Capítulo 15

1931 Palabras
Cassya soltó una risita. —Mi patrocinador tuvo una visita inesperada; un familiar irrumpió esta mañana, lo que provocó una discusión mientras estábamos en la misma habitación. Una discusión sobre un matrimonio al que intentan obligarlo. —¿Familia oficial o familia no oficial? —preguntó su madre. —Extraoficialmente, si no puede evitarlo, nuestro acuerdo terminará antes de tiempo. La deuda quedará totalmente cancelada —explicó Cassya. Su madre pareció intrigada y luego preocupada. —¿Estás deseando que este contrato termine pronto? —preguntó con interés. Cassya le dedicó una sonrisa tranquilizadora. —No tengo ningún problema con él ni con mis obligaciones; simplemente hemos superado este mes sin nuevos miembros en la familia. Puede que no sea así durante los próximos cinco meses. Su madre asintió. —Tenemos que confiar en que la suerte siga de nuestro lado, pero recuerda… puedes parar si quieres, podemos encontrar otra solución. Ya has saldado una buena parte de la deuda. Cassya suspiró. —Yo me encargaré de esto, abordaremos el problema si surge. ¿Pero qué hay de ti? ¿Pasó algo hoy? El rostro de su madre se arrugó y dudó antes de hablar. —No estaba segura de si debía mencionarlo, podría ser solo un chisme sin importancia, un rumor infundado. —Mamá, ocultar algo que otras personas deberían saber es algo que haría un padre —insistió Cassya. La mejilla de su madre se crispó. —Qué curioso que lo menciones… él era el objeto del rumor. Cassya palideció, pero escuchó. —Alguien en la oficina comentó que lo habían visto en la ciudad. Me cuesta creerlo, pero… hay una parte de mí que se lo pregunta. Tenía tendencia a ser estúpidamente descarado a veces. ¿Pero podría tratarse de una confusión de identidad? Cassya suspiró mientras reflexionaba sobre aquello. —Ojalá sea mentira. Si no, más le vale mantenerse alejado de nosotros. Han pasado dos años… ¡Qué descaro el suyo si aparece ahora! Estaba furiosa. —Lo sé, no estoy segura de lo que siento, pero nada bueno. Ya te lo advertí, no hay mucho más que pueda hacer al respecto en este momento —se lamentó su madre. Terminaron la conversación y bajaron. Los gemelos seguían mirando fijamente la olla; eso les devolvió la sonrisa a ella y a su madre. Cenaron poco después, ambas intentando disimular la inquietud que les producía el rumor. Intentaron mantener un ambiente agradable para los gemelos, que no se daban cuenta de sus sentimientos mientras parloteaban sobre lo que había pasado en el colegio ese día. El carruaje se detuvo frente a la casa y Cassya salió para ir a casa de Alaric. Bradford la saludó con un gesto de cabeza y ella asintió mientras subía. Un corto trayecto la llevó hasta la puerta de su casa y luego a su oficina, donde solía encontrarlo. Él la miró al entrar, con una sonrisa que se dibujó en su rostro. La sonrisa de Cassya parecía débil en comparación. Alaric no pasó por alto este detalle; la miró con curiosidad antes de sacar una botella de whisky, servir dos vasos y apartar uno al borde del escritorio. Le indicó que se sentara, y ella se sentó junto a él, tomó el vaso y dio un gran trago. —¿Qué pasó? Sé que Félix puede arruinarle el humor a cualquiera, pero unas horas lejos de él suelen solucionarlo. Supongo que es otra cosa —preguntó, intentando mantener un tono ligero. Dejó escapar un profundo suspiro. —No debería molestarte con esto. Puede que no sea nada. —Esta mañana escuchaste mi discusión con mi hermanastro con una paciencia extraordinaria. Puedo dedicarte un rato para escuchar tus penas. Le dedicó una cálida sonrisa comprensiva, mientras bebía un sorbo de su copa. Se recompuso antes de hablar. —Como ya dije, probablemente no sea nada, pero… mi madre oyó un rumor de que han visto a mi padre en la ciudad. Puede que ni siquiera sea cierto, pero… la idea de que pueda estar cerca… me inquieta. —Conozco a grandes rasgos lo que pasó con tu padre, la deuda y cómo se fugó con el último oro. Pero supongo que hay algo más —la miró fijamente, con la atención fija en ella. Terminó su vaso y se lo ofreció para que él lo llenara. Y así lo hizo, sirviéndole una generosa porción. Cassya comenzó a recordar los acontecimientos que llevaron al declive de su familia. ------------------------------------------------------------- Dos años y tres meses antes. Cassya estaba sentada en el salón de su casa familiar. El sol entraba por la ventana y ella leía su libro favorito. Entró su padre, un hombre de estatura media, cabello castaño claro y ojos azul pálido. Tenía el rostro enrojecido y el vientre hinchado por el consumo excesivo de alcohol que había tenido en los últimos meses. Mantenía una sonrisa fingida en el rostro para ocultar su tensión. —Cassya, Sweetpea, Aberforth les envió una carta. ¿Por qué no han respondido? —preguntó con tono tenso. Cassya suspiró al responder. —Sé que debería contestar, pero… la verdad es que no me cae bien, padre. No estoy segura de poder casarme con él. Hay algo en él… no sé qué es… pero me pone nerviosa. Su padre se arrodilló frente a ella y le puso las manos sobre las rodillas. —Son solo nervios, cariño. A medida que lo conozcas mejor, se te pasarán. Una vez que estéis casados, todo irá bien. Cassya bajó la mirada. —No estoy de acuerdo, padre. Cuando estamos solos él… simplemente no creo que vaya a ser feliz con él. No somos compatibles, no compartimos intereses y la conversación es muy forzada. No sentí nada cuando intentó besarme. Su padre