Kylie me encontró en el porche con el jersey gris hecho una bola. —Desde que llegaste aquí apenas hablas —dijo. —Claro que hablo. —No como antes. Tú siempre hacías chistes hasta en medio de un incendio. Eras la que rompía la tensión y ahora te muerdes la lengua. Me quedé callada. —Es raro tener veinte pares de ojos encima —acabé soltando—. Me preocupaba hacer algo fuera de lugar y que Thiago tuviera que corregirlo delante de todos. Kylie se cruzó de brazos. —Thiago ya sabe cómo imponerse con los suyos —continuó Kylie—. Pero tú también necesitas aprender a imponerte contigo misma. Cuando no te encoges, cuando hablas como siempre, transmites seguridad. Y créeme, todos lo notan. Los lobos también. —¿Y si la cago? —La arreglas. Y si alguien se pasa, lo arreglo yo. Solté el aire. —Va

