Prólogo
5 de abril del 2026.
Lidia.
Son casi las diez de la noche, despido al último cliente que sale de la cafetería y apago las pocas luces que iluminan el pequeño espacio de la cocina.
Mis compañeros salen a fumar al otro extremo del callejón haciéndome la responsable de cerrar el local.
Me quito la bata dispuesta a ponerle el seguro a la puerta, pero me detengo en seco cuando entra un hombre trajeado, de porte elegante y muy apuesto, acompañado de hombres altos y musculosos.
Parece ser una persona importante.
—Disculpe, estábamos a punto de cerrar…— trato de ser amable, pero las personas como él me enervan. Creen que por tener todo el dinero del mundo pueden ir a los lugares que quieran y a la hora que les place.
—No le tomare mucho de su tiempo, señorita— ensancha sus labios coqueto detallando el entorno—. Quisiera ver su menú, si no es molestia.
Claro que es molestia, ¿acaso no ve que estamos a punto de cerrar? Es inaudito que se aparezca cuando estamos cerrando.
Le ofrezco el menú mientras vuelvo a ponerme la bata, busco mi anotador y me preparo para tomar su orden.
—Un café, gracias.
No me lleva mucho tiempo, por lo que al calentar la cafetera, le sirvo en la taza y lo miro en el proceso, no puedo tratarlo mal, pero si incomodarlo.
—Usted es una mujer muy bella, no debería trabajar en un lugar como este— le da un sorbo a su café y por un instante me pierdo en sus orbes acaramelados.
—No me diga— suelto una risa—, según usted, ¿dónde debo estar?
Uno de sus escoltas le extiende una revista de chismes enmarcando una pagina en especial.
—Deberías estar en la cima conquistando el mundo, Lidia Cent.
¡Qué carajos!
—¿Cómo sabe mi nombre? ¿quién es usted?— retrocedo chocando con la mesa detrás de mí, aquel hombre elegante sonríe peor que antes poniéndome los pelos de punta—, se lo advierto, sé kung fu.
No sé kung fu, pero este hombre no sabe que yo no lo sé ¿o si?
—Vengo a hacerte una propuesta de la cual no vas a poder resistirte— pasa por alto mi comentario y clava sus ojos en la revista anterior, su dedo índice apunta a la noticia, se trata de la prestigiosa empresa Stein, dedicada a buscar bellezas u artistas escondidos.
Sigo manteniendo la guardia en alto, es un desconocido y que venga a proponerme algo ya me resulta extraño.
—¿Y de que va su propuesta?
—Raegan Stein se encuentra en la búsqueda de una nueva secretaria personal y mi empresa necesita una infiltrada en la suya— revela al fin sus verdaderas intenciones—. Tú eres perfecta para el puesto, atractiva e inteligente.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? No sé quién eres o cómo sabes acerca de mí, es extraño que vengas con una propuesta tan extrema sin haber conversado conmigo antes.
Le da un sorbo a su café para luego centrarse en mí, este hombre no da buena espina desde que cruzó la puerta.
—Te conozco porque eres la indicada, la única capaz de penetrar la mente de Raegan, la única con una gran inteligencia para hacer caer sus negocios y empresa. Te necesito, la recompensa será gratificante, recibirás un pago muy bueno y un puesto en nuestra empresa si aceptas…
—No— le corto el discurso negándome rotundamente al extraño, pero su voluntad es mayor. Se levanta de su asiento y se acerca. Casi se me va el aire, estoy sola con hombres que si quieren me asesinan aquí mismo.
—¿No quieres vengarte de tu hermana y madre? Mientras tú te esfuerzas por sobrevivir, ellas viven como reinas, tienen todo lo que desde un inicio debió ser tuyo, Lidia. Ellas están donde están gracias a ti, ¿y cómo te agradecen? Ignorándote, desechándote como si fueras un trapo viejo sin valor.
Trago saliva ante sus crudas palabras. Un ruido retumba en mi cabeza con la mención de mi hermana y madre, y es que sus palabras son tan ciertas que no duelen, queman, perforan mi corazón y aumentan un nuevo sentimiento que reemplaza el dolor… ¿ira? ¿odio?
