Lidia.
El lujoso edificio se vislumbra ante mis ojos al caminar, tomo ascensores y en cada piso me siento Alicia en el país de las maravillas.
Llego al último piso donde se encuentra el tal Theodoro. Estoy dispuesta a escuchar la propuesta, más que nunca quiero venganza, venganza contra mi madre y hermana.
Una secretaria morena me atiende en la mesa de entrada, ella se comunica con su jefe por teléfono y en minutos me hace pasar a la oficina donde se encuentra.
Inhalo con fuerza y exhalo decidida, es ahora o nunca.
—Puede pasar, el señor la está esperando— sale de la oficina dándome paso a mí.
Con la mente clara, entro encantada por el entorno, este edificio sigue impresionándome a cada paso que doy.
La oficina es enorme y refinada, los muebles son de una madera fina, su escritorio es de vidrio, no tiene muchos adornos, solo lo necesario para trabajar.
—¿Tomaste una decisión?— indaga de espaldas aquel atractivo hombre con las manos metidas en sus bolsillos. Medio inclina su cabeza sin dar la vuelta, esperando una respuesta.
—Si, pero primero quiero saber acerca de mi recompensa— tomo asiento sin esperar su aprobación y finalmente se da la vuelta a encarararme, en la misma postura, elegante y apuesto sin dar a conocer emociones aparte de su sonrisa.
—Muy Bien— abre uno de sus cajones sacando documentos los cuales tira al escritorio—, ahí esta todo lo que debes hacer, tu paga, las reglas, todo.
Leo por encima y devuelvo la vista a él.
—Con gusto leeré, pero me encantaría escucharte, ya sabes, para tener todo claro.
Se sienta con sus manos juntas sobre la mesa.
—Tu trabajo es ser una secretaria infiltrada en la empresa de Raegan Stein, seducirlo si es posible pero eso depende de ti, si es que te sirve de algo. Lo principal es conseguir informaciones sobre sus próximos contratos, los negocios que tiene, sus clientes, absolutamente todo— informa buscando la pagina de los documentos donde escribió lo mismo—. Pronto unos clientes de Japón vendrán para cerrar negocios, mi empresa y la de Raegan compiten por el contrato que ofrecen, así que debes advertirme de sus movimientos, estropearlos sin que lo note.
—¿Seré la única infiltrada?
—De mi empresa, si. Debido a tu papel importante, es conveniente que te ganes su confianza, hazle creer que estas dispuesta a poner las manos en el fuego por él y su empresa nefasta.
—¿Reglas?
—No traicionarnos, no revelar este acuerdo a terceros y no enamorarte de Raegan. Si incumples la primer regla date de baja, no se te pagara nada de lo acordado.
Asiento pasando los papeles, leyendo uno por uno, las letras pequeñas también.
Según estipuló, mi paga será de doscientos mil dólares por semana, y al culminar mi trabajo, si tengo éxito, me pagaran quinientos mil millones de dólares e incluso me ofrecerán un puesto en su empresa.
Aunque la oferta sea muy tentadora, no me cierra del todo la suma ofrecida.
—¿Cuándo se supone que finalizaré mi trabajo? ¿Por qué quieren pagarme tanto?
—Estamos dispuestos a reconocer un buen trabajo, lo que harás no es fácil, Raegan Stein tampoco, y todo terminará cuando nosotros decidamos, el mínimo de tiempo que se requiere tu trabajo es de cinco meses, queremos resultados, no fallas— me ofrece un bolígrafo al terminar de leer los documentos siguiéndome en cada movimiento, está ansioso, necesita a alguien y quien mejor que la cuñada del mismísimo Raegan.
—Bien— firmo cada hoja releyendo por si acaso y al terminar, deja una faja de billetes cerca mío.
—Tu anticipo, puedes gastarlo en lo que gustes.
—Entonces me pondré en marcha— hago atrás mi silla y me levanto seguida de él aceptando la paga, sus ojos se clavan en mis piernas desnudas debido a mi vestido corto—. Mi rostro está arriba, no abajo.
Sale de su trance lascivo y me mira a detalle con esos ojos color café, endulzantes y a la vez caóticos.
—Mi chofer la llevará a su dirección— comunica—, aunque si aceptas puedo conseguirte un mejor hotel o de hecho comprarte uno, tú decides.
