capitulo 17

902 Palabras
Bajo la misma piel El viento nocturno silbaba a través de las rendijas de la cabaña, filtrándose como un susurro entre las paredes de madera envejecida. La vela que Gabriel había encendido lanzaba sombras titilantes en las superficies toscas, iluminando apenas sus rostros. El silencio entre ellos era pesado, lleno de palabras no dichas y emociones contenidas. Valentina aún sentía la presión de los brazos de Gabriel alrededor de su cintura. Su cuerpo irradiaba calor, y aunque el contacto había sido breve, su piel ardía en el lugar donde él la había sujetado. Gabriel se apartó lentamente, pero sus manos se quedaron sobre sus brazos, sujetándola con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada. —Necesitas descansar —murmuró, sin apartar los ojos de ella. Valentina asintió, aunque sabía que el sueño no llegaría fácilmente. Su mente estaba atrapada en el torbellino de acontecimientos de las últimas horas. Los soldados, la huida, la manera en que Gabriel había luchado por protegerla… y la forma en que la miraba ahora, como si ella fuera lo único en el mundo que importaba. Él se puso de pie y caminó hacia una pequeña chimenea en la esquina de la cabaña. Se agachó para encender un fuego con la misma destreza con la que manejaba un arma. En cuestión de minutos, las llamas comenzaron a crepitar, esparciendo un calor reconfortante en la habitación. Valentina lo observó en silencio. Había algo hipnótico en la forma en que se movía, en la manera en que la luz del fuego delineaba sus rasgos duros y masculinos. Sus ojos oscuros, su mandíbula firme, la sombra de su barba… Todo en él irradiaba peligro y protección a la vez. Gabriel se giró y la atrapó mirándolo. Ella desvió la vista, pero no lo suficientemente rápido. —¿En qué piensas? —preguntó él, con voz ronca. —En nada —respondió demasiado rápido. Él sonrió con ironía y se acercó. —Eres una mala mentirosa, Valentina. Ella lo miró con el ceño fruncido, cruzándose de brazos. —Y tú eres demasiado terco. Gabriel soltó una risa baja y grave. —Eso dicen. Se agachó frente a ella, apoyando los antebrazos en sus rodillas. —Escucha… lo que hiciste hoy fue valiente, pero también imprudente —su voz era baja, pero firme—. No quiero que pongas tu vida en riesgo por mí. Valentina apretó los labios, sintiendo una punzada de frustración. —No me arrepiento —susurró—. No iba a quedarme quieta mientras te llevaban. Los ojos de Gabriel brillaron con una mezcla de admiración y exasperación. —Lo sé… pero si algo te pasara… —se interrumpió, apretando los puños. El corazón de Valentina latió más rápido. No era solo preocupación lo que veía en su rostro. Era algo más profundo, más oscuro… algo que la hacía estremecer. —No voy a dejar que te pase nada —repitió Gabriel, su voz más baja ahora. El aire entre ellos se volvió denso, pesado. Valentina tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de sus labios. De repente, él se apartó y se puso de pie de un movimiento rápido. —Voy a buscar algo de agua —dijo, su tono más áspero de lo normal. Valentina sintió el vacío que dejó su ausencia cuando salió de la cabaña. Respiró hondo y se abrazó a sí misma, tratando de calmar el torbellino en su interior. Gabriel caminó hasta el arroyo cercano con pasos largos y pesados. Su cuerpo estaba tenso, su mente atrapada en una batalla interna. No podía seguir así. No con ella. Valentina no era como las mujeres a las que estaba acostumbrado. No era solo una presencia fugaz en su vida, alguien que pudiera tocar y luego olvidar. Ella era diferente. Desde el momento en que la había encontrado, su mundo había cambiado. Se agachó y mojó su rostro con el agua helada, tratando de enfriar la fiebre que lo consumía. Pero no servía de nada. Cuando regresó a la cabaña, Valentina estaba sentada junto al fuego, con las piernas dobladas y la mirada perdida en las llamas. Le tendió un pequeño cuenco de madera con agua, y ella lo aceptó con una sonrisa suave. —Gracias. Gabriel se apoyó en la pared, cruzando los brazos sobre su pecho. —Mañana nos iremos de aquí. No podemos quedarnos mucho tiempo en un solo lugar. Valentina asintió. —Lo sé. El silencio se alargó entre ellos. Finalmente, Gabriel suspiró y pasó una mano por su cabello. —Voy a dormir en el suelo. Tú puedes quedarte en el catre. Valentina frunció el ceño. —No tienes que hacerlo. Podemos compartirlo. Gabriel alzó una ceja, sorprendido por su respuesta. —¿Estás segura de eso? Ella asintió. —Sí… confío en ti. Esas palabras lo golpearon más fuerte de lo que esperaba. Sin decir más, se acercó y se sentó en el borde del catre. Valentina se deslizó bajo la manta, dejándole espacio. Cuando Gabriel se acostó a su lado, el mundo pareció detenerse. Podía sentir el calor de su cuerpo a centímetros de distancia. Cada respiración, cada movimiento… su presencia era un incendio silencioso que amenazaba con consumirlo. —Buenas noches, Gabriel —susurró ella. Él cerró los ojos con fuerza. —Buenas noches, Valentina. Pero sabía que esa noche no dormiría. No cuando la tenía tan cerca… y al mismo tiempo, tan lejos.
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