos.
Rogelio apretó los labios, ¿qué pasaba? Emma había logrado arreglarse con su familia, ¿entonces por qué lucía tan triste? El recuerdo de la noche anterior lo hizo maldecir en voz baja, era culpa de Allan. No quería crear drama después de todo lo que ella pasó, pero se estaba planteando seriamente, ir a dar una visita a ese idiota.
—Estoy bien, Rogelio —Emma pareció leer su mente.
—No dije lo contrario —respondió, cruzando sus brazos.
—No fue necesario, la cara que traes lo dice a gritos —Emma sonrió— Descuida, solo estoy pensativa.
Rogelio no creyó eso ni por un segundo, pero hizo de la vista gorda.
—Si tú dices que estás bien, supongo que debo creerte —apretó los labios.
Emma hizo una mueca, apagó su portátil, tomó su bolso y se giró para ver al pelirrojo.
—Es hora de irse —dijo, obligándose a sonreír.
Rogelio asintió, dejando que ella pasara primero. Estaba volviendo las cosas incómodas innecesariamente para ambos, ¿cómo arreglarlo? No tenía idea. Dentro del ascensor, el silencio fue duro. Emma miraba al vacío de la puerta de metal y parecía impartir la ley del hielo. Rogelio dejó salir un suspiro cuando las puertas se abrieron y tomó del brazo a Emma.
—Discúlpame —pidió— Solo trato de ser tu amigo, y en este momento me preocupo por ti, no es necesario que me digas lo que te sucede, porque sé que así es, solo permite que te haga olvidarlo por unos momentos.
Emma apretó los labios, sus ojos en la mano de Rogelio que aún sostenía su brazo. ¿Acaso era obvia? Era una experta escondiendo sus emociones, sobre todo frente a alguien, ¿en qué momento se había roto su fortaleza?
—Emma —pidió una vez más.
Ella resopló y soltó una risa histérica, ya que estaba viendo su verdadero sentir, ¿qué opción tenía?
—Acepto la oferta —dijo, sonriendo.
Rogelio suspiró aliviado y la condujo a la salida.
—Te llevaré a mi bar favorito —anunció él— Sígueme en tu auto, no queda muy lejos.
Emma asintió, entrando a su auto y obedeciendo a su amigo. Rogelio condujo emocionado, ya que su plan era embriagar a Emma con la esperanza de que soltara unas cuantas cosas. Solo esperaba que fuera una borracha amistosa, o de lo contrario todo terminaría mal.
Antonio salió de su baño con una toalla envuelta en su cintura. La hora de la cena casi se acercaba y debía comenzar a cocinar. Se vistió con unos jeans y una playera azul cielo, calzó sus pantuflas, peinó su cabello después de secarlo con la toalla, y salió rumbo a las escaleras.
No recordaba la última vez que estuvo tan casual para una cena, pero había sido convencido por la mujer que amaba, ya que si había algo que le fascinaba de Adele, era verla al natural, descalza, con el cabello alborotado y sin maquillaje. Ese había sido el momento en que supo que sin duda se casaría con esa mujer. Y bien dicen que cuando el amor es verdadero, saca lo mejor de ti. Adele lo hacía sentir libre de todas sus costumbres y tradiciones heredadas. Con ella no necesitaba impresionar usando sus habilidades culinarias.
Entró a la cocina y la miró de espaldas a él, la mujer partía fruta y silbaba una melodía. Antonio se recargó en el umbral, a contemplarla. Tenían ya un mes viviendo juntos, Adele había convertido su ya hogar, en algo más auténtico. Silvia y ella se entendieron más pronto de lo que pensó. Tony la adoraba, y ella sentía un flechazo por el rubio alemán. Y Emma no le preocupaba, ya que había demostrado ser una chica fuerte e imparcial. Respetaba sus decisiones y era feliz por él.
Su familia regresaba a la normalidad, y le debía a ella por no dejarlo solo cuando bien pudo haberse hundido en el abismo de nuevo.
Se acercó a ella, suspirando, lleno de amor. El día en que haría de Adele su esposa estaba cada vez más cerca.
Su plan de embriagar a Emma fue todo un fracaso. Al llegar a la mesa usual, pidió una botella de vino blanco y dos copas, Emma bebió la primera mientras comían los bocadillos que ordenaron, pero después de eso pidió un té helado, negándose a beber más alcohol.
—No puedo creer que me dejes beber solo —hipó, ya que la botella estaba a la mitad.
—Estoy bien así —levantó su té n***o— Nadie te obliga a tomar vino, Rogelio.
Él rió.
—Tienes razón, bebo para divertirme —talló su mejilla, sus ojos fijos en Emma.
—Es triste que necesites alcohol para poder disfrutar una salida —Emma sonrió, divertida.
—No quiero recordarte lo que sucedió anoche —susurró antes de cubrir su boca con sus manos— ¿Lo ves? ¡Me has hecho hablar de más!
Emma soltó una carcajada por la exageración de Rogelio y él hizo ademanes de agradecimiento antes de acomodarse de nuevo en el banquillo.
—Me agradas, Rogelio —dijo ella a los segundos— Eres una persona divertida, confiada y directa, algo que considero adecuado.
—Podrías hacerlo zonas más… genial —pidió— La palabra adecuado va referida a todo lo aburrido, y yo no lo soy.
Emma bebió un sorbo de su té.
—No digo que lo fueras —aclaró— Solo trato de decirte que me alegra que seas mi amigo.