—No hace falta, voy a un solo lugar sin necesidad de chofer, te lo agradezco.
Abandono el edificio recapitulando lo sucedido. No puedo creer que voy a infiltrarme en la famosa empresa Stein, ahora solo queda el primer paso y es visitar a mi madre, a mi hermanita y a su esposo.
Raegan Stein debe ser un hombre con más de cincuenta años, aparentemente. Nunca lo vi en persona o revistas, pero si he oído mucho sobre él, su apellido me remota años atrás, a lo mejor fue un cliente que conocí y me gustó.
—Señorita, tengo ordenes de llevarla a donde guste— el chofer se acerca, estuvo esperando todo este tiempo hasta mi salida.
—Ya le dije a Theodoro que no es necesario, sé cuidarme.
—Por favor, permíteme llevarla— insiste cuan caballero y no puedo negarme, menos ahora que siento una gota caer a mi cabeza.
—Muy bien— subo cuando me abre la puerta trasera y se adentra a la limusina después de mí.
—No quiero ir al hotel, tengo un lugar mejor.
Me mira desde el espejo retrovisor y suelta la pregunta;— ¿A dónde la llevo?
La primer gota que cayó del cielo fue una clara advertencia de la fuerte tormenta que se aproximaba. El ruido de las gotas impactando con turbulencia mejoraban mi día.
—A la avenida Kerlton 4352, la lujosa vivienda de los Stein.
Acelera al fin recorriendo las calles con cierta moderación, suele mirarme desde el espejo pero cada que lo pillo regresa su vista a la carretera.
Tengo planes, un trabajo que empezar desde ya. Me pregunto como van a reaccionar al verme, que dirán…
Solo pasan minutos desde que emprendimos el viaje, siendo así, un vecindario privado, con rejas altas y negras se abren ante nosotros deslumbrándonos con las mansiones extravagantes dedicadas a millonarios.
Recorre la calle lentamente, pregunta donde se encuentra la mansión de los Stein y le dicen que falta unas diez casas antes de llegar.
—Voy a bajarme aquí, a partir de ahora pienso caminar.
—¿Con este tiempo?— frunce el entrecejo—, señorita, llueve demasiado, podría resfriarse.
—Acaso le pregunté o…
—Le deseo un buen paseo entonces.
Atino la puerta viendo como abandona el vecindario precavido. De inmediato tiemblo, el frío es evidente y peor aún cuando la lluvia me moja enfurecida.
Camino las calles que quedan y algunos vecinos se asoman en su ventanas para mirarme con desaprobación.
Luego de recorrer las diez viviendas, una sobresale entre todas siendo la más grande y moderna, lujosa por donde se le vea. Tiene la letra S bañado de un dorado impecable, brillante como el sol.
Avanzo unos pocos pasos hacia la reja alzada, toco el timbre del aparato que me comunica con los dueños, pasan segundos hasta que una voz femenina responde.
—Bienvenida a la mansión Stein, ¿en qué la podemos ayudar?
—Soy la hermana de Leila Stein— comento a la voz femenina. Se forma un silencio entre la línea.
—La señora Stein no tiene hermanos, lo ha dicho hace mucho— no cede, a lo mejor Leila ha pedido que me echen o de verdad no saben de mí.
—Dile a Leila que no me iré hasta que me atienda.
No recibo respuesta, sin embargo, las rejas se abren automáticamente. La puerta de la mansión igual, dándole el paso a mi hermana gemela que se mantiene en la entrada evitando mojarse.
—¡Qué haces aquí!— sacude mi cuerpo maniática hasta que la empujo—. Creí haber sido clara al decir que no te quiero cerca.
Echo atrás mi cabello empapado escurriéndolo, aprovecho el ignorarla así la fastidio más.
—No tengo a donde ir, estoy en la calle, ¿qué no me ves?— finjo absoluta tristeza la cual no le conmueve ni un poco a la bruja—, eres mi hermana, te pido un poco de consideración.
—Calla— se asegura que nadie nos este espiando al girar su cabeza repetidas veces, pidiendo que no alce la voz—, no voy a ayudarte en nada, ya te lo he dicho, no quiero estar relacionada contigo.
Ni siendo madre la malnacida demuestra empatía.
