La discusión empezó antes de la cena. Mateo había extendido un mapa en la mesa baja del salón, con una carpeta gris encima y un bolígrafo marcando una dirección en la ciudad. Decían “contacto administrativo”, “archivo privado”, “no es directamente Varela pero pasa por él”. Yo escuchaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la espalda pegada a la madera. En cuanto entendí que iban a moverse esa misma noche, salí de la sombra. —Voy —dije. Thiago levantó la vista tan rápido que el bolígrafo rodó. Mateo tragó palabras. Nadie había tenido tiempo de oponerse aún, pero ya lo veía en las caras: “no es buena idea”, “demasiado riesgo”, “qué sentido tiene llevarla”. No les di la oportunidad. —No es un capricho —seguí—. Si ahí dentro hay papeles sobre mi origen, sobre mis padres o

