Mi nueva y modificada apariencia sirvió para ser fácilmente asimilable a cualquier europeo; en el año 1273 fui incluido en la orden militar de los Caballeros Nemancr, un grupo de más de miles de adeptos de diversas razas y etnias. Las vestimentas no eran diferentes a las de otros cruzados pero en las empuñaduras de nuestras espadas poseíamos un adorno que asimilaba a un humano con cabeza de pulpo y alas de dragón. Para ser más específico la cabeza era viscosa y cubierta de tentáculos destacando sobre un cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias; pero más destacable aun resultaba una especie de trasfondo arquitectónico ciclópeo. Entonces recordé una lección aprendida por medio de mi difunto amigo Alhazred, que dictaminaba: “Los primigenios abandonaron la superficie del planeta

