—Duerme conmigo esta noche —pidió Thiago, su voz ronca, todavía pegada a mi boca. Lo miré sin saber si había escuchado bien. Su frente estaba contra la mía, y en ese espacio reducido no existía más que su respiración caliente y mis pulsos desbocados. —¿Cómo dices? —murmuré. —Quédate conmigo. —Sus ojos ardían, y no era una orden, era súplica contenida—. No quiero volver a soltarte. No pude responder con palabras. Solo asentí. Me guió escaleras arriba con la mano en mi espalda, firme, sin prisa. El silencio se volvió más denso a cada paso. Cuando entramos en su habitación, cerró la puerta con un gesto suave. Yo me quedé en medio, nerviosa. El espacio era amplio, pero me sentía atrapada, no por las paredes, sino por su presencia. Thiago se desabrochó la camiseta y la dejó caer en la si

