Samantha se dio la vuelta muy despacio y sonrió por verlo. Vlad estaba en la puerta y aunque tenía su rostro neutro y escaso de emociones, sus ojos decían otra cosa. Ya no estaban vacíos, tampoco apagados ni sumergidos en lagunas profundas oscuras, todo lo contrario, ahora tenían un pequeño y débil destello de luz. - ¿Cómo te sientes, Matías? – preguntó Vlad al acercarse a ellos. - Muy bien. – respondió el niño entusiasmado por verlo. Vlad había tomado un lugar en su mente, una figura paternal que era imposible no quererlo. – gracias por venir, papá. Vlad asintió, la palabra papá era extraña para él, pero ya se había acostumbrado a esa palabrita y a Matías desde que unieron lazos cuando él era tan sólo un bebé lleno de babas y carita sucia. “El niño empezó a gatear, Vlad estaba fre

