Capítulo 1: Pelea de mando
La luna llena colgaba en lo alto como un ojo antiguo que todo lo veía. Su luz plateada atravesaba las copas de los árboles, deslizándose como un río espectral sobre el claro donde los miembros de la manada se reunían en silencio, expectantes. El aire estaba tenso, cargado de electricidad y de algo más primitivo: la amenaza de la sangre.
Ryker avanzó hacia el centro del círculo, con los pasos de quien no teme el peso del mundo sobre los hombros. Su cuerpo era pura fuerza contenida; cada músculo tallado por años de batalla, liderazgo y sacrificio. El cuero n***o de su chaqueta crujía con cada movimiento, pero sus ojos—profundos, dorados, feroces—hablaban más que cualquier palabra: no había venido a retroceder.
Kael ya lo esperaba. Menor por dos años, pero más impulsivo, más temerario, más hambriento. Sus ojos, idénticos en color, ardían de una manera distinta: eran brasas encendidas por la ambición. Su cuerpo también era fuerte, curtido en peleas, pero su poder emanaba de la rabia, no del control. Esa era la diferencia entre un lobo alfa y un lobo errante. Ryker lo sabía. Kael no.
—¿De verdad vas a hacerlo así? —gruñó Ryker, apenas alzando la voz. Pero el eco se tragó sus palabras y las devolvió con un tono más oscuro.
Kael sonrió, sin humor. Su cabello estaba revuelto por el viento, y una cicatriz en la ceja izquierda recordaba a todos el día en que casi muere desafiando a un lobo del norte.
—No vine a pedir permiso. Vine a reclamar lo que me pertenece —respondió, con el pecho erguido como si su corazón no latiera de miedo.
—No te pertenece nada, Kael. Tú abandonaste el círculo cuando elegiste tu camino. Lo sabes.
—Y regresé porque vi lo que tú no ves, hermano —replicó, dando un paso adelante—. Esta manada se está pudriendo en su quietud. Nos hemos vuelto débiles, complacientes. Mientras tú juegas a mantener el equilibrio, allá afuera las otras manadas crecen, cazan, conquistan. ¿Cuánto tiempo más antes de que alguien más nos arranque el corazón?
Ryker cerró los ojos por un segundo. No porque dudara, sino porque lo que venía dolería.
—¿Y quieres solucionarlo derramando sangre dentro del círculo? ¿Con una pelea por el poder? No somos bestias, Kael.
—¡Sí lo somos! —espetó Kael, con un gruñido ronco que estremeció a los lobos más jóvenes—. Somos lobos. Somos instinto, fuerza y dominio. ¡Todo lo demás son cadenas que tú mismo nos has impuesto!
Los murmullos empezaron a rodearlos. Algunos miembros de la manada evitaban mirar directamente a los hermanos. Otros, sobre todo los más jóvenes, observaban con admiración creciente a Kael. El veneno de su discurso había echado raíces.
—No voy a dejar que quiebres esto —dijo Ryker, esta vez más bajo, pero cada palabra golpeaba como piedra tallada en carne viva.
Kael se quitó la camisa de un tirón, dejando ver su torso marcado por antiguas batallas. Se agachó levemente, con los músculos tensos, y sus ojos se tornaron más oscuros.
—Entonces defiéndelo.
El silencio se rompió con el aullido más gutural que Ryker había oído en años.
Kael se lanzó como una tormenta. Las uñas se alargaron, los huesos crujieron en medio de la transformación parcial, y en un pestañeo Ryker se vio esquivando el primer zarpazo. Rodó por el suelo, se levantó con la agilidad de un felino y contraatacó con una fuerza que sacudió el aire.
El sonido de golpes, gruñidos y crujidos de ramas retumbaba en el bosque. Los lobos aullaban, no como salvajes, sino como testigos de un juicio ancestral. Era una pelea de mando. Y solo uno podía quedar en pie.
Ryker era fuerte, pero Kael era brutal. Cada embate del hermano menor iba acompañado de una furia acumulada durante años. Ryker, por el contrario, se movía con precisión. Golpeaba donde dolía, no donde sangraba. Buscaba neutralizar, no destruir.
Pero Kael no se lo ponía fácil.
—¿Todavía dudas, Ryker? —gruñó mientras giraban en un torbellino de músculos, barro y colmillos—. ¿Aún tienes miedo de lo que podrías ser si soltás el freno?
Ryker rugió, sintiendo cómo su propia piel comenzaba a arder. Su lobo interior, contenido durante demasiado tiempo, se removía en su interior, exigiendo ser liberado.
—¡Yo no tengo miedo, Kael! ¡Tengo control!
El golpe siguiente fue devastador. Ryker lo empujó con una embestida que lo levantó del suelo y lo lanzó contra un tronco. El crujido de madera astillándose fue seguido por un gruñido de Kael, ahora con la mandíbula torcida por el impacto.
Pero Kael se levantó. Sangrando. Sonriendo.
—Ahí estás, hermano. Ya era hora.
Los dos lobos se abalanzaron una vez más. El duelo se volvió más feroz, más rápido, más crudo. Garras contra garras. Colmillos a centímetros de yugulares. Respiraciones entrecortadas. La tierra misma parecía rugir bajo sus pies.
Hasta que ocurrió.
Un error.
Kael, ciego de furia, atacó sin mirar. Ryker esquivó por instinto y atrapó su brazo, torciéndolo en una llave que lo obligó a arrodillarse. Un rugido desgarrador salió del pecho de Kael, pero era inútil. Ryker tenía el control.
Y entonces, con un rugido más profundo que todos los anteriores, Ryker lo soltó.
Kael cayó al suelo, jadeando, derrotado. No muerto. Pero vencido.
El círculo enmudeció. El bosque, que había observado sin intervenir, parecía exhalar.
Ryker caminó lentamente hacia su hermano, que aún lo miraba con odio… y algo más. ¿Dolor? ¿Admiración?
—Podría haberte matado —dijo Ryker con voz grave—. Pero no soy un déspota. No necesito tu sangre para demostrar quién soy.
Kael escupió sangre y bajó la cabeza. No por respeto. Por humillación.
—La manada no te seguirá para siempre —murmuró—. Algún día verán que mi visión era la correcta.
Ryker se inclinó hacia él, dejando que sus palabras fueran cuchillas.
—No se trata solo de visión. Se trata de sacrificio. Y tú no sabes lo que es eso.
Luego se giró, con el pecho agitado pero la mirada intacta.
—Esta pelea ha terminado. Yo sigo siendo su alfa. Y mientras respire, protegeré a esta manada, incluso de sí misma.
Los lobos comenzaron a aullar. Uno tras otro, reconociendo su liderazgo. El sonido se elevó hacia el cielo nocturno como un himno de lealtad y supervivencia.
Pero no todos aullaban.
Kael se puso de pie lentamente y se perdió entre los árboles, sin volver la vista atrás.
Ryker lo dejó ir.
Porque sabía que la batalla por el mando había sido solo el comienzo.