Fue a buscar sus bocadillos, llenó la bandeja y regresó a la habitación en unos minutos. Mientras Cassya se inclinaba sobre la mesa para servir el contenido, sintió dedos que subían por la parte posterior de su muslo hasta su trasero, acariciándolo y masajeándolo. Justo cuando terminó de colocar el último plato, miró a su alrededor y vio que era Alaric quien la tocaba. Al establecer contacto visual, él deslizó los dedos entre sus piernas y comenzó a acariciar su sexo. Era un nivel de contacto al que ella no estaba acostumbrada, y sus dedos eran suaves y provocativos contra sus pliegues. Cuando se levantó, él frotó un dedo contra su clítoris, haciendo círculos; sabía lo que hacía.
—¿Ah… ¿hay algo más que quieras del menú? —preguntó Cassya, nerviosa.
El grupo de hombres vio lo que hacía Alaric y todos formaron sonrisas traviesas, todos hablaron lentamente como si estuvieran tratando de prolongar la conversación.
—¿No sé, ¿queremos cerveza?
—¿No cerveza, quizás vino y algo de queso?
—Oh… eso sería encantador… pero ¿qué tipo de vino… seco o dulce… tinto o blanco?
Siguieron parloteando mientras fingían indecisión, mientras Alaric seguía jugueteando con su clítoris. Metió los dedos bajo su taparrabos, usando el pulgar contra su clítoris y hundió los dedos índice y medio en su interior. Cassya colocó la bandeja frente a ella, impidiéndole ver lo que Alaric le hacía en la parte inferior. Él rozó su clítoris con el pulgar y metió y sacó los dedos con cuidado. Rápidamente encontró su punto sensible y concentró su masaje interno en él. Ella no pudo evitar un gemido ahogado, y Alaric sonrió al oírlo.
Él bombeó sus dedos dentro de ella más rápido mientras ella apretaba sus piernas juntas. Su clítoris se crispó cuando su pulgar jugó con él. Ella apretó la mandíbula y frunció los labios; tratando de no permitir que se escaparan más gemidos mientras él la tocaba así. Empezó a apretar sus dedos y sintió que su orgasmo se acercaba. Cassya conocía bien esa sensación por su propia exploración de su cuerpo. Después de su experiencia con su ex prometido, no estaba segura de que un hombre fuera capaz de hacérsela sentir, especialmente en una situación como esta. Tembló y se apretó alrededor de sus dedos mientras él la hacía correrse. Cassya luchó por no hacer ruido; su rostro se arrugó, enrojeciendo de vergüenza.
Alaric retiró los dedos y le alisó el taparrabos. Luego, fingió lamerse los dedos delante de ella.
—Creo que si no se puede decidir, caballeros, deberíamos dejarla que vuelva a trabajar… Ya probé lo que quería —le dedicó una sonrisa lasciva.
—Muy bien… volveré más tarde para ver si necesitas algo —dijo Cassya tímidamente.
Cuando estaba a punto de darse la vuelta e irse, Alaric la agarró de la muñeca y colocó quince monedas de oro en su palma.
—No olvides la propina —ronroneó con una sonrisa burlona.
—Gracias.
Sus mejillas aún ardían de color carmesí, lo tomó y se fue.
Guardó las monedas en su bolsa. Aunque una parte de ella aún se conmocionaba por su contacto, otra sentía curiosidad por saber exactamente cuán rico sería si soltara quince monedas de oro de esa manera. Se olvidó de ello y se concentró en su turno; recorriendo las otras cuatro mesas, ganando más oro en propinas. Cuando llegó la hora de volver a la sala privada, sintió aprensión. No estaba segura de si estaba nerviosa o emocionada. Entró y los miró; los hombres estaban decididamente alegres para entonces, excepto Alaric, que parecía más sobrio.
—¿Caballeros, necesitan algo? —preguntó Cassya.
Mientras el grupo intentaba decidir, uno de los hombres la miró más de cerca y habló arrastrando las palabras.
—¿Sabes? Me recuerda a alguien… ¿A quién era? Ah, sí… Se parece a la chica con la que Aberforth iba a casarse. ¿Cómo se llamaba? Era de la familia de comerciantes Wainwright… ¡Maldita sea! No recuerdo su nombre.
Cassya palideció, deseando desesperadamente que ese noble borracho siguiera sin recordarlo; que hombres como estos supieran lo bajo que había caído sería demasiada humillación para una noche. Alaric la observaba atentamente, estudiando su reacción, y sonrió con suficiencia.
—Creo que estamos bien. Ya tuvimos suficiente por esta noche, no hace falta que vuelvas a preguntarnos. Gracias.
Su sonrisa burlona se convirtió en una cálida sonrisa.
Salió de la habitación y terminó el resto de su turno, se quitó el ridículo uniforme y se fue a casa. Cassya escondió su bolsa de oro consigo, para que fuera menos probable que se la robaran en el camino de regreso. Tras una larga caminata, llegó a «casa», la lúgubre casa a la que se habían mudado. Faltaba aproximadamente una hora para el amanecer; hizo todo lo posible por no hacer ruido, poniéndose la ropa de dormir y hundiéndose en la cama. Necesitaba dormir unas horas antes de que todos despertaran. Habría mucho ruido y, una vez que su madre se fuera a trabajar, Cassya tendría que dedicarse a las tareas de la casa, mientras vigilaba a sus hermanos menores.
