Cinco años. Unos arduos cinco años habían pasado desde que sufría este calvario. Cinco años cargando esta cruz de sentimientos absurdos en mi espalda, esta corona de espinas que lastimaban mi cabeza con pensamientos que me hacían sentir tan culpable durante el día, y tan miserable algunas madrugadas llenas de insomnio. « ¿Por qué no puedo soltar?» me pregunté una vez más, pero no encontré respuesta. Solo podía pensar en lo que me había quedado de él. Porque, de él me quedó el amor que le tengo, ese amor tan férreo y puro. De él que medó ese amor inolvidable. De él me quedo el odio que le tengo, ese odio reacio y manso a la vez, ese odio inocente que dejará paso al amor si se lo propone. De él me quedó ese odio inolvidable. De él me quedaron los buenos momentos, las risas, las promesa

