Capítulo 16

1672 Palabras
Reflexionó un momento, moviendo la lengua dentro de su boca. —No es ni de lejos tan interesante como crees. —Tomó un sorbo de whisky—. Mi madre era una trepadora social empedernida que sedujo al entonces príncipe heredero, mi padre. Se convirtió en su amante hasta que yo fui concebido; tras conseguir el vínculo con la familia real que mi abuelo le pedía, terminó su relación con el príncipe. Rápidamente buscó un matrimonio ventajoso después de mi nacimiento y me abandonó sin mirar atrás. Mi padre no quería saber nada de mí y así fue hasta hace unos cinco años, cuando murió mi abuelo. Mi padre estableció una relación limitada, en la que simplemente me daba su aprobación a la fuerza, esperando que yo la aprovechara como un perro. He disfrutado mucho decepcionándolo en ese sentido. Lo dijo todo con tanta frialdad. Casi como si le estuviera contando lo sucedido a otra persona. Cassya estaba intrigada. —Si ninguno de tus padres estuvo involucrado, ¿quién te crió? —En teoría, mi abuelo… en realidad… me llevaban de casa en casa de gente rica y noble. Cualquiera que disfrutara de la novedad o intentara ganarse mi favor. —Se puso tenso. —Eso suena… horrible. —Ella se solidarizó. —Tuvo sus ventajas. Hice contactos en prácticamente todas las casas y aprendí algunas lecciones muy valiosas —dijo con ironía. —…¿Como qué? —preguntó Cassya, mirándolo ahora de otra manera. —Siempre hay que ir tres pasos por delante, muy poca gente es digna de confianza… y nunca subestimes el poder de una buena sastrería. —Levantó las cejas con una sonrisa burlona. Ella soltó una risita. —¿Qué? —Me oíste bien, piensa en la cara de asombro que se formó en Farnsworth cuando entraste con ese vestido rojo. Guardo muchos buenos recuerdos de ello, y estoy seguro de que otros también. —Su sonrisa se tornó lasciva. Ella se rió. —Y yo que pensaba que tu parte favorita de la noche era librarme de ella. Se rió entre dientes. —Un hombre rara vez compra ropa para una mujer sin imaginarse quitándosela. ¿Quizás debería comprarte otro vestido solo para eso? Ella arqueó una ceja, sintiéndose atrevida tras terminar su tercer vaso de whisky. —Si el objetivo es que me desnude, no hace falta que me ponga un vestido caro para eso. Sus labios esbozaron esa familiar sonrisa pícara. —¿Estás diciendo que si te comprara lencería de seda obscenamente cara no te la pondrías? Porque me gustaría verte modelarla para mí antes de quitármela y disfrutar de tu cuerpo desnudo. Ella le siguió el juego. —Si insistes, es tu dinero. Se rió entre dientes. —Ven conmigo. Se levantó, terminó su bebida y le hizo un gesto para que lo siguiera al dormitorio. Al entrar, él cerró la puerta tras ellos y se dirigió al armario, donde sacó una caja grande y elegante que colocó sobre la cama. La abrió para que ella viera el contenido: dentro había un conjunto de lencería de seda rosa claro. Consistía en un medio corsé, unas diminutas bragas que apenas la cubrían más que su taparrabos en el casino y un liguero con medias. Al contemplar el conjunto, si bien era innegablemente hermoso, no era algo que nadie usaría de forma casual. Estaba hecho para lucirse, no para la comodidad. Él la observó mientras lo hacía todo. —Voy a servirnos otra copa mientras te pones esto. Resistió la tentación de poner los ojos en blanco y él cerró la puerta del dormitorio tras ella, dejándola sola para que se cambiara. Se desnudó y comenzó a vestirse con la lencería; empezó con el liguero y las medias, luego se subió las bragas y terminó ajustándose el corsé. No lo suficientemente ajustado como para resultar incómodo, pero realzando sus pechos de una forma que sabía que a él le gustaba. Un par de minutos después, él regresó con la botella de whisky y dos vasos, con una sonrisa pícara y seductora al verla. —Valió la pena cada centavo —dijo mientras llenaba un vaso y se lo entregaba. Ella lo tomó, sentada en la cama con las piernas cruzadas y esforzándose por lucir seductora, y preguntó: —¿Cómo se determina si valió la pena el dinero? ¿Hay un tiempo determinado que debo usar con cada prenda? Con aire imperioso, dio un sorbo a su copa. Se paró frente a ella, observándola de pies a cabeza. —Oh, ahora que lo veo puesto, me da reparo quitármelo cuando no tengo por qué hacerlo. Ella sonrió con sorna mientras tomaba un sorbo. —¿Cómo se supone que va a funcionar eso? Se quitó las botas y la camisa antes de coger su vaso y dejarlo a un lado. La empujó más hacia la cama y se subió encima de ella. Le soltó los pechos para que descansaran sobre el corsé y empezó a pellizcarle los pezones; estos se endurecieron rápidamente bajo su tacto. —Esta lencería no me impide jugar con ninguno de tus puntos sensibles. Incluso tus bragas se pueden apartar a un lado cuando quiero estar entre tus piernas. Envolvió