Polaris (Parte I)

1153 Palabras
–¡¿Estás diciendo que ha pasado de nuevo?! –El príncipe estaba sorprendido y miraba a su padre con ojos perplejos. –Sí. –Respondió Peter con voz saturada de frustración–. ¡La Esmeralda del Viento ha sido robada! –Incluso darse cuenta de que mencionaba aquellas palabras era una completa pesadilla–. Las criaturas custodiadas por los Clorux han comenzado a salirse de control. Todas parecen actuar en perfecta armonía con un propósito aún mayor. –Pero ¿Quién ha robado la piedra? –Pensar en el sentido que tenía para alguien apropiarse de un objeto sagrado como ese resultaba simplemente una locura. –No lo sé. Pero es la segunda que ha sido robada en lo que va de semana. –¿Qué haremos? –Confusión y un atisbo de temor era demostrado en la voz del príncipe. A fin de cuentas nadie sabía lo que realmente estaba ocurriendo. –Por ahora debemos ayudar a los Clorux. Si las bestias salen de control, extinguirán su r**a tal y como ha ocurrido con los Nighter. –La peor tragedia que Ashura había presenciado: el exterminio de una r**a en su totalidad–. A su monarca, el joven dictador, le fue robado el Cuarzo de la Noche y eso trajo como consecuencia la extinción de su r**a por sus mismas criaturas descontroladas. –Peter mordió su labio luego de explicar aquello–. César Black era el más fuerte y determinado de todos los reyes de Ashura. Tan solo pensar en su muerte sigue haciéndome creer que nuestro enemigo no es exactamente un novato. –Para asesinar a alguien como el Nighter definitivamente hacía falta extrema preparación y un plan muy detallado–. Si lo mismo ocurre con los Clorux… –¿Quieres que yo vaya al palacio de la ventisca? –Propuso por fin el joven de la realeza. –¿Crees que puedas hacerlo? –Por supuesto, padre. Pero Jaen… –Con respecto al humano… –El rey dejó los ojos en blanco un momento antes de continuar haciendo un gesto de desprecio con su mano–. Si es tu deseo puedes llevarlo contigo. Quizá tenga la suerte de morir en el campo de batalla. De lo contrario deberás dejarlo en el calabozo. No estoy dispuesto a encargarme de tu mascota. –No es mi mascota. –Esta vez fue Mike quien rodó los ojos. –Lo que tú digas. –Irá conmigo. –Sentenció por fin dando la vuelta y moviéndose rumbo a su nueva misión. La puerta de la habitación de Jaen se abrió de un portazo haciendo que el pelimarrón diera un salto. Era Mike quien entraba y como siguiera haciendo eso Jaen tendría que solicitar sus derechos de privacidad. El príncipe llevaba puestas prendas reales, acompañadas de una larga capa con capucha de piel de oso. Sobre su cabeza resplandecía su corona. –¿Estás listo? –Inquirió con prisa moviendo su pierna en señal de lo molesto que le resultaba esperar. –Ya casi. –El humano seguía mirándose al espejo mientras colocaba lo que parecía ser un grueso abrigo de piel. No era tan fácil como parecía… ¡Además de que había contado más de cincuenta molestos botones en toda su ropa–. Es la primera vez que uso esto. –¡Llevas casi una hora colocándote la ropa nueva! –Quizá el hacer caso a las sugerencias de Peter no era tan mala idea. –Pues deberás entender que jamás he usado este tipo de ropa. –Reprochó el humano terminando de colocar semejante prenda–. No se parece en nada a lo que suelo usar. –Si, por supuesto, esos harapos malolientes. –Mike rodó los ojos cruzándose de brazos–. ¿Te falta mucho? Hay vidas que esperan por ti, señor ropas sencillas. –No. Ya estoy listo. –Jaen vestía un atuendo similar al de Mike pero unicolor. El suyo no iba decorado con engastes de oro. Una capa similar iba sobre sus hombros– ¿Cómo me veo? –¿A quién le importa cómo te ves? –El rubio rodó los ojos–. Ahora que por fin estás listo es hora de irnos. –De reojo Mike admiraba como lucían las ropas en Jaen. Se veía apuesto, a su parecer, pero no sería el quien se lo dijera. Ambos salieron de la habitación. Los pasos de Mike eran largos. Jaen casi iba corriendo para ir a su mismo nivel. Era tal el nuevo ritmo que incluso sin haber salido del palacio de cristal ya estaba cansado y jadeando. Al llegar a las puertas del castillo, el príncipe se detuvo, sacando algo grande de su cinturón. No fue sino hasta ese momento que Jaen por fin se permitió admirar semejante lugar. Era tal y como lo dibujaban en los cuentos de hadas: una enorme sala saturada de lujos, adornos y una cantidad incontable de objetos que probablemente valían más que su vida entera. Definitivamente estaba en un sueño. –Esto es para ti. –El príncipe hizo una seña obligando al menor a espabilar, dejándole ver una delgada espada en su vaina. Jaen la tomó observándola con detenimiento, emanando dudas aun sin mirar a Mike a los ojos–. Si no eres capaz de hacer uso de una espada, no serás capaz de sobrevivir en este mundo, ni mucho menos de recuperar a tu madre y tus amigos. –Entiendo… –No. No lo entendía. ¿Cómo demonios iba a usar un arma como esa cuando ni siquiera se entendía del todo con los cuchillos de su casa? ¿De verdad Michael pretendía que el humano usara algo así para a****r o defenderse? Ni siquiera conseguía triunfar cuando jugaba sus usuales RPG. Los enormes portones del palacio se abrieron. Algunos guardias que vigilaban el gran salón del palacio observaban a ambos jóvenes saliendo del lugar. –¡Príncipe Michael! ¡Príncipe Michael! –El chico se dio la vuelta, fijando sus ojos en el anciano consejero de su padre, vistiendo sus típicas túnicas blancas que cubrían su cuerpo entero y en ocasiones le hacían tropezar por el largo de estas–. El rey me ha pedido que le haga entrega de esto. –Extendió en sus manos una caja de cristal con una pequeña piedrita de color azul celeste. –Es un fragmento del Zafiro Congelado… –Musitó confundido. ¿Para qué Peter le daba algo como eso cuando él poseía su propio fragmento? –Su Alteza dice que puede necesitarla. –Bien. –Mike no entendía los motivos de este, pero tampoco estaba a la altura de cuestionar al Rey en público–. Debo irme. Adiós. –Que Bóreas se mantenga con usted, Alteza. –Y luego de hacer una reverencia el anciano se mantuvo firme observando a los dos sujetos salir del Palacio.
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