Entre el deseo y el peligro
El amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados y naranjas, pero Valentina y Gabriel aún no habían conciliado el sueño. Después del beso que habían compartido la noche anterior, el aire entre ellos se había vuelto denso, cargado de una tensión que ninguno de los dos sabía cómo manejar.
Gabriel no la había soltado en toda la noche. Había permanecido junto a ella, su brazo envuelto firmemente alrededor de su cintura, como si temiera que desapareciera con la primera luz del día. Y Valentina, lejos de rechazar su cercanía, se había rendido a la sensación de seguridad que él le brindaba.
Pero ahora, con la luz del sol filtrándose entre los árboles, la realidad se hacía presente.
—Debemos continuar —murmuró Gabriel, su voz ronca por la falta de sueño.
Valentina asintió, pero no hizo el mínimo esfuerzo por moverse. Sentía su calor, su respiración, la firmeza de su cuerpo contra el suyo, y una parte de ella no quería romper el momento.
—Valentina… —su tono fue más bajo, casi una advertencia.
Ella alzó la vista y se encontró con sus ojos oscuros clavados en los suyos. Había algo en su mirada, algo primitivo, intenso, que la hizo estremecer.
—¿Qué? —susurró.
Gabriel no respondió de inmediato. Su mano se deslizó lentamente por su cintura hasta su cadera, apretándola con firmeza.
—Si sigues mirándome así… no voy a poder detenerme.
El corazón de Valentina martilleó contra su pecho. Sabía lo que él quería decir. Sabía que, si se rendía a lo que ambos sentían, no habría vuelta atrás.
—No quiero que te detengas —confesó, sin poder evitar que su voz temblara ligeramente.
Gabriel soltó una maldición en voz baja y, en un movimiento rápido, la hizo quedar debajo de él. Sus cuerpos estaban tan cerca que podía sentir su calor envolviéndola, haciéndola arder desde adentro.
—No sabes lo que estás diciendo, Valentina —gruñó, su voz cargada de deseo.
Ella llevó una mano a su rostro, acariciando su mandíbula cubierta de barba incipiente.
—Sí lo sé.
Gabriel cerró los ojos un instante, como si intentara controlarse. Pero cuando volvió a abrirlos, su mirada ardía con una intensidad abrumadora.
—Dime que me detenga —pidió, aunque su cuerpo decía lo contrario.
Valentina deslizó los dedos por su cabello y tiró de él suavemente, obligándolo a inclinarse más hacia ella.
—No.
Un gruñido escapó de la garganta de Gabriel antes de que sus labios se apoderaran de los de ella en un beso hambriento, desesperado. No había suavidad esta vez. No había duda. Solo el fuego que los consumía desde el primer momento en que se encontraron.
Sus manos exploraban, sus cuerpos se buscaban, y por un instante, no existía el tiempo, ni el pasado, ni el futuro. Solo ellos.
Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
El sonido de caballos acercándose hizo que Gabriel se separara de golpe, con los sentidos alertas. Valentina tardó un segundo en reaccionar, aún atrapada en el torbellino de emociones que él había despertado en ella.
—Nos encontraron —susurró él, poniéndose de pie rápidamente y ayudándola a levantarse.
Valentina sintió el frío de la mañana golpear su piel al perder el calor de Gabriel.
—¿Quiénes?
Gabriel desenfundó su cuchillo y le hizo un gesto para que se mantuviera detrás de él.
—No lo sé. Pero no podemos quedarnos aquí para averiguarlo.
El sonido de los cascos se hizo más fuerte, y Valentina pudo distinguir varias figuras a caballo emergiendo entre los árboles. Un escalofrío recorrió su espalda.
Gabriel la tomó de la mano y la jaló con él, corriendo en dirección opuesta.
—No te sueltes —ordenó, y ella asintió, aferrándose con fuerza.
El bosque se cerraba a su alrededor, las ramas arañando su piel mientras intentaban escapar. Pero las voces detrás de ellos se acercaban cada vez más.
—¡Alto ahí! —gritó un hombre, su voz resonando con autoridad.
Gabriel maldijo y se detuvo en seco, empujando a Valentina contra un árbol.
—Escúchame bien —su respiración era agitada, su expresión tensa—. Si nos atrapan, no digas nada. Déjame hablar a mí.
Valentina tragó saliva y asintió, el miedo apretándole el pecho.
Un grupo de hombres los rodeó en cuestión de segundos. Todos vestían ropas de soldados, y uno de ellos, el que parecía estar al mando, desmontó de su caballo y se acercó con una sonrisa burlona.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?
Gabriel se puso delante de Valentina, su cuerpo actuando como un escudo.
—No queremos problemas —dijo con calma, aunque su tono estaba cargado de amenaza.
El hombre lo miró con interés, luego desvió la vista hacia Valentina.
—Tienes algo que ver con la mujer que buscan en la ciudad, ¿verdad? —su sonrisa se ensanchó al ver cómo el cuerpo de Gabriel se tensaba—. Una mujer con un aspecto… poco común.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—No sé de qué hablas —contestó Gabriel con frialdad.
El soldado soltó una carcajada.
—No te preocupes, lo averiguaremos muy pronto.
Antes de que pudieran reaccionar, varios hombres se abalanzaron sobre ellos. Gabriel peleó con fiereza, derribando a dos de un solo golpe, pero eran demasiados.
Valentina intentó ayudarlo, pero un brazo fuerte la sujetó por la cintura, inmovilizándola.
—¡Gabriel! —gritó, luchando por liberarse.
Él giró la cabeza hacia ella con los ojos llenos de furia, pero antes de que pudiera hacer nada, el golpe de un rifle en su cabeza lo hizo caer al suelo.
Valentina sintió el pánico apoderarse de ella.
—¡No!
Pero su grito se perdió en el aire cuando todo se volvió n***o.