Entonces llegó la mañana y con ella la luz del sol, los cálidos rayos me daban energías para seguir corriendo y encontrar a Miguel. Una espesa neblina de olor a vainilla, invadía el bosque, haciendo de mis búsqueda por una salida, un encierro total. El miedo se apoderó de mí, sentía que todo se venía abajo y que nunca saldría de ese bosque; que nunca volvería a ver a mis padres, quienes ya angustiados, habían recurrido a la policía. Todo sobre mi posible desaparición junto con Emanuel y Miguel, se había vuelto noticia de primera hora, en los medios de comunicación, incluso en la universidad, dónde fotos de nosotros pegadas a las paredes y en diferentes lugares, iban a acompañados de unas palabras que decían: “Recompensa de mil dólares”. ¡Demonios! ¿Una recompensa de mil dólares? Vaya que valíamos mucho. Nosotros valemos más que esos mil dólares.
—Miguel, Miguel, ¿Dónde estás? —me preguntaba en la mente preocupado y nervioso
Cerré entonces mis ojos y pensé en su presencia, lo que pensé parecía una tontería, se volvió como fantasía para mi mente y para mis ojos. Al abrirlos pude verlo oculto entre unos matorrales secos, estaba asustado mirando fijamente varias partes del bosque, para percatarse de que, el atrapa pesadillas no estuviese por ahí. Desperté entonces y viaje al lugar donde se encontraba la criatura, donde se encontraba el atrapa pesadillas, donde se encontraba Federick.
Devoraba rápidamente un venado, mientras su mente solo pensaba en mi carne, en mis huesos y en mi familia. Quería hacerle daño a mi familia, quería herirme con la sangre de ellos. No sabía qué hacer, solo desperté del sueño nómada, queriendo salir cuanto antes de ese horrible lugar, que me estaba volviendo completamente loco.
—Voy a salir de aquí, tengo que salir de aquí cueste lo que cueste —dije con seguridad y valentía.
No quería que el miedo me devorara vivo, ni mucho menos pensar que el señor Federick le hiciera daño a mi pequeño hijo Matías. Sí, era padre de un dulce niño de tan solo meses de nacido, el cual era criado por mi madre, pues Ana, la chica con la que tuve relaciones sexuales y con quién tuve al bebé, falleció al darlo a luz. Su padre me culpó por su muerte y me denunció a las autoridades por meterme con una menor de edad. Desde ese entonces vamos de un lugar a otro donde no nos encuentre su padre. A pesar de mis errores, mis padres siempre estuvieron conmigo. Pero ese día que jamás volví a casa, querían que apareciera no por ellos, sino por mi hijo que lloraba por mi ausencia. ¿Qué podría hacer?
Olvidé por completo que estaba en medio de la muerte, despejé la mente e ignoré completamente la neblina al mi alrededor, imaginando que estaba en un juego donde debía encontrar a un amigo y junto con él, encontrar una salida, una salida de un agujero n***o, que desaparecía lentamente, en la boca de otro el doble de grande que parecía un Dios del universo.
Puse en marcha mi objetivo que era encontrar a Miguel, caminando rápidamente pero con calma, viendo por todos lados a pesar de la neblina, para percatarme de que el atrapa pesadillas, no estuviese cerca de mi presencia; de mi sombra; de mis pasos. Luego de tanto caminar y caminar, pude recordar mi viaje en el que vi a Miguel asustado entre aquellos matorrales. Finalmente lo encontré, se encontraba dormido, pero cuando lo desperté dió un grito del susto que llamó a la criatura que empezó a perseguirnos.
—¡Me asustaste! —me dijo echándose a reír
—¿Te encuentras bien? —le pregunté un poco cansado
—Sí, sí estoy bien, un poco hambriento pero todo bien, ¿Y tú cómo estás?
—Igual, pero realmente aterrado y enojado con Manuel
—¿Está muerto cierto?
—Sí, por su culpa estamos aquí
—¿Qué está diciendo?
—¿Recuerdas al hombre que creímos haber arrollado en la carretera?
—Sí, fue un accidente
—No fue un accidente
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—La cosa que nos estás cazando es el hombre que arrollamos
—¿Qué? —reaccionó con sorpresa y escuchamos entonces un rugido macabro
—¡Corre! —le dije y empezamos a correr rápidamente, sin importar el ruido que hiciéramos
TIEMPO PRESENTE:
Ya estábamos cansados de tanto correr, por lo que nos ocultamos en una extraña cueva habitada de murciélagos hambrientos que trataban de hacernos daño. No hallábamos más lugares en donde ocultarnos de aquella presencia siniestra, sus enormes y escalofriantes rugidos nos dejaban sin palabras, aunque para nosotros era bueno ya que no podíamos hacer ningún ruido y no podría encontrarnos. Allí nos quedamos hasta el amanecer, deseando el sol no se fuera para aprovechar el día y poder escapar del bosque. Amaneció entonces, un nuevo mañana nos daba otra oportunidad. Aún no entendía cómo estábamos sobreviviendo a tal martirio. Tal vez era respuesta a nuestra pregunta: ¿Saldremos con vida? Tal vez sí, tal vez no. Lo real y nada más que lo real, es que estábamos agotados, estábamos muertos. La manada de murciélagos había acabado con nuestras vidas, apenas nos quedamos dormidos, pues chuparon hasta la última gota de sangre de nuestras venas, al igual que, cada trozo de carne de nuestro cuerpo. No lo sabíamos hasta que salimos de allí y no solo de allí, sino también del bosque como si nada. El atrapa pesadillas se había ido para siempre, pro había sido así porque estábamos muertos. Sin nuestra energía en la tierra ya no podía estar en carne y hueso en nuestro mundo ni en nuestras pesadillas. Creyendo haber logrado escapar de allí, fuimos hasta el pueblo en busca de nuestra vidas, nuestras familias. Nos dio tanto dolor ver toda esa publicidad sobre nosotros, sobre nuestra desaparición, pero que ya habíamos vuelto nos volvía la alegría y la felicidad. Nadie podía vernos, eso fue lo que nos hizo abrir los ojos: la ignorancia de las personas a nuestro alrededor. Volvimos entonces al bosque, especialmente a aquella cueva, donde estaban no solo nuestros cuerpos, sino el de él, el cuerpo del señor Federick, de la criatura, del atrapa pesadillas. Realmente transportó su cuerpo hasta allí, dejando su alma completamente en las pesadillas de quién lo habían arrollado aquella noche cuando buscaba justicia. Pero ya había desaparecido, ya no había peligro alguno; sin embargo, nos sentimos tan tristes de que habíamos muertos, pero a la vez felices, pues él ya no estaba, pero todo mal no se iba tan rápido, y lo que menos esperábamos apareció, es decir, Manuel, quien siguió nuestros pasos cuando decidimos correr como niños pequeños por el bosque. Éramos almas en pena.