—Que mal, porque de aquí no me muevo y yo que tú no hago más lío del necesario, recuerda que sé tus secretos, tu pasado… apuesto que a tu marido le encantará saber con que clase de persona se casó.
—¿Y por qué te creería?— tiembla su voz exponiendo el temor, tal como supuse, no se atrevió a revelar su pasado.
—Quizás por ser tu hermana, sin mencionar gemela. Vamos, no seas una perra las veinticuatro horas de los siete días, soy tu hermana aunque te pese.
Se muerde la lengua para no soltar insultos, la conozco tan bien que de seguro anda maldiciéndome en su cabecita, planeando como deshacerse de mí otra vez.
—Puedes pasar— se rinde— pero cuando te de dinero te me largas, ¿entendido?
—Por supuesto, no esperaba menos.
Me invita a pasar de mala gana, pongo un pie dentro mojando el suelo de mármol con las gotas que caen de mi cuerpo.
Tengo el vestido pegado como una segunda piel, mientras mi cabello se mantiene aplastado y un poco despeinado.
Leila no permite que me ofrezcan toallas o una prenda nueva, tiene prisa en darme dinero así me largo. Pobrecilla si cree que se lo dejare tan fácil.
—Espérame aquí, no te muevas por nada en el mundo y no toques nada— dice y asiento.
Estoy escondida en la cocina donde trabaja el personal, aunque ahora esté vacío. Y como quien no quiere complacerla, abro su refrigerador, busco algún aperitivo para devorar y saco lo primero que veo; bombones de chocolate.
Cierro la puerta sin apuros y volteo metiéndome lentamente el bombón a mi boca.
Pego un sobresalto cuando choco contra el cuerpo de alguien. Levanto la vista reconociendo el aroma que desprende la persona, parpadeo atemorizada hasta encontrarme con unos bellos orbes grises decorados con unas cejas oscuras y bien pobladas.
Es un hombre, ¡y que hombre!
Su cabello luce perfectamente peinado hacia atrás, está con una camisa abierta enseñando su pecho bien trabajado, un pantalón ajustado ideal para su clase de alta sociedad.
Pareciera que acaba de llegar, por lo que se prende a mi mirada, a mis labios siendo exactos.
No digo nada, no dice nada. Simplemente me detalla en silencio con un brillo inusual.
No sé porqué se me hace tan conocido…
—Raegan— dice mi hermana dejando caer una faja de billetes al suelo. Sus ojos se abren de par en par, pasa su vista de mí a quien parece ser su esposo. Por otro lado, el buenote de su esposo la mira de forma extraña.
Este hombre atractivo, sensual, joven es esposo de la bruja de mi hermana, quien lo diría.
—¿Raegan?— repito acaparando la atención del hombre—. Con que este hombre es tu esposo…
Me dan ganas de saltar percibiendo sus ojos fijos en mí y no en ella. Sigo sin poder creer que sea su esposo, es perfecto, mil veces perfecto.
Entiendo que Leila sea bella pero es obvio que no esta a su altura, tampoco es que yo lo este…
—Es… mi esposo… Raegan Stein— lo presenta temblorosa entrelazando su brazo al de él quien parece disgustado al instante—, ella es mi hermana gemela, Lidia— no le queda otra alternativa que presentarme ya que somos casi idénticas.
—Mucho gusto— con su mano libre atrapa la mía depositando un beso caliente que me produce una corriente eléctrica—, cuñada.
Leila se aferra como garrapata como quien tiene miedo de que se lo roben, y no la culpo. Con semejante esposo hasta yo tendría miedo.
Lástima por ella, mi plan ahora me gusta incluso más.
—El placer es todo mío, señor Stein— soy sincera, un hombre como él da gusto de conocer.
—¿Le gusta?— pregunta de la nada tomándonos por sorpresa a ambas.
—¿Qué cosa?
—El chocolate.
Cierto, fui vista robando en su nevera.
—Me gusta, si.
—¿No le gustan dulces más grandes?
Qué… cómo… qué.
—Me encantan, mientras más grande, mejor. Soy muy golosa— su sonrisa me deja desconcertada, sus preguntas junto a su presencia revivieron una corriente eléctrica por mi cuerpo quien dormía desde hace años al no conocer buenos prospectos.
