Capítulo 5: El Secreto

1181 Palabras
El bosque se extendía como un océano interminable de sombras y murmullos. La brisa de la tarde agitaba suavemente las ramas, y los rayos del sol atravesaban el follaje como lanzas doradas que iluminaban el sendero. Ryker caminaba al lado de Aria, cada paso pesado con la carga de lo que debía confesarle. El silencio entre ellos no era incómodo; al contrario, estaba cargado de una tensión viva, como si ambos supieran que algo importante estaba por revelarse. Aria, con su cabello suelto cayendo en ondas sobre sus hombros, disfrutaba del paseo sin notar la tormenta en el interior de Ryker. Se detenía de vez en cuando a tocar las cortezas de los árboles o a agacharse para oler las flores silvestres. Para ella, ese bosque era un lugar de paz, pero para Ryker, era el único escenario posible para la verdad que había escondido tanto tiempo. Su corazón latía como un tambor de guerra. La respiración le pesaba. El lobo dentro de él se removía, impaciente, consciente de que la revelación ya no podía retrasarse. Finalmente, Ryker se detuvo. Aria lo miró sorprendida, frunciendo ligeramente el ceño. —¿Qué pasa? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y preocupación. Él tragó saliva. Su voz salió más áspera de lo que esperaba, cargada de gravedad. —Aria… hay algo que debo decirte. Algo que podría cambiar todo entre nosotros. El viento pareció detenerse. Aria ladeó la cabeza, intrigada. —¿Qué es? —susurró. Ryker cerró los ojos un instante, buscando valor. Había pasado noches en vela, imaginando este momento, debatiéndose entre la esperanza y el miedo. Tenía dos caminos: seguir escondiéndose detrás de una fachada humana o abrirle su mundo a Aria y arriesgarlo todo. Y en el fondo, sabía que si quería que ella fuese parte de su vida, no podía seguir mintiéndole. Cuando abrió los ojos, los tenía brillantes, con un fulgor que no pertenecía del todo a un hombre. —No soy quien crees que soy. Aria arqueó una ceja. —¿A qué te refieres? Ryker dio un paso hacia atrás, como preparándose. Su respiración se volvió más profunda, y de pronto, su cuerpo comenzó a cambiar. Sus músculos se tensaron, su espalda se arqueó y un sonido gutural salió de su garganta. La transformación no era un acto delicado ni limpio; era una danza de huesos que se quebraban y se reacomodaban, de piel que se estremecía bajo el fuego del cambio. Aria retrocedió un paso, su corazón golpeándole el pecho. Sus ojos se abrieron de par en par mientras veía cómo las manos de Ryker se alargaban y sus uñas se convertían en garras. Su mandíbula se extendió, revelando colmillos imposibles, y su piel se cubrió de un pelaje oscuro y espeso. El aire se llenó de un olor salvaje, mezcla de tierra y lluvia. En cuestión de segundos, Ryker ya no era humano. Frente a Aria, erguido y majestuoso, estaba un lobo de pelaje n***o como la medianoche, con ojos dorados que brillaban con intensidad sobrenatural. El silencio fue absoluto. Solo se escuchaba el viento agitando las hojas y el latido acelerado de Aria. Ella estaba paralizada. Una parte de su mente gritaba que huyera, que ningún humano podía enfrentarse a esa criatura. Pero otra parte —la más fuerte— la anclaba en el lugar. En esos ojos dorados no había amenaza, sino una súplica silenciosa. Era Ryker, y lo sabía. Él dio un paso hacia ella, despacio, con la cabeza agachada en señal de calma. Aria contuvo la respiración. Sus dedos temblaban, pero los extendió hacia él, como si algo más fuerte que el miedo guiara sus movimientos. Cuando su mano rozó el pelaje cálido y suave, un estremecimiento recorrió su cuerpo. No era un monstruo. Era él. Su Ryker. Aria sonrió con incredulidad. —Es imposible… —murmuró, casi para sí misma—. ¿Cómo… cómo no me lo dijiste antes? El lobo bajó aún más la cabeza y soltó un sonido bajo, como un lamento. Entonces, poco a poco, Ryker se obligó a retomar su forma humana. La transformación inversa fue igual de brutal: huesos que crujían, músculos que se retraían, piel que se estremecía hasta que, jadeando, apareció de nuevo el hombre que Aria conocía, desnudo de secretos y vulnerabilidades. —Tenía miedo —confesó, con la voz ronca—. Miedo de que me rechazaras, de que pensaras que era un monstruo. Aria lo miró fijamente, y contra toda expectativa, sonrió. Una sonrisa cálida, cargada de ternura y valentía. —Me gustas tal como eres. Lobo o humano… no importa. El alivio fue tan grande que Ryker casi se dobló sobre sí mismo. La tensión de meses se desvaneció en ese instante. Dio un paso hacia ella y la tomó entre sus brazos, besándola con una pasión desesperada. El beso no fue suave; fue crudo, ardiente, como si ambos comprendieran que acababan de cruzar un umbral sin retorno. Cuando se separaron, Aria apoyó su frente en la de él. —¿Cuántos más como tú existen? —preguntó en voz baja. Ryker vaciló. —Muchos… y no todos son como yo. Algunos odian a los humanos. Otros… viven ocultos, temiendo ser descubiertos. Aria cerró los ojos, procesando la magnitud de lo que acababa de aprender. Y aun así, sus labios se curvaron en una sonrisa divertida. —Con razón me parecías demasiado fuerte para ser real. Él rió, un sonido grave que alivió la tensión. —¿Eso fue lo primero que pensaste? Ella lo empujó suavemente en el pecho. —Lo primero fue miedo, no voy a mentirte. Pero luego… solo vi al Ryker que ya conocía. Ryker acarició su mejilla. —Eres más valiente de lo que crees. Se quedaron en silencio unos segundos, contemplándose bajo la penumbra del bosque. El aire estaba cargado de una nueva electricidad, un vínculo que iba más allá de lo humano. Por primera vez, Ryker no se sintió dividido entre sus dos naturalezas. Con Aria, era ambas cosas, y ambas eran aceptadas. Aria rompió el silencio, sus ojos brillando de curiosidad. —¿Puedo verte en tu forma de lobo de nuevo? Él arqueó una ceja, sorprendido. —¿No has tenido suficiente por hoy? —Al contrario —respondió ella, riendo suavemente—. Quiero conocer todas tus facetas. Ryker sonrió, y sin pensarlo demasiado, dejó que la transformación lo envolviera otra vez. El lobo volvió a estar frente a Aria, imponente y hermoso. Ella soltó una carcajada nerviosa, se agachó y lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su pelaje. —Increíble… —susurró, mientras lo rodeaba con sus brazos—. Eres increíble. El lobo cerró los ojos y apoyó su enorme cabeza sobre su hombro, aceptando ese gesto que, para él, significaba más que cualquier palabra. Esa noche en el bosque se convirtió en un pacto silencioso. Un secreto compartido, una unión que los haría inseparables. Aria había visto la verdad, y en lugar de alejarse, había decidido quedarse. Y Ryker, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba solo.
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