El mismo día París Bruno Dicen que el silencio tiene voz propia. No necesita gritar para hacerse oír, no suplica, no exige, simplemente se instala, llenando cada rincón con su presencia implacable. A veces es un refugio, un susurro de calma en medio del caos, como la brisa suave antes de la tormenta. Otras, es un verdugo, tan denso y pesado que aplasta el pecho, sofocando cualquier intento de escapar. Lo he sentido de ambas formas. En las trincheras, el silencio era una sombra agazapada, acechando entre el humo y la sangre, el instante suspendido antes de que la muerte reclamara su siguiente víctima. En otros momentos, era una tregua efímera que permitía fingir que la guerra no nos había robado el alma. Porque el silencio, cuando se instala de verdad, es una sentencia. Puede sellar u

