Pegué mi frente a la puerta, queriendo sentir o escuchar, aunque sea, su respiración. Me sentía morir; era un hombre necesitado de afecto, un poco de su cariño, un poco de su calidez. Mi cabeza me estallaba y no la soportaba y tuve que aguantar. Hasta que la puerta se abrió lentamente, levanté la cabeza. Ver su carita cansada y sus ojos rojos, había llorado y, por mi culpa, ni siquiera me miró a la cara. - Perdóname... por favor, cariño... - Me lancé a ella, abrazando su barriga y besándola. Mi hijo, no, nuestro bebé crecía dentro de ella y, como su esposo, debí protegerla, no abandonarla. Sus manos se posaron en mi cabeza, dándome caricias. Qué bien se sentía; al fin pude relajarme, era una buena señal. - Vamos a la habitación... necesitas bañarte y descansar. - Aun así, se preocupaba;

