El móvil vibró sobre la mesilla y me arrancó del sueño como si me hubieran sacudido. Eran apenas las nueve de la mañana. Thiago ya estaba despierto —siempre lo estaba—, sentado en la hamaca del porche con un libro en la mano. Desde la ventana podía verlo, tranquilo en apariencia, aunque yo sabía que esa calma era pura vigilancia. El nombre en la pantalla me heló un segundo: mamá. No solía llamar tan temprano. Menos aún un sábado. —¿Hola? —mi voz salió ronca. —Leanne, necesito que vengas a casa. —No hubo saludo, ni excusas. Solo esa urgencia rara en su tono. —¿Pasa algo? —Mejor hablamos aquí. Ven hoy, por favor. Asentí aunque ella no pudiera verlo. —Vale. Voy. Colgué y respiré hondo. El aire del valle me sabía distinto desde que vivía con Thiago: más pesado, más lleno de responsabili

