Mentiras y más mentiras.
Lidia
Llevo preparándome hace media hora para una simple cena de presentación. Usaré un vestido carmín ceñido al cuerpo, bastante corto de escote en V en la parte delantera. Debo admitir que el esposo de mi hermana tiene buen gusto al elegir atuendos.
Una de las mucamas que trabajan en la mansión Stein ha traído zapatos del mismo color, son de Leila lo cual reafirma nuestras opiniones diferentes en cuanto a gustos, pero uno de ellos sobresale con la pedrería brillante.
—Señorita, ¿quiere alguna joya?— la mucama me muestra gran variedad de joyas que declino, aún no es momento de mostrarme con joyas, de por si como estoy es alucinante.
—No, gracias.
Me miro en el espejo satisfecha con mi aspecto, el cabello lo tengo suelto y bien peinado, mis labios los dejo al natural, toda mi cara lavada atrae, no hace falta maquillarme para resaltar en una cena.
Salgo de la recamara y por fortuna no me cruzo con Leila, debe estar hirviendo de rabia, haciendo rabietas con su marido o nuestra madre.
Bajo las extensas escaleras de mármol llegando a la planta baja donde Raegan Stein habla por teléfono.
—No me interesa, busca una buena secretaria o considérate despedido— corta la llamada cuando me ve, su porte se mantiene firme, ahora luce elegante con un traje de negocios.
Acepto la mano que me ofrece para bajar el último escalón y tontamente estuve a punto de caer si no fuera por sus brazos que lograron atraparme.
—Lo siento, suelo ser torpe a veces.
—El rojo te queda bien— me estremezco con su toque en mi espalda, mi escote revelador es detallado por el gran Stein quien no se aleja.
—Gracias, señor Stein— intento ser formal, me suelta cuando su móvil vuelve a sonar y tarda en contestar sin poder despegarme la mirada.
—Puedes decirme Raegan, somos familia ¿no?— dice antes de centrarse en la llamada.
De repente, Leila baja por las mismas escaleras que yo y no viene sola; detrás suyo la acompaña nuestra madre que decidió usar un vestido rojo al igual que Leila.
Ahora solo quiero ser tragada por la tierra, de haber sabido que nos vestiríamos igual, me quedaba con mi vestido floreado.
—Lidia— mi madre no disimula el disgusto cuando me ve, no hay abrazos o besos.
Raegan se acerca después de su llamada y el ambiente se torna incómodo.
—¿Está todo bien?— debe parecerle extraño que una madre no muestre ni un poco de interés en una de sus hijas.
—Peleas del pasado, ya sabes amorcito— comenta Leila queriendo besarlo.
—De hecho no lo sé, todo lo que mi suegra y tú me dijeron son mentiras— la aparta y avanza al comedor. Ambas caminan en silencio sin decirme a dónde ir, por lo que las sigo sin rechistar.
Una extensa mesa con diferentes platillos de variedades me hacen salivar.
Leila se sienta a la derecha de Raegan, mi madre a su izquierda.
—Ahí no— la voz gruesa me obliga a dejar la silla en su lugar. Raegan se levanta de su silla avanzando hasta la última al final de la mesa, tal silla queda frente a la suya. Durante la cena nos veremos cara a cara—. Ven, no tengas vergüenza— corre la silla y me río internamente adivinando las expresiones de las mujeres sentadas.
Me siento y se inclina para ponerme en su lugar, tengo su rostro en mi nuca respirando, infundiéndome de su perfume. Abandono mi trance cuando se dirige a su puesto. Leila se apresura en sujetar su mano, pero como desde el inicio esquiva cualquier contacto con ella.
Problemas en el paraíso.
La cena inicia al servirnos los platillos, veo diferentes texturas, colores, ya quiero probarlos.
—Lidia no seas bruta, cuida tus modales— mi madre se enfurece cuando me llevo un pedazo de carne a mi boca con la mano.
—Lamento ser maleducada— respondo—, a diferencia de ustedes, no vivo en una cuna de oro.
Raegan sigue fijándose en mis movimientos y no me dejo intimidar, pruebo todo lo que me presentan sin vergüenza. Incluso sushi, que me termina resultando horrible.
—¿La comida no es de tu agrado?— me interroga la cabeza de la familia millonaria—. Llamen al chef, lo voy a despedir por traerle a mi cuñada platillos de mal gusto.
Dejo caer mis cubiertos al escuchar semejante idiotez. ¡Que no me guste el sushi no tiene nada que ver con el cocinero!
—No es necesario, de verdad, la comida está deliciosa, simplemente no me gusta el sushi.
—Tampoco hay que hacer tanto escandalo, Lidia siempre quiere llamar la atención, amorcito.
Mira quien lo dice.
Ignoro el comentario de Leila devorando todo a mi paso, las miradas cargadas de odio me dan igual, solo una me agrada, la mirada curiosa de Raegan.
