Ambos teníamos un temperamento insoportable; éramos tal para cual, pero eran irritantes sus desafíos y, a la vez, fascinantes. No me daba tan fácil dominarla, hacerla dócil y sumisa. - Yo no soy tu mujer... solo estoy contigo por la fuerza. Te recuerdo que estoy atada a ti por ese estúpido matrimonio con el que ni siquiera yo estuve de acuerdo. - ¿Cómo se atrevía a decir eso? Era mi mujer, quiera o no; ella era mía y solo mía. Sentía que me quería estallar la cabeza de tanto que estaba controlándome, y solo por ese bebé en su vientre. - Quieres pruebas de que me perteneces... ¿Qué tal en el bebé que llevas dentro de ti, un producto nuestro, de nuestro encuentro íntimo? Esa es toda la prueba que necesito. Y créeme, un trozo de papel no cambiará el hecho de que eres mía, en cuerpo y alma. P