Rogelio sonrió al comprender, sentía su cabeza pesada y veía a Emma más hermosa de lo que siempre era. Convertirse en su amigo había sido un logro personal que al fin rendía sus frutos. Emma estaba confiando en él, y le demostraría que jamás se defraudaría de su amistad.
—Dime algo sobre ti que nadie más sepa —pidió cuando la bebida de su copa desapareció.
Ella negó con la cabeza.
—Creo que tendré que llevarte a tu casa —palpó la mesa en su dirección— ¿Tienes idea de lo ebrio que luces?
Rogelio alzó las manos al aire, haciendo una X.
—No evadas mi pregunta —dijo— Vamos, yo te diré algo también.
Emma cruzó sus piernas y pensó por unos segundos.
—Choqué el auto de mi padre cuando tenía 14 —dejó salir de golpe— Había un concierto al que quería ir, y ellos no me lo permitieron, así que cuando me quedé sola tomé las llaves, y no me importó lo demás.
Rogelio soltó una carcajada.
—Debió ser una gran banda —dijo, orgulloso de ella— ¿Te descubrieron?
—Claro que no —lo miró, sonriente— Devolví el auto y papá no lo notó hasta unas semanas después, y creyó que alguien lo golpeó en el estacionamiento de su trabajo.
—Vaya, Emma la rebelde —bufó, sin poder dejar de reír.
Ella bebió el resto de su té. Sus ojos fijos en la botella casi vacía de vino. Sin duda llevaría a Rogelio a su casa o al menos lo subiría a un taxi.
—Bien, mi turno —se enderezó, preparando su relato— Mantuve una relación en secreto con mi antigua jefa.
Emma alzó una ceja.
—Ella era joven, inteligente y hermosa, sabía muy bien lo que quería.
—Lo que al parecer eras tú… —Emma rió.
—Sí —asintió— Solo que lo llevamos demasiado lejos y nos descubrieron. No es que estuviera prohibido, pero el semejante espectáculo que creamos… —rascó su cabeza— Sin entrar en detalles, lo mejor que pude hacer fue renunciar antes de que la oficina entera comenzara a hacer preguntas.
—No puedo creerlo —Emma lo miró fijamente— ¿Tan buen amante eres?
Rogelio se infló por la pregunta, orgulloso de su masculinidad.
—Mi reputación me precede —quiso tomar vino pero la botella ya estaba vacía. — Vaya, parece que la fiesta se terminó.
Emma se puso de pie y pidió la cuenta. Rogelio permaneció recostado en el banquillo, sus manos sujetando con fuerza la pequeña mesa. Emma se acercó a él y lo tomó por los hombros, pasó uno de sus brazos por su espalda y lo ayudó a caminar.
Rogelio tenía los ojos cerrados por el movimiento y abrazó a Emma con miedo a caer.
—Eres demasiado buena en esto… —hipó, olfateando su perfume.
—Tuve experiencia con mi padre —dejó salir— Esa es otra cosa que no le había dicho a nadie.
Bien, no era mentira, nunca había dicho que su padre fue un alcohólico, solo que siempre estuvo rodeada por personas que ya lo sabían y no mencionaban el tema.
—Lamento escuchar eso —su voz era ronca y pesada— Me arrestaron una vez por pasarme un semáforo en rojo…
Emma sonrió.
— ¿Quién es el rebelde ahora?
—Entré en pánico y dije que mi esposa estaba dando a luz —rió— Pero el alcoholímetro me delató.
Emma negó con la cabeza.
—Te llevaré a casa —aclaró ella.
—No es necesario, solo ponme en un taxi y estaré bien —sacudió su mano al aire.
Emma llegó hasta la parada de taxis junto al bar y llamó a uno. El auto amarillo se detuvo frente a ella, y el chofer le abrió la puerta. Rogelio se enderezó cuando el aire frío golpeó su rostro, despertándolo. Sus ojos en los de Emma, entendía a la perfección lo que Allan debió pasar, enamorarse de Emma era casi irresistible.
—Si vas a vomitar, por favor voltea a la calle —bromeó sujetando su barbilla, haciéndolo girar al suelo.
Rogelio negó con la cabeza. Sentía la cara caliente, y un irrefrenable deseo de besar a Emma. Por un momento olvidó todo, se acercó a ella, sujetando su rostro con ambas manos. Emma lo observó sin perder la calma, luciendo tranquila, ya que ella no estaba nerviosa o algo parecido. Rogelio sabía que ella no lo veía de esa manera, y fue ese hecho lo que hizo que se animara a besarla, y lo hizo.
Ella no lo detuvo, ya que ese beso no significaba nada, era como el beso que le dio Roberto unas horas atrás. Una simple muestra de cariño por parte de su amigo Rogelio. Y él lo sabía, la besó lentamente, y se alejó de inmediato. Sonrió cuando abrió sus ojos, divertido, aliviado por no recibir un rechazo, y acarició su mejilla. Emma sonrió con sinceridad, dejando salir un suspiro, Rogelio tomó su mano, besó la misma y la contempló antes de subir al taxi.
—Buenas noches, Emma —dijo, sacudiendo su mano a través del cristal.
La miró despedirse de la misma manera, y se dejó caer en el asiento trasero. No estaba herido o algo parecido, ya que ese beso solo había sido un experimento. Uno que demostró que sin duda podrían ser amigos sin caer en el romance. La espontaneidad y libertad de Emma era lo que tanto le gustaba de ella. Cualquier otra chica habría hecho toda una telenovela por ese beso, y se alegró de que su amiga fuera tan peculiar.