—¿Dónde está Blanca?— las interrogo, Leila deja caer su copa de vino, mi madre aprieta el cuchillo y Raegan frunce sus cejas peor que antes.
—¿Bianca? ¿Quién es Blanca?
—Espera un momento… ¡Qué mierda hicieron con Blanca!— la sangre se sube hasta mi cabeza teniéndolas calladas, se hacen de las tontas, entonces uso mi mejor arma y es el Stein mayor— Bianca es nuestra hermana menor, ella es… especial. No puedo creerlo— devuelvo la vista hacia ellas— ¿De verdad la abandonaron? Pueden tratarme mal a mí, pero ¿Blanca?
Raegan se incorpora destilando furia, todo dirigido a las dos mujeres a su lado.
—¡Cuantas mentiras debo descubrir!
—Amorcito, deja que te explique…
Leila se horroriza al ser casi atropellada por su marido, la altura de él es bastante intimidante, ella parece una oveja frente a un león, y ahora mismo dicho animal la quiere lejos, lo sé.
Yo me pregunto que tan malvadas pueden llegar a ser… Blanca era y debe ser un amor, jamás le hizo daño a alguien, ella también es su familia…
—Son realmente unas…
Guardo silencio al sentir unos brazos pequeños rodear mi cintura, bajo la mirada para ver de quien se trata y un niño guapo, de ojos grises y cabello rubio me sonríe sin despegarse.
—¡Mami!— exclama, tal palabra tensa mis músculos, mi corazón se oprime con la mención y tener al niño empeora la situación.
—Eliot, cariño, esa no soy yo— Leila intenta despegarlo de mí, pero este no se deja tocar por ella al igual que su padre.
—Yo, yo…— tartamudeo, mi sobrino es puro, inocente, hermoso. Tenerlo frente mío abre heridas viejas que creí enterradas, ahora todo trae un recuerdo triste, uno que solo quiero olvidar.
Leila lo despega de mí, pero el se contrae, forcejea y corre hacia su padre, escondiéndose en su espalda.
—Yo…— parezco una loca repitiendo la misma palabra— Baño…— sin pensarlo dos veces, subo las escaleras casi corriendo y me encierro en el primer baño a la vista.
Suelto el llanto contenido hace años, las lágrimas nublan mi visión, no las puedo contener, ya no.
Conocer a ese pequeño me hace imaginar cosas imposibles, desear algo que por más que quiera no se puede cumplir.
Caigo sentada al cerrar la puerta y expongo todo el dolor sin importarme el ser escuchada.
Golpean dos veces la puerta y…
—¿Estas bien? Perdona si te ofendí…— la voz angelical se reproduce una y otra vez en mi cabeza, sollozo con más fuerza, sin querer asustarlo.
—Estoy bien— miento sobándome.
—No estas bien…— dice apagado, unos pasos se aproximan y me reprendo el haberme mostrado débil.
—Papi, ella se puso triste, creo que no me quiere.
—Ve con tu madre— le ordena desde afuera, el pequeñín se niega, hasta que no le queda otra que obedecer. Golpea la puerta y no respondo, intenta de nuevo y sigo en silencio, hasta que…
Caigo al suelo cuando usa su fuerza para abrir la puerta, efectivamente funcionó.
El vestido se me sube un poco, enseño la tanga negra y mi trasero. El momento es tan irreal que paso del llanto a las carcajadas.
—Toda tu familia está loca— sonríe conmigo, ofrece sus manos para levantarme y las acepto con gusto. Ahora que lo tengo cerca, el dolor disminuye. Si fuese mi hermana o mi madre sería lamentable.
Perdida en sus ojos grises, no reacciono cuando pasa sus pulgares bajo mis ojos secando mis lágrimas.
—Puedo hacerlo yo misma.
—Te ves del asco, cuñada. Eres hermosa, llorar te pone fea.
No sé porqué pero suelto una risita.
—Si esto es por tu hermana Bianca puedes quedarte tranquila que voy a traerla y…
—Amorcito ya te he dicho que Lidia es una mujer grande— para en seco reparando nuestra posición, donde él tiene sus manos en mi cara, sonreímos y seguimos pegados el uno del otro.
—Leila— lo alejo fingiendo pena. Mi gemela no hace más que demostrar una sonrisa falsa y se pega otra vez a su marido quien se hastió.
Bajan primero dándome tiempo para recomponerme. Los sentimientos pasados deben ser nulos si quiero cumplir mi trabajo.
Regreso al comedor donde discuten en voz baja las mujeres. Raegan se mantiene mudo y mi sobrino igual, hasta que me ve.
—Lamento mi comportamiento, tuve un recuerdo y bueno, conocer a mi adorable sobrino me tomo por sorpresa.
—Creo que lo mejor será que te vayas a tu casa a descansar— bufa mi madre.
—No tengo a donde ir.
—¿Mi cuñada no tiene dónde ir? Que dices, eres familia. Puedes quedarte y comentarme tu situación…
—Amorcito, mi madre y Lidia no tienen buena relación, debe irse— quiero dejarla calva pero me contengo.