Cinco años no han servido para calmar el resentimiento hacia ellas.
—¿Quieres saber porqué te elegí?— ya no queda espacio que nos separe, lo tengo parado justo frente a mí, serio, mientras no hago más que concentrarme en lo que quiere decir— Raegan Stein es el esposo de tu hermana y padre de su hijo, un hijo que merecías tener en lugar de tu hermana, ¿te parece justo? Por que a mí no— levanta mi mentón intimidándome, no siento miedo, mi cuerpo no se resiste al tacto del desconocido como debería.
Mi mente me regresa al pasado, al como sufrí todo los abusos por ellas, para ayudarlas y luego me tiraron…
—Si acepto quiero una buena recompensa— respondo consiguiendo una sonrisa atractiva de sus labios, él está a punto de convencerme y eso le satisface.
—Señorita, me encantan las mujeres de su tipo, dispuestas a lo que sea.
Sonrío de igual manera, estamos descolocando el ambiente con nuestras meras presencias al parecernos a dos villanos dispuestos en arruinar la vida de inocentes.
¿Y qué si lo somos? A mí me jodieron, también puedo joderle a otros.
Ojo por ojo, diente por diente.
—Entonces la veo en mi oficina mañana temprano, mi chofer la recogerá apenas salga el sol— mete su mano en sus bolsillos agitándolo hasta sacar una tarjeta para ofrecérmela—. Este es mi número, puedes llamarme si gustas. La espero puntual.
Acepto la tarjeta y la leo en silencio cuando gira su cuerpo dispuesto a irse del lugar, claro que antes deja una gran cantidad de billetes verdes como su hubiera pedido un bufete costoso.
Finalmente sale acompañado de sus escoltas permitiéndome cerrar mi lugar de trabajo.
La fría noche es mi única compañía para lograr calmar la sangre que hierve desde que nombró a mi madre y hermana. Ha pasado mucho tiempo guardándoles rencor, mis pensamientos nublan mi mente y cuerpo al escuchar voces en mi cabeza que repiten lo mismo; «quítales todo».
Llego al hotel donde me hospedo, uno de mala fama que le falta poco para caerse de a pedazos de lo antiguo que es.
En lo que queda de la noche, no pego un ojo hasta el amanecer, dado los pensamientos perturbadores, estoy ansiosa por oír la propuesta del hombre.
La mañana se hace notar y no tardo mucho en arreglarme. Opto por usar un vestido gris de lanilla que me llega hasta los tobillos, unas bucaneras altas y oscuras para relucir mis piernas envidiables, mientras que mi cabello lo dejo suelto, liso sin añadirle accesorios.
Mi celular empieza a sonar, lo tomo leyendo el número privado, sin perder más tiempo del necesario, respondo y es el chofer que se encuentra abajo del hotel esperándome.
Salgo del edificio procurando mantenerme serena, si demuestro la ansiedad voy a parecer una desquiciada.
El chofer es reservado, simplemente me abre la puerta, se limitan a conducir en silencio evitando mirarme o decir alguna palabra.
—Hemos llegado— anuncia deteniendo la limusina fuera del flamante edificio lujoso donde las personas con trajes entran y salen.
Los recuerdos del pasado se reproducen en mi cabeza, las humillaciones, los maltratos… Sea cual sea la decisión que tome, no habría marcha atrás.
Esas vocecitas piden arrebatarles todo a las dos mujeres que terminaron de arruinar mi vida. La compasión no entra en mi vocabulario, al menos no para ellas. Se merecen el doble del sufrimiento por el que pase, mejor dicho el triple.
Hace cinco años atrás trabaja en las calles y clubes, hacía lo posible por conseguir dinero para sustentar mi familia. Claro que todo acabó cuando conocí a un hombre aparentemente adinerado, poderoso e intimidante. Gracias a él, mis trabajos de mala fama acabaron y eso me trae hasta aquí, una empresa impotente rodeada de cerebritos con los bolsillos reventando.