Las peleas no cesaron; cada vez eran más intensas, hasta el punto de que lo sacaba de la habitación y le azotaba la puerta en la cara, o me iba a donde fuera. Cuando trataba de salir de esa estúpida jaula, él me lo impedía. Al menos, cuando cumplí el quinto mes, me acompañó por primera vez para saber del bebé. De solo saber que era un hombre quien llevaba mi control prenatal, no le cayó nada bien. En todo momento, su cara de disgusto era evidente y jamás apartó la mirada. No quería que me tocara, aunque en ningún momento lo hizo. Soportar su cara me daba agruras. Durante el camino a casa, ni siquiera lo quería cerca, y eso más le fastidiaba, porque ni le dirigía la palabra en todo este tiempo. - Vas a seguir con tu capricho; con tan poco se molestan las mujeres... ni quién les soporte. -