Despertó horas después con su hermanito saltando sobre ella, exigiéndole que se levantara. Estaría furiosa si no quisiera a ese idiota molesto. Se vistió y bajó las escaleras; su hermanita estaba empezando a preparar el desayuno. Cassya estaba contenta de que empezara con los preparativos, siempre y cuando no provocara un incendio. Cassya encendió uno y puso la tetera; preparar café para ella y su madre sería esencial. Su madre bajó pronto con el mismo aspecto que siempre ha tenido: cansada.
—Buenos días, cariño. ¿No te oí entrar anoche? —bostezó.
—Volví más tarde e hice todo lo posible por no hacer ruido. Me ascendieron, lo que significa triple sueldo más propinas —dijo Cassya con entusiasmo.
Le entregó la bolsa a su madre, quien calculó el peso antes de abrirla. Vio que estaba llena de oro; una mezcla de emociones recorrió su rostro: primero alegría y luego preocupación. Sacó a Cassya de donde sus hermanos pudieran oírla.
—Cassya, no has empezado a trabajar en el piso de arriba, ¿verdad? Porque nunca quiero que lo hagas. Desprecio a tu padre por hacerte eso, por muy mal que se pongan las cosas, me niego a que ganes dinero así.
Su rostro se llenó de preocupación.
—Tranquila, madre. Estoy en el piso exclusivo, clientes adinerados que disfrutan exhibiendo su oro —Cassya le dedicó una sonrisa reconfortante.
Su madre suspiró aliviada y le dedicó una cálida sonrisa.
—Si consigues conservar este trabajo, quizá podamos salir poco a poco del hoyo en el que nos metió el idiota de mi marido. ¡Necesito café!
Regresaron a la cocina y disfrutaron del café recién hecho. Últimamente lo tomaban tan fuerte que olía como el licor casero, pero era necesario. Después del desayuno, su madre se fue a trabajar. Cassya acompañó a sus hermanos a la escuela y se encargó de las tareas hasta que llegó la hora de recogerlos. Sus hermanos hacían sus tareas y ayudaban con lo que quedaba. Luego preparaban la cena a tiempo para cuando su madre llegara a casa. Era tan normal como su nueva normalidad. Una vez que su madre cenaba, se iba a un segundo trabajo por unas horas más; después, volvía a casa y era el turno de Cassya de ganar dinero.
El trabajo de esa noche fue mucho menos agitado que el del turno anterior. Aun así, salió con la bolsa de monedas bastante llena al final y se fue a casa a dormir y a empezar el día de nuevo. Siguiendo la misma rutina del día anterior, Cassya cumplió con sus obligaciones del día hasta que su madre llegó a cenar con aspecto abatido. Al ver esto, Cassya alejó a su madre de sus hermanos.
—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó con un deje de preocupación.
Su madre dejó escapar un suspiro de cansancio.
—Fagin vino a visitarme al trabajo; está subiendo el tipo de interés otra vez.
—¡¿Por qué sigue haciendo eso?! ¡No parece legal! —bramó Cassya.
—Lo sea o no, no tenemos dinero para que un abogado lo cuestione —dijo, abatida.
—¿Qué hacemos? —preguntó, esperando que su madre tuviera un plan.
Puso una mano sobre el hombro de Cassya.
—No lo sé, Sweet Pea —resopló, con tono derrotado.
Cenaron en silencio. Las gemelas sabían que algo andaba mal, pero no se atrevieron a preguntar. Su madre se fue a su segundo trabajo y luego regresó, lo que indicaba que Cassya tenía que trabajar. Empezó su turno con un tono bajo, disimulado por la sonrisa que se le esforzaba. Atendió las cuatro mesas y luego revisó el salón privado. Cassya se sorprendió al descubrir que solo estaba Alaric en el salón.
—Oh… Alaric. ¿Estás esperando a alguien?
La miró con curiosidad.
—En cierto modo, quería conversar contigo, sin que nadie me escuchara, para confirmar algunas cosas.
Sintió que se ponía rígida y se sentía insegura.
—¿De qué querías hablarme?
Su expresión se transformó en la de un cazador a punto de acorralar a su presa.
—¿Cuál es tu nombre completo?
—¿Necesitas saberlo? —Empezó a sentirse vulnerable.
—¿Eres Cassya Wainwright? ¿Sí o no?
Ella bajó la mirada, sin saber adónde iba esto.
—…Sí.
—La misma Cassya Wainwright que estaba comprometida con Aberforth Carnaby y cuyo padre, Otto Wainwright, acumuló deudas considerables y huyó —asintió—. ¿El hombre que te debe es Fagin? —Asintió, mientras él reflexionaba sobre su confirmación—. Es comprensible que hayas acabado trabajando aquí. No te juzgo, pero es un desperdicio.
Se levantó y se acercó, elevándose sobre ella. La tensión entre ellos era casi palpable. Ella lo miró mientras él le pasaba los dedos por la barbilla, luego se inclinó y la besó. Empezó con suavidad; ella separó los labios voluntariamente y él rozó ligeramente su lengua con la suya; eso le provocó escalofríos en la espalda. Él profundizó el beso, apartando la mano de su barbilla y hundiéndola en su cabello. Su mano libre se deslizó por su cuerpo y la agarró por el trasero. Mientras tanto, Cassya le pasaba las manos por el pecho mientras sus cuerpos se apretaban. Le pasó la mano por el pelo mientras él frotaba su ingle contra la suya. Ella gimió en su boca mientras él gruñía suavemente antes de romper el beso.
Le pasó el pulgar por los labios.
—Necesito parar, antes de romper las reglas. Porque estoy tentado a tirarte sobre la mesa y tomarte ahora mismo. Hablamos luego.