El precio de la verdad
Los cascos de los caballos golpeaban la tierra húmeda, acercándose cada vez más. Valentina sintió su corazón latir con fuerza en el pecho mientras observaba desde su escondite. Gabriel estaba de pie, con la daga en mano, su postura firme y desafiante. Era un hombre acostumbrado a pelear, pero estaba en desventaja. Si intentaba enfrentarse a esos soldados solo, lo matarían.
El líder de los soldados, un hombre de rostro severo y uniforme azul oscuro, desmontó de su caballo con calma, como si supiera que ya tenía a Gabriel atrapado.
—Gabriel Montoya —dijo con voz fría—. Sabíamos que te encontraríamos tarde o temprano.
Gabriel no respondió. Sus ojos oscuros evaluaban la situación, buscando una salida.
—El Virrey tiene interés en ti —continuó el soldado—. Eres un fugitivo, un traidor, y nos aseguraremos de que pagues por tus crímenes.
Valentina sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. No podía quedarse allí sin hacer nada. Pero, ¿qué podía hacer contra un grupo de soldados armados?
Su mente trabajaba a toda velocidad. Sabía que no podía arriesgarse a ser capturada, pero tampoco podía dejar que se llevaran a Gabriel.
De pronto, Gabriel habló con su tono grave y burlón:
—Si el Virrey quiere verme tanto, ¿por qué no viene él mismo? ¿O acaso prefiere esconderse detrás de sus perros?
El soldado sonrió levemente, sin inmutarse.
—Eres valiente, Montoya. Pero eso no te salvará. Entrégate ahora y te garantizo una ejecución rápida.
Gabriel soltó una carcajada seca.
—Eso suena tentador, pero prefiero seguir vivo.
Los soldados desenfundaron sus armas. Valentina supo que no podía esperar más.
Agarró la rama gruesa que había encontrado y, con el corazón en la garganta, salió de su escondite y golpeó con todas sus fuerzas la cabeza del soldado más cercano.
El impacto fue lo suficientemente fuerte como para hacerlo tambalearse. Gabriel aprovechó el momento para lanzarse sobre otro soldado, hundiendo su daga en su costado.
El caos estalló.
Valentina sintió que la adrenalina la dominaba mientras esquivaba un golpe y corría hacia Gabriel. Él la vio y su expresión se transformó en furia.
—¡¿Qué demonios haces aquí?! —rugió, bloqueando el ataque de otro soldado.
—¡Salvándote el trasero! —respondió ella, agitada.
Pero su valentía tuvo consecuencias. Un soldado la sujetó con fuerza por el brazo y la empujó al suelo. Valentina sintió el dolor recorrer su cuerpo cuando cayó de rodillas.
—¡No la toques! —bramó Gabriel, lanzándose hacia el soldado con una furia descomunal.
El hombre no tuvo oportunidad de reaccionar antes de que la daga de Gabriel se hundiera en su cuello.
La pelea terminó tan rápido como había comenzado. Los soldados restantes huyeron, dejando atrás los cuerpos de sus compañeros.
Gabriel se giró hacia Valentina, su respiración agitada.
—¿Estás bien? —preguntó, tomándola de los hombros con desesperación.
Ella asintió, temblando.
—Sí… pero… Gabriel, te buscan. Esto no va a parar.
Él la abrazó con fuerza, presionándola contra su pecho.
—Lo sé. Pero no dejaré que te hagan daño.
Valentina cerró los ojos, aferrándose a él.
Habían ganado esta batalla, pero la guerra apenas comenzaba.