No podía dormir. Daba vueltas en la cama, el jersey de la suerte de mamá tirado en la silla y la ventana abierta para que entrara aire. El silencio del valle era tan distinto al de mi barrio que todavía no me acostumbraba: aquí no había coches ni música de fondo, solo grillos y algún aullido lejano. Me levanté descalza y bajé las escaleras. No esperaba encontrar a nadie, pero allí estaba él: Thiago, en la mesa del salón, con mapas desplegados y una luz cálida cayéndole sobre el rostro. Tenía la mandíbula tensa, como si estuviera peleando solo con mirar esas marcas de papel. —¿Vas a patrullar en sueños? —pregunté, apoyándome en el marco. Levantó la cabeza. No se sorprendió de verme. —No dormías. —¿Cómo lo sabes? —Lo sé. —Dijo sin explicarlo, como si fuera obvio. Rodé los ojos y me ac

