Reunión

1643 Palabras
     La luna llena adornaba el oscuro cielo. Las luces del palacio de cristal se encontraban encendidas. Vigilados pasillos que permanecían solos, a excepción de los guardias, quienes eran similares a estatuas a cada lado de las puertas, sin siquiera girar sus rostros cuando alguien pasaba. Hacia el salón del templo se dirigían tres chicos.       Jaen llevaba un elegante traje de color azul con estampados dorados. Sus cabellos cafés se deslizaban hacia atrás, quedando un par de mechones cayendo por su frente. En su cuello llevaba colgando la cristalina piedra de color azul cuya forma era la de un pequeño rombo engastado en oro que hacia juego con el abstracto estampado dorado de sus ropas.       A su lado derecho, un paso más atrás caminaba la chica, cuyo vestido color verde manzana sin mangas arrastraba por el suelo, brillando a la luz de luna. Sobre sus delineados ojos llevaba un brillante tono verduzco y sus labios se tornaban rojos como la sangre. Sus largos cabellos descendían por su descubierta espalda, de la cual aparecían el par de alas recogidas. En su brazo derecho se encontraba el brazalete de oro donde se descansaba el fragmento de esmeralda, piedra que se tornó de un color verde oscuro debido a la falta de energía. En el brazo izquierdo la chica tenía una marca que se asemejaba a una espada dentro de una corona. La marca de la guardia real.       Al lado izquierdo de Jaen caminaba el chico de negros cabellos, quien parecía llevarlos siempre alborotados por su extraña forma de peinarse. Este llevaba un traje similar al de Jaen pero de color verde oscuro y dejando descubierto su abdomen. Parecía ser una forma típica de los Clorux de resaltar cuan fuerte era un soldado. En el dedo medio de su mano derecha llevaba un anillo dorado con su piedra, la cual se encontraba del mismo color que la del brazalete de Scarlet.       Al final del pasillo se divisaba las puertas que daban inicio a la habitación del trono. Aguardándolos allí estaba el chico de dorados cabellos, sobre los cuales descansaba la brillante corona de la realeza. Llevaba sus pulcros y muy refinados atuendos azules, estampados con flores de Liz. El príncipe abrió los portones del salón del trono, entrando junto con los tres chicos al lugar.      En el centro del gigantesco salón se encontraba una mesa redonda que, en este momento contaba con siete sillas de madera de cedro, tres de las cuales ya estaban ocupadas. El Rey Peter, su consejero real y la Reina Rosella discutían asuntos relacionados con lo ocurrido.       –Es cuestión de tiempo para que intenten robar otra de las piedras. –La voz de la anciana demostraba preocupación–. Hay que actuar prontamente Peter.       –La situación se ha tornado cada vez peor. He ordenado duplicar la seguridad del palacio pero… –Peter alzó la vista observando a los jóvenes–. ¡Ah! ¡Por fin llegan! –Mencionó el rey recogiendo los papeles que tenía sobre la mesa.       Jaen, Hide y Scarlet realizaron una pronunciada reverencia y procedieron a tomar asiento. Mike se sentó con una ceja alzada al lado de su padre.       –Me alegro de verte de nuevo, Jaen. ¿Te encuentras bien? –inquirió la reina.       –Sí. –Respondió el pelimarrón mostrando una sonrisa–. Los dolores se han ido por completo. Gracias por preocuparse, Alteza.       –¡Aun no termino de creer que este sentado en esta mesa con un par de humanos! –Peter rodó sus ojos al oír en voz alta su afirmación. ¡Era algo ridículo que nunca pensó en hacer!–. Pero en fin… quiero conocer los detalles de lo que ocurrió en las afueras de Enmerald.       –Te explicaré padre. –Mike tomó la palabra–. Íbamos…       –No. –Le detuvo su progenitor extendiendo la mano–. Quiero que sea él quien me lo diga–. El rey señaló con el dedo a Jaen esperando que hablara.       Jaen tragó saliva y se dijo a si mismo que hablaría con respeto pero sin titubear. Comenzó a explicar todo lo ocurrido en el lugar. Desde el momento en el que comenzaron a escalar la colina hacia el palacio, hasta cuando perdió la conciencia. Todos tenían los ojos fijos en el a excepción de Mike, quien se miraba las uñas con rostro de desinterés. Ya conocía la historia y, además, odiaba ser interrumpido cuando hablaba y ese sentimiento no excluía a Peter ni siquiera siendo el Rey y su propio padre. Al terminar su exposición el Rey dejó salir un suspiro.       –El gran error recae sobre mi hijo por tener la brillante idea de darle a un humano un fragmento de nuestra piedra. –Peter entrecerró los ojos.       –¿Qué pretendías, padre? ¿Qué me sentara a ver cómo morían los Clorux? –Michael rodó los ojos pensando en semejante cosa absurda–. Suena a algo que definitivamente tú harías.       –¡Michael!       –¡Si no lo hubiese hecho nuestro palacio se hubiese derrumbado, Peter! –Esta vez fue la Reina quien intervino–. Dejemos los berrinches para los niños.       –Sabes tan bien como yo que habían otros métodos, Rosella. –Los puños del Rey permanecían apretados con fuerza–. No fue la mejor elección.       –¿Ah no? –Michael volvía a desafiar a su padre–. ¿Qué hubiese hecho alguien tan inteligente como usted, Majestad? –El sarcasmo inundaba cada palabra del rubio–. Ilumíneme.       –Yo creo en Jean. –Soltó Rosella rompiendo aquella discusión infantil.          –¡No me han dejado terminar! –Reclamó el Rey algo exasperado. La mujer mayor puso los ojos en blanco y lo miró a los ojos esperando que hablara–. No hay vuelta atrás porque ya todo está hecho. Este par de humanos están involucrados en esto y dicen querer ayudar ¿no es así? –Ambos chicos asintieron con su cabeza aunque no estaban seguros de sí Peter hablaba en serio o solo se burlaba de ellos–. Los dos han hecho cosas útiles… sin embargo, Jaen, lo que has hecho ha sido algo excepcional. El legendario hielo dorado… el hielo que jamás se derrite… no me imaginé que un humano obtuviera ese poder…       –Pero no los llamamos para eso, Peter. –Rosella comenzaba a perder la enorme paciencia que le caracterizaba–. ¿O sí?       –No. –Aceptó por fin tragando saliva ya que la siguiente noticia no sería exactamente dulce–. Al parecer todo este escándalo en nuestro mundo afectará también el mundo de los humanos.       –¿A qué se refiere? –Preguntó Jaen abriendo los ojos con sorpresa.       –Será destruido. –Añadió el rey sin compasión–. Cada piedra robada creará alteraciones climatológicas extremas. Eso causará su fin. –Ambos chicos se miraron con el temor dibujado en sus rostros.       –Hay que volver para… –Hide fue rápidamente interrumpido por Scarlet.       –¿Para qué? –La peliverde le miró alzando una ceja–. ¿Para decirle a los humanos que una de ustedes se ha robado las piedras que mantienen el equilibrio en un mundo paralelo? –Tenía razón y ninguno de los dos consiguió decir algo más–. Díganme… ¿Quién les creería?       –Nadie lo haría… –Musitó Hide.       –¡¿Entonces que se supone que podemos hacer?! –Reclamó Jaen–. ¿Sentarnos a mirar cómo dos mundos se vienen abajo por una sola persona.       –Por ahora mantener la calma, tesoro. –Añadió con dulzura la reina.       –No pensamos permitir que “la humana” obtenga las siete gemas. –Peter tomó nuevamente la palabra en aquella discusión–. Sin embargo, ustedes, en su estado actual no pueden hacer mucho. Aun no resisten el poder total de un fragmento. –Era cierto. No tenían manera de ayudar si ni siquiera podían dominar lo que hacían las piedras–. Jaen, Michael se encargará de enseñarte lo que debes saber.       Mike rodó los ojos. Odiaba enseñar a los demás, aunque últimamente parecía existir una muy peculiar conexión entre las patéticas clases del príncipe y la buena comprensión del humano. Quizá las cosas si podían salir bien. Solo por eso decidió mantenerse en silencio y no reprochar aquella orden.       –Por otra parte, hemos conseguido la forma para que los fragmentos de la esmeralda funcionen de nuevo. –Continuó Peter.       –¿¡En serio!? –Interrumpió Scarlet.       –Si. –Respondió Rosella –El Rey Peter nos dará un poco de la energía del Zafiro Congelado y esta servirá para activar nuestros fragmentos por un corto período. Sin embargo deberemos recargarlos cada cierto tiempo.     –Así es. Para empezar denme sus piedras. –El rey extendió su mano para recibir las gemas. Todos retiraron sus prendas con las pequeñas piedras verdes y se las dieron al rey quien, a su vez, se las dio a su consejero y le ordenó cumplir el procedimiento descubierto.       –Rey Peter –Fue Jaen quien tomó la palabra nuevamente–. ¿No deberían reunirse los líderes que custodian todas las gemas restantes y organizar una estrategia?– Su pregunta hizo que Michael le mirara con los ojos bien abiertos.       –No. –Sentenció Peter sin siquiera detenerse a pensar–. Aunque somos razas similares, no todas nos llevamos bien.       –Pero…       –¡Jaen! –Interrumpió Michael–. Tu solo debes preocuparte por ser útil. Deja ese trabajo a los reyes y haz tú el tuyo. –El pelimarrón apretó los labios. ¿Tan malo había sido su comentario?–. Entrenar, entrenar y entrenar.       –No solo Jaen. –Continuó el rey.       –Scarlet. –Añadió Rosella–. Tú entrenaras a Hide.
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