su boca alrededor de su pezón, succionándolo y mordisqueándolo entre sus dientes, provocando que ella soltara pequeños suspiros y jadeos. Disfrutaba succionando, pasando la lengua sobre el pezón mientras sus dedos acariciaban y pellizcaban el otro. Con el paso de los minutos, alternó entre ambos, alimentando la necesidad que crecía entre sus piernas. Finalmente, deslizó su mano desde su pecho hasta entre sus piernas. Sus dedos acariciaron la mancha húmeda que la delataba en su ropa interior. Apartó la boca de su pezón y esbozó una sonrisa pícara. —Lo único que hice fue jugar con tus pezones y los has empapado. Él acarició su clítoris a través de la tela con movimientos circulares. Mientras presionaba sus labios contra los de ella, ella masajeó con avidez su lengua contra la de él. Recorrió su pecho con las manos, una de ellas deslizándose sobre sus pantalones para apretar su erección, y él dejó escapar un profundo suspiro en su boca. Deslizó la mano bajo la tela; sus dedos rozaron sus pliegues antes de penetrarla, buscando su punto sensible mientras su pulgar acariciaba su clítoris. Se retorció y gimió, desabrochándole los pantalones para tocarlo directamente; acarició su m*****o con las manos y jugueteó con la punta entre sus dedos. Lo deseaba entre sus piernas. Interrumpió el beso y rodeó sus caderas con las piernas, intentando animarlo a intensificar el acto. Recorrió su pecho con las manos mientras lo miraba, mordiéndose el labio inferior. Captó la indirecta, se bajó los pantalones y apartó su ropa interior mientras frotaba la punta de su pene contra sus pliegues antes de penetrarla. La miró con una sonrisa lasciva mientras la embestía con fuerza hasta que sus caderas se tocaron. Ella gimió al sentir su cuerpo dentro de ella, sus entrañas se contrajeron mientras él la penetraba profundamente. Él la giró para que ella quedara encima. Ella, con entusiasmo, movía las caderas contra él, subiendo y bajando una y otra vez. Él deslizó los dedos sobre su clítoris, acariciándolo mientras ella cabalgaba sobre él. Ambos gemían por el esfuerzo mutuo. Una leve sonrisa pícara se dibujó en su rostro mientras la observaba sobre él. Él le puso una mano en las nalgas y la empujó con fuerza hacia arriba, haciéndola rebotar sobre su regazo. Ella apoyó las manos en sus hombros para sostenerse contra sus vigorosos movimientos. Gemidos brotaron de ella mientras el placer la invadía, esa sensación que había llegado a asociar con él creciendo en su interior. Sus piernas, caderas y clítoris comenzaron a temblar. Cada respiración que escapaba de ella la dejaba gimiendo sobre él, ansiosa por llegar al clímax. Tras unas cuantas embestidas más, esa deliciosa sensación surgió de su interior; extendiéndose por ella, enviando una deliciosa sacudida por su columna vertebral e iluminando sus sinapsis. Sus ojos se pusieron en blanco, los párpados temblaron mientras sus músculos se contraían. Sus entrañas exprimieron la liberación de Alaric, sintiendo su calor extenderse dentro de ella mientras él se tensaba, su rostro arrugado. Ambos se derritieron en un montón sudoroso juntos en la cama. Finalmente, volvió a colocarse encima de ella. Tras retirarse, le arrancó rápidamente la ropa interior, observando cómo su semen goteaba mientras la arrojaba a un lado. Ella lo miró con curiosidad ante aquella acción. Él captó su expresión y respondió a la pregunta tácita. —No quiero que se manche después de usarlo una sola vez —dijo con una sonrisa maliciosa—. Espero verte con esto puesto otra vez. Ella soltó una risita. —¿Alguna ocasión en particular o simplemente cuando te apetece? —Oh, estoy seguro de que se me ocurrirá algo. Se rió entre dientes. Se quitó los pantalones antes de desatar los cordones delanteros del corpiño, pasándoselo por encima de la cabeza. Retiró las sábanas y las extendió debajo. Ella lo miró con una ceja arqueada. —¿Eso es todo lo que necesitas esta noche? Él rió y la atrajo hacia sí. —¿Vas a decirme que no quedaste satisfecha? ¿O es que últimamente tienes un apetito voraz? ¡Qué traviesa eres! —le susurró al oído. Se sonrojó. —Solo estaba comprobando. Le acarició el cuello con la nariz. —Siempre hay un mañana. Cerró los ojos y se dispuso a dormir; ella pronto se unió a él. Alaric ya se había marchado cuando ella despertó a la mañana siguiente. Dickenson la acompañó de vuelta a casa. Si bien al principio de su relación con Alaric le molestaba este acompañamiento, tener a un hombre grande e imponente caminando a su lado siempre disuadía a cualquier oportunista que pudiera intentar molestarla. Notaba que la miraban de arriba abajo con interés, pero luego se lo pensaban dos veces al ver a Dickenson. Ojalá no hiciera falta otro hombre para imponer esa cortesía.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR