Cadenas Invisibles El frío suelo de piedra era lo primero que Valentina sintió al recuperar la consciencia. Su cabeza palpitaba de dolor, y la oscuridad que la rodeaba hacía que su respiración se volviera errática. Intentó moverse, pero sus muñecas estaban atadas con una gruesa soga que raspaba su piel con cada intento de liberarse. —Gabriel… —susurró con voz ronca, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Un gemido bajo llegó a sus oídos, y su corazón dio un vuelco al reconocerlo. —Aquí… —la voz de Gabriel sonó grave, adolorida, pero firme. Valentina giró la cabeza en su dirección y pudo distinguir su silueta a unos metros de ella, encadenado a la pared de lo que parecía ser una celda oscura y húmeda. La luz que se filtraba por una pequeña ventana dejaba ver los moretones