—Lidia, que dices— los dientes de mi hermana rechinan de tanto que los aprieta. Se fija en su marido quien no deja de mirarme ni un segundo—. Amorcito, voy a llevar a mi hermana a darse una ducha, ya ves su aspecto, luce fatal.
—Oh Leila, no te preocupes. Antes que nada, me gustaría que llames a mamá para saludarle, hacía tiempo que no las veo, se olvidaron de mí.
—Podremos verla, ven acompáñame…
—Leila— el esposo la observa con rareza, su tono salió casi amenazante— puedo ayudar a mi cuñada, tú ve por tu madre.
—Pero…
—Pero nada— la corta—. Sé tratar a una mujer, es familia, ¿no?.
—Claro amorcito— hace puntilla de pie para besarlo, pero es avergonzada cuando corre su cara haciendo que el beso sea plantado en su mejilla.
Leila me observa desde atrás pero no le presto atención, solo a su esposo.
Quedamos a solas cuando se larga y la tensión crece.
—Ven, te voy a mostrar donde queda la ducha.
Raegan
La silueta de mi cuñada es cautivante.
Leila siempre dijo que era ella y su madre, nadie más. Ahora todo ha quedado más claro, desde que la “conocí ” me di cuenta que no era quien creí. Me decepcionó al pensar que me pintó ser de una manera y al final era de otra. Todavía no descarto que sea ella, pero su gemela es igual a la mujer que buscaba, quizás si la conozco a fondo descubriré la verdad.
Mientras se ducha, siento unas fuertes ganas de meterme con ella para acompañarla bajo el agua caliente con una intención perversa, pero debo contenerme.
Leila y su hermana se parecen bastante, si, pero mi esposa tiene el cabello de un castaño oscuro, posee pechos normales, ni muy grandes ni muy pequeños, sus ojos son de un color café. Y su hermana, Lidia, es rubia por completo. Según noté gracias a su vestido corto y mojado, sus pechos son más grandes, tiene un trasero de infarto que inmediatamente logró prenderme.
Mi mente me exige confirmarlo, si es aquella mujer única que me atrajo apenas la conocí, solo esa mujer pudo provocarme pensamientos impuros, alocar mi cuerpo.
Los ojos, maldición, son lo único que mantengo presente en mi cabeza a la perfección, de un verde perfecto, profundos que me prendieron por completo.
—Amorcito— Leila se presenta a la recamara nerviosa, sabe la magnitud de sus mentiras y no hace más que hundirse ella misma.
Odio las mentiras, principalmente a ella, la mentirosa mayor.
—Más te vale explicarme a detalle y que ni se te ocurra mentirme que si quiero lo averiguo por mi cuenta.
Antes de poder responder, su hermana sale envuelta en una toalla. Se lleva la mano a la boca cuando nos ve, se voltea para largarse y se arrepiente, devolviéndose hacia nosotros.
—Ups, lamento incomodarlos, pero…— me mira— tu esposo me dijo que tenía preparado un atuendo para mí.
Sus piernas desnudas no hacen más que embellecer la vista, las gotas se le resbalan por la piel torturando mi compostura. “Es mi cuñada”.
—Lidia deberías ser consciente de como luces frente a mi marido— paso de lado ignorando a la mentirosa mayor y tomo el vestido rojo que preparé para mi cuñada.
—Amorcito ese vestido… creí que era para mí— empieza con sus idioteces baratas.
—Nunca dije que fuera para ti, y si así fuera ¿se lo ibas a negar a tu hermana?
La hago pasar vergüenza con el doble sentido, ella no merece mi respeto desde el primer día que me mintió para treparse de mi fortuna como todas las demás interesadas.
—Ten, estoy seguro que el rojo te quedará bien— extiendo el vestido carmín apreciando la expresión de sorpresa en la rubia sacada de los cuentos.
—Rojo, mi favorito— acepta contenta, sale de la recamara al ser llamada por una mucama y no sé que es peor, si el dolor entre mis piernas o el dolor de cabeza que me provoca Leila.
Una me fastidia y la otra me revuelve la cabeza y no de forma negativa.
—Amorcito, ese vestido es demasiado, soy tu esposa, ella mi hermana…
—Leila, mejor guarda silencio. Tus mentiras ya te condenaron, tus celos no pueden importarme menos y tu mera presencia me enerva, así que tienes dos opciones; o te callas o te largas.