Llegamos a su casa. Me hizo bajar de la camioneta y me obligó a entrar con él. Ya no rogaba, sabía que no serviría de nada. Esperaba que al estar seguro de que no me iba a poder escapar, se tranquilizara y me escuchara para entrar en razón. ―Esta es tu nueva casa, mi amor, ¿te gusta? ―me dijo como si fuera lo más natural del mundo. ―Es muy linda ―halagué con sinceridad, si no hubiese estado de por medio el secuestro, hasta podría haber disfrutado de ese lugar. ―Ven, ¿quieres algo? ―me preguntó. “Escapar”, contesté en mi mente. ―Nada ―respondí en voz alta. ―Mi amor, no te sientas incómoda, esta es tu casa y puedes hacer lo que quieras. Me llevaba abrazada, mejor dicho aferrada a él, y todavía no me soltaba, lo cual hizo luego de cerrar la puerta con llave. ―¿De verdad no quier

