Los créditos de una película de terror pasaban por mi pantalla, bañando todo mi cuarto con una luz azul fantasmal que se colaba entre las sábanas sin tender. Había elegido una película particularmente sangrienta—de esas donde la gente guapa hace puras tonterías y termina muerta de las formas más absurdas posibles. Sin pensar, sin lógica, ruidosa—justo lo que necesitaba. No sé por qué, pero ver tripas y chillidos ajenos hacía que mi desastre pareciera... manejable. Hasta predecible. Al menos en esas historias, el miedo seguía reglas. El mío no. Deslicé por el menú de sugerencias: puras caras con sangre y letras amenazantes. Ninguna me atrapó. Mucho grito, poco sentido, puro disfraz de Halloween. Cerré la app y puse el teléfono boca abajo sobre la cama. La luz de