Si piensa que se va a deshacer de mí tan fácilmente se equivoca. No me dejo ver la cara dos veces.
—Leila, te entiendo. Es normal que no quieras cerca a una hermana sin dinero, trabajo o casa. No todos triunfamos en la vida— actúo perfectamente rompiendo en llanto— Será mejor que me vaya, que vergüenza, de verdad lo siento.
—Tía no te vayas— el niño hace pucheros a su padre y a mí. Raegan suspira exhausto.
—Cuñada, he dicho que somos familia, así que te quedas. Si a mi suegra no le gusta puede irse ella misma sin un centavo, a lo mejor entiende tu situación. En cuanto a trabajo, puedo ofrecerte uno.
¡En sus caras, perras! Mi querido Raegan Stein, no sabes a quien estas metiendo en tu casa.
La noche transcurre rápido, acabamos la velada hace una hora.
Mi sobrino, Eliot me hizo un mi ni tour en la mansión, se encargó de pedir la mejor habitación para mí ya que a partir de hoy viviré con los Stein.
La cama enorme enamora a primera vista, me lanzo comprobando la suavidad de ella y gimo gustosa. Es como si flotara en una pluma, así de bien se siente.
—Es bueno que te guste— me incorporo asustada, apenas conozco a Raegan y anda apareciendo de la nada, en silencio.
—Nuevamente le agradezco su hospitalidad— abandona el umbral de la puerta y se sienta en la cama justo a mi lado.
—Es un placer ayudar, somos familia.
—Eres mi hermano político— suelto chispeante, nuestras miradas son como llamas amenazando en quemar todo a su paso.
El silencio es reconfortante, su colonia un calmante para mis nervios, más no para mi cuerpo. Desear al hombre de tu hermana es un pecado, una vergüenza. Su presencia a estas horas de la noche es un indicio de lo que podría pasar entre nosotros con una cama disponible. Diferentes escenarios se cruzan en mi cabeza, nosotros dos en la cama, en la bañera, su oficina… Incluso la empresa Stein.
¡Santo cielo!
Vayamos paso a paso antes de correr, primero hay que calentar las cosas, incendiar un poco el ambiente. Ser el eje de los problemas matrimoniales es uno de mis objetivos que por el momento surten sin necesidad de activar mi modo perra.
—Si no te importa, necesito que empieces mañana mismo como mi secretaria, me urge alguien que atienda mis problemas, esté atenta a mi itinerario y gustos.
Yo atendería lo que sea por ti…
Poso mi mano en la suya dibujando círculos invisibles, su mandíbula se tensa sin apartarse, la tensión por el aire acompaña la cercanía.
—Claro, puedo hacer realidad sus deseos.
—Bien— se levanta de golpe sujetando mi mano para luego depositar un beso como todo un caballero avivando el calor con su inocente acto—. Mañana por la mañana una de las empleadas pasará a despertarte y te dará ropa acorde a tus gustos.
Sin decir más sale por la puerta marcando sus pasos. El aire huele al exquisito hombre de traje.
Recuesto mi espalda imaginando el día de mañana, mi función como secretaria debe ser cien por ciento convencible.
***
En medio de la noche despierto empapada de agua fría. Leila es la autora de la maldad, y no está sola, sino que viene con su cómplice mayor; nuestra madre.
—Te dije que te alejaras de nuestras vidas, ahora no solo vienes a regocijarte de mi fortuna, ¡también seduces a mi esposo!— el jarrón metálico de agua casi impacta en mi cabeza si no fuera por Sarah deteniendo su mano a tiempo.
—No seas imprudente— la regaña suavemente—. Si la ven lastimada ¿qué excusa pondremos?
Las empujo lejos de mí reaccionando rápido, son peligrosas, unas brujas dispuestas a asesinar a sangre fría. Me dan asco, creí que no podrían ser peor, pero lo son.
—¿Tienes miedo de que tu esposo se entere tu pasado?— salgo de la cama—, o quizás… ¿me prefiera?— gobierna el silencio al amenazarla directamente—. En cualquier caso, deberías cuidarte, hermanita. Tu hombre es muy sensual, sin mencionar millonario. Yo también tendría miedo de que me lo quiten. A estas alturas debe estar cansado de andar con una chillona malcriada y su suegra entrometida, seguramente quiere buscar otros “horizontes”.
—¡Ni te atrevas a intentarlo!— la callo con los dedos—, procura ser inteligente que esto no es juego de gemelas y así como tú me quieres muerta yo deseo lo mismo para ti.
Sarah la arrastra hacia afuera cerrando la puerta. Si puedo alocarlas mejor, sería increíble ver como pierden la cabeza en el proceso de mi plan.
Vuelvo a acostarme arropando mi cuerpo cómodamente.
En unas horas empieza mi farsa, usaré las armas que sean necesarias así que debo descansar bien para levantarme recargada.