capitulo 18

1082 Palabras
Los ecos de un destino compartido El sol apenas había comenzado a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja suave y dorado. La cabaña estaba en silencio, excepto por el leve crujir de la madera y el susurro del viento. Valentina se despertó lentamente, su cuerpo aún pesado por la tensión acumulada de los días pasados. El frío de la madrugada había penetrado en sus huesos, y se acurrucó un poco más bajo la manta, intentando retener el calor de la noche anterior. Gabriel estaba allí, cerca, tan cerca que podía sentir su presencia a través de los pequeños sonidos de su respiración. No lo miró, pero sentía su cuerpo junto al suyo, y el mismo calor que la envolvía de noche seguía siendo una constante entre ellos. Aunque el silencio se extendía entre ellos, Valentina sabía que Gabriel estaba despierto. Podía oír el ligero movimiento de su respiración más profunda, el cambio en el ritmo cuando él se preparaba para levantarse. La tensión que había crecido entre ellos en los últimos días no era algo fácil de ignorar. Cada mirada, cada gesto, parecía tener una carga invisible que los ataba más que nunca. El recuerdo de la noche anterior se instaló en su mente como una sombra: el leve roce de su cuerpo al acostarse junto a ella, la conversación inconclusa sobre lo que significaba estar juntos en este momento tan peligroso. La confusión de sus propios sentimientos la había dejado sin aliento, sin respuestas. ¿Qué era lo que sentía por él? ¿Qué significaba ese deseo reprimido que la atormentaba? Gabriel se movió en la oscuridad, su figura imponente recortándose contra la luz tenue del amanecer. Valentina lo observó en silencio, la piel erizada por la presencia de él. El hombre que había llegado a su vida como una amenaza se había convertido, sin quererlo, en alguien indispensable. Pero no era solo la necesidad de protección lo que la mantenía a su lado; había algo más, algo que la inquietaba profundamente: el deseo de pertenecer a algo, a alguien, y la confusión de que esa necesidad estaba en Gabriel. —¿Listos para irnos? —la voz de Gabriel la sacó de su trance. Su tono era grave, como siempre, pero había algo diferente en él, una especie de nerviosismo latente que Valentina no podía ignorar. Ella asintió lentamente y se sentó en el catre, aún envuelta en la manta. El sonido de la cabaña al moverse le pareció extraño, como si todo el lugar, en su quietud, esperara que tomaran una decisión. Gabriel, al verla, se acercó y le tendió su mochila, como si fuera algo completamente normal, pero ambos sabían que no lo era. El simple gesto de darle su carga, su protección, era un recordatorio de la cercanía que compartían. Aunque sus palabras siempre eran pocas, sus actos hablaban más fuerte que cualquier confesión. —¿Estás segura de que quieres seguir? —preguntó Gabriel, su voz más suave de lo que Valentina había escuchado en días. Valentina levantó la vista hacia él, sus ojos encontrándose con los de él en un juego silencioso de miradas que hablaban más que cualquier palabra. —No tengo opción —respondió con firmeza, pero algo en su tono dio la impresión de que lo que en realidad buscaba era una confirmación de algo más. Gabriel permaneció en silencio durante un largo momento, observándola con esos ojos oscuros que parecían penetrarla hasta el fondo. Por un instante, Valentina se sintió vulnerable, expuesta ante él. Era como si cada rincón de su alma fuera visible, cada pensamiento al descubierto. Pero entonces, Gabriel soltó un suspiro profundo, como si finalmente tomara una decisión en su mente. —Está bien —dijo, aunque su tono reflejaba más de lo que intentaba ocultar. Se alejó un paso para prepararse, pero no sin antes mirar hacia atrás una vez más. Sus ojos, fijos en los de Valentina, parecían decir más de lo que las palabras no podían alcanzar. La preocupación, la ira contenida y algo más… algo más profundo y complicado. Horas después, ambos caminaban por el sendero que los llevaría a un pequeño poblado cercano. La marcha era lenta, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, pero compartiendo en la misma caminata una intensidad que ninguno de los dos quería admitir. La naturaleza que los rodeaba, el campo abierto, los árboles y las montañas, se sentían ajenos a la tensión que se había creado entre ellos. El sonido del viento y las aves era casi demasiado suave para tapar el ruido de sus corazones, que latían al mismo ritmo acelerado. Valentina caminaba adelante, sin volverse, mientras Gabriel seguía su paso. El sonido de las botas de Gabriel pisando la tierra era firme, como siempre, pero algo había cambiado en la manera en que se movía. Había una rigidez, un aire de preocupación que no se podía disimular. Cada paso que daba parecía estar más preocupado por ella que por la misión que los había llevado hasta allí. —Gabriel —dijo Valentina de repente, rompiendo el silencio. Él la miró, sorprendiendo por la súbita ruptura de la quietud. —¿Sí? —¿Qué va a pasar ahora? Gabriel frunció el ceño, sin entender del todo a qué se refería. —¿A qué te refieres? Ella se detuvo y lo miró fijamente. —Esto… —dijo con un gesto que englobaba todo lo que los rodeaba—. Todo esto no es solo por sobrevivir, ¿verdad? Gabriel la observó en silencio por un momento, como si las palabras que quería decir le quemaran la lengua. Finalmente, dio un paso hacia ella, cerrando la distancia que los separaba. —Lo que estamos viviendo no es fácil para ninguno de los dos —dijo, su tono grave, pero sin la dureza de antes. Valentina podía sentir su aliento, caliente y pesado, cerca de su rostro. Su pecho comenzó a latir más rápido, y las palabras que había estado guardando parecían escapar de sus labios antes de que pudiera detenerlas. —No quiero que me protejas solo por obligación —murmuró. Gabriel la miró, su expresión suavizándose por un instante. —No es solo por obligación, Valentina. Nunca lo ha sido. El silencio se instaló de nuevo, pero ahora había algo diferente en la atmósfera. Algo que se había roto entre ellos, una barrera invisible que había permanecido durante tanto tiempo. El amor, aunque sin palabras, ya estaba presente entre los dos.
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