se impacientó. —Este matrimonio es más que tu felicidad. ¡Nuestra familia depende de ello! ¡Ahora vas a hacer todo lo posible para que te ponga el anillo! ¿Me oyes? La agarró del pelo, obligándola a mirarlo a los ojos, y la levantó a la fuerza. Sus grandes ojos azules lo miraban fijamente, muy abiertos por la incredulidad ante aquel cambio de comportamiento. Él tiró con fuerza de sus raíces, mientras que con la otra le apretaba la garganta. Ella, con sus propias manos, intentó inútilmente apartarlo. —Por favor, padre, me estás haciendo daño —jadeó. —¡Bien! ¡Pequeña egoísta! —siseó—. Subirás y le escribirás, aceptando su invitación para pasar el fin de semana en su finca. Serás encantadora y recatada, te reirás de sus chistes tontos y fingirás que te resulta atractivo. Luego te acostarás con él y cerrarás el trato. ¡Nos quedaremos en la calle sin su dinero! —¡No puedo respirar! —exclamó con dificultad—. Por favor, déjenme ir. —¡Vas a hacer esto y tu madre no se enterará! —le gritó—. ¿Entiendes? La visión de Cassya comenzaba a nublarse y se sentía débil. —Sí… por favor… déjame ir —jadeó mientras suplicaba. Finalmente la soltó, y ella se desplomó al suelo, jadeando. ¿Quién era ese hombre? ¿Adónde se había ido su padre? Debía ser un desconocido que se parecía a él; su padre jamás le haría algo así. Se inclinó y le dio unas palmaditas condescendientes en la mejilla. —Buena chica, es lo mejor, ya lo verás con el tiempo —dijo casi con cariño antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí. Cassya se acurrucó en posición fetal y lloró. Se pellizcó, intentando despertar de aquella pesadilla. Se levantó del suelo, se secó las lágrimas y se recompuso antes de escribir la carta que su padre le había ordenado. Se resignó a la triste realidad: algo andaba muy mal y era su responsabilidad solucionarlo. Se preparó para la desagradable perspectiva de ir a la cama de Aberforth y sellar su matrimonio. Cuatro semanas después, Cassya había cumplido con lo ordenado, pero todo fue en vano; su padre era un mentiroso. Él irrumpió en su habitación gritándole y le arrojó una carta a la cara, que Aberforth tenía en la mano. En ella, cancelaba su compromiso. El motivo… las enormes deudas de su padre, que les había ocultado a todos. Aberforth estaba furioso porque su prometida no solo estaba prácticamente en la ruina, sino que además estaba mermando su fortuna. La carta era mordaz, condescendiente y, en ocasiones, abiertamente insultante. Su padre gritó mientras la agarraba, negándose a aceptar su culpa. La estaba atacando con rencor y culpándola de todo. Su madre fue a ver qué pasaba y encontró a su marido estrangulando a su hija. Cassya, sin poder respirar, forcejeaba desesperadamente para apartar sus manos del cuello. Su padre se mantuvo firme, cegado por la rabia, decidido a acabar con su vida por las faltas que él imaginaba que ella había cometido. Su madre gritó, agarró un jarrón cercano y se lo estrelló en la cabeza, haciéndolo entrar en razón por un instante. La verdad salió a la luz y su madre se horrorizó; miró a su marido como si fuera un extraño mientras él intentaba justificarse. Su madre se negó a aceptar sus excusas y él comenzó a golpearla en la cara mientras la rabia lo dominaba de nuevo. Cassya agarró uno de los atizadores y comenzó a golpearlo para alejarlo de su madre. Él les gritó mientras salía furioso de la casa. Esta fue la última vez que Cassya vio a su padre. Vació sus cuentas bancarias y se marchó, desapareciendo de sus vidas y huyendo de las consecuencias de sus actos. _____________________________________________________________ En la actualidad Alaric escuchó con suma atención, sin interrumpirla y esperando a que terminara de hablar. A Cassya se le humedecieron los ojos al final de su relato, y compartieron un momento de silencio. Cassya terminó su copa y se la ofreció a Alaric para que la rellenara, cosa que él hizo sin dudarlo. —Comprendo perfectamente por qué incluso la idea de que esté cerca resulta inquietante. Dejó que esas palabras flotaran en el aire un rato; Cassya le dedicó una leve sonrisa. —Aunque no pretendo resolver todos tus problemas, hay uno que puedo aliviar fácilmente. Garabateó un nombre y una dirección en un papel y se lo entregó. —Es mi abogado; entrégaselo a tu madre para que inicie el proceso de divorcio. También la emancipación y la extinción de su patria potestad para ti y tus hermanos. Para asegurarnos de que no pueda endosarte más deudas. Yo me hago cargo de los gastos. Cassya miró el papel, luego lo dobló con cuidado y lo guardó en su bolsillo. —Gracias —dijo sinceramente. —No te preocupes, no lo veas como caridad si ayuda. Solo estoy asegurando mi inversión —sonrió. Ella le dirigió una mirada irónica. —Ay, a este paso voy a empezar a pensar que eres un alma generosa y servicial. Puso cara de horror fingido. —¡Ni lo pienses! Soy una bestia despiadada, lasciva y astuta, de principio a fin. Ella soltó una risita. —Tú también lo eres. Él sonrió con picardía. —Ya que sabes lo terrible que es mi padre, me parece justo que compartas lo tuyo. Ella preguntó, muy curiosa. Se rió entre dientes mientras volvía a llenar su vaso. —La diferencia es que ser honesto sobre todas las maneras en que mi padre es terrible es, técnicamente, traición. —Prometo no decir ni una palabra; creo que el contrato lo estipulaba. Venga, tengo mucha curiosidad —le sonrió.
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