Promesas en la Oscuridad
La brisa nocturna se filtraba entre las ramas de los árboles, trayendo consigo el aroma de la tierra húmeda y el sonido lejano del río. La noche había caído sobre ellos, envolviéndolos en un manto de sombras y murmullos, mientras el fuego crepitaba suavemente entre las piedras del improvisado campamento.
Valentina estaba sentada cerca del fuego, con las piernas recogidas y la mirada fija en las llamas danzantes. Su mente no podía descansar, atrapada en una maraña de pensamientos y emociones contradictorias. Gabriel, a unos pasos de distancia, afilaba su cuchillo con movimientos meticulosos, pero su atención estaba claramente en ella.
El silencio entre ambos era denso, lleno de palabras no dichas y sentimientos contenidos. Desde su conversación durante la caminata, algo había cambiado entre ellos. Una tensión distinta, más profunda, más peligrosa. Ya no se trataba solo de la supervivencia o del hecho de que Valentina no pertenecía a esta época. Era el reconocimiento de que, sin importar el tiempo o el lugar, sus destinos estaban irremediablemente entrelazados.
Gabriel dejó el cuchillo a un lado y se acercó a ella con pasos lentos pero decididos. Se sentó a su lado, el calor de su cuerpo mezclándose con el del fuego. Valentina sintió su proximidad, la presencia abrumadora de un hombre que, hasta hace poco, había sido un misterio y ahora se estaba convirtiendo en su ancla en este mundo extraño.
—¿En qué piensas? —su voz era grave, pero había una suavidad en su tono que la hizo estremecer.
Valentina tardó unos segundos en responder.
—En todo… en nada —susurró, sin apartar la vista del fuego.
Gabriel la observó en silencio. Luego, sin previo aviso, extendió una mano y tomó la suya. Su tacto era firme, pero sorprendentemente cuidadoso.
—No estás sola, Valentina.
Ella levantó la vista y se encontró con sus ojos oscuros, llenos de una intensidad que la dejó sin aliento. Había algo en la manera en que la miraba, en cómo sus dedos se entrelazaban con los de ella, que hacía que todo lo demás desapareciera.
—Lo sé —respondió en voz baja, y por primera vez, realmente lo creyó.
Gabriel sostuvo su mano con más fuerza, como si quisiera asegurarse de que ella comprendiera la verdad en sus palabras.
—No permitiré que nada ni nadie te haga daño —afirmó con una determinación feroz.
Valentina sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrada a que alguien la protegiera de esa manera, con tanta pasión y entrega. Había aprendido a valerse por sí misma, pero Gabriel… Gabriel la hacía querer bajar la guardia.
—¿Y si no soy yo quien está en peligro? —susurró, desviando la mirada.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Valentina tomó aire, intentando ordenar sus pensamientos.
—Tú también corres peligro por estar conmigo. Si descubren quién soy realmente… lo que soy…
Gabriel la detuvo con un gesto, acercándose aún más hasta que sus rodillas se tocaron.
—Deja de pensar en eso —su voz era baja, intensa—. No importa de dónde vengas, Valentina. No importa el tiempo, el pasado o el futuro. Estás aquí, conmigo. Y eso es lo único que me importa.
El corazón de Valentina latió con fuerza. Su instinto le gritaba que se alejara, que no se permitiera sentir tanto, que no se enredara más en algo que no tenía sentido. Pero su alma… su alma ya había tomado una decisión antes de que su mente pudiera resistirse.
Se quedó en silencio por un largo momento, hasta que finalmente murmuró:
—Tengo miedo.
Gabriel alzó una mano y rozó su mejilla con la yema de los dedos, un contacto tan suave que le robó el aliento.
—Yo también —confesó.
Valentina cerró los ojos por un instante, dejando que la sensación de su toque se grabara en su piel. Cuando los abrió de nuevo, él seguía allí, observándola con una devoción que la hizo sentir como si el universo entero se hubiera reducido a este momento, a ellos dos.
Sin pensarlo, sin planearlo, sin importar las consecuencias, Valentina se inclinó hacia él. Gabriel no se apartó. Al contrario, la recibió, como si hubiera estado esperando este instante desde el momento en que la conoció.
Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo, lleno de promesas silenciosas y sentimientos que ninguno de los dos se había atrevido a decir en voz alta. Gabriel la sostuvo con fuerza, como si temiera que desapareciera entre sus brazos, como si pudiera perderla en cualquier momento.
Y quizás, en el fondo, ambos sabían que ese miedo era real. Que el destino aún tenía pruebas por delante. Pero por ahora, en este instante, solo existían ellos.