Un mundo de excusas.
Siempre me han gustado los refranes. Los aprendí en la escuela, en casa, en la tienda del vecindario. Han estado siempre en vida e incluso podría decir que tengo uno para cada ocasión. Sin embargo, de todos hay uno que me llama la atención sobremanera: “Desde que se inventaron las excusas, todos quedamos bien.” Quizás para muchos de ustedes, es algo cierto, que todos alguna vez hemos tenido una excusa ante una falta, y sí, es cierto: todos en algún punto de nuestra vida tendremos que ser excusados y algunos, durante toda nuestra vida. No obstante, últimamente he notado que la gente se ha escudado en un “pero” constante, en una defensa para justificar sus faltas y ya es difícil conocer a alguien que se atreva a asumir la responsabilidad de sus hechos. Si es para hablar de puntualidad, es porque el trabajo no me deja estar a tiempo, si se trata de recordar algo importante, la excusa es que son demasiados pendientes, pero si se trata de cumplir una asignación, habrá cientos de razones para no hacerlo y así sigue la vida, en una red de argumentos para quedar bien, para vernos como inocentes antes acciones que son nuestras y de nadie más.
Ante cada situación de falta, la gente suele inventar un argumento para defenderse y el afectado, encima de ser afectado, deberá entender que no ha sido su intención, que simplemente son cosas que pasan porque sí.
Yo estudio todo esto y me cuestiono si en verdad pertenezco a este mundo, donde la gente ya no da la cara, no se compromete, donde hay que excusar a todos y ser tan permisivo siempre, porque… Tiene una excusa.
Muchos dirán: “Eres demasiado dura, quizás seas demasiado inflexible”. Y sí, quizás sea cierto, pero ¿qué tal si un médico a la hora de operar un paciente de emergencia, se excusara diciendo que está muy cansado o que no pudo llegar a tiempo por causa del tráfico? ¿Qué pasaría con el paciente en la mesa de cirugía? Estoy segura que por más buena y válida que sea la excusa, a él no le importará porque su vida está en manos del cirujano. Ahí se demuestra que las excusas solo sirven para el que las da.
Pero vamos más allá, digamos que hay un abogado que debe defender a su imputado, que es inocente y que está a punto de ser condenado a cadena perpetua, y que la única manera de dejarlo en libertad son las evidencias que tiene el abogado en su maletín, pero el abogado en el afán, lo ha olvidado en casa y el juez no dará oportunidad de reprogramar. ¿Qué dirá entonces el cliente que ha sido condenado a treinta años de cárcel? ¿Que entiende, que un “lo siento” de parte de su abogado es suficiente para resarcir el daño? Ciertamente no lo creo.
Las excusas no tienen categorías, lo único que cambia es el grado de consecuencia, pero igual sigue siendo una falta. En el caso del médico, una falta capaz de cobrar una vida, en el caso del abogado, una vida encarcelada y en el caso de una impuntualidad, un mal sabor en el que espera o que ha sido dejado esperando. Al final, todo se resume a tiempo, a una falta de compromiso.
Por mi parte, puedo decir que entiendo, que comprendo que a las personas les suceden cosas que están más allá de su control, que se dan improvistos y que hay situaciones que se escapan de sus manos. Ante ese tipo de situaciones, soy yo la primera en ser mano amiga, en ayudar, en justificar. Pero, por otro lado, cuando veo a otras tantas que se han encasillado en sus faltas y la han disfrazado de una excusa, o peor, que responsabilizan a los demás por cosas que no son su culpa, solo me pregunto en qué se ha convertido el mundo.
¿Será porque es más fácil ocultarse tras una justificación, o es que acaso el ego y el orgullo son demasiado altos para reconocer que fallamos?
En todo caso, solo puedo decir, que antes de poner una excusa, sería bueno ponerse en el lugar de la otra persona. Salir de nuestra zona confort y ver las cosas desde otros ojos, para que aprendamos cómo es vivir de excusas.
ADULACIÓN.
Honor a quien honor merece… Una frase cierta, pero que hay que aprender a usar.
Madre Teresa de Calcuta fue una mujer reconocida en el mundo por su entrega y dedicación a las obras de caridad, a ayudar a los pobres, al punto de que dedicó toda su vida a ello. El mundo la conoce y a pesar de que ella ya se fue de aquí hace muchos años, será recordada para siempre. Ahora bien, ¿el hecho de darle honor, significa que debemos ponerla en un pedestal y cantar alabanzas a su nombre? ¿O será que ahora no podemos destacar a ningún otro ser esforzado dentro de la categoría de su trabajo, porque ella está por encima de todos?
Honrar a una persona que merece honor es un acto admirable, pero hay una estrecha línea entre eso y la adulación. ¿Y qué es adular? No es más que alabar de manera desmedida o exagerada a alguien por interés. Yo lo llamaría la expresión más baja de una persona interesada, porque encima de que solamente busca los beneficios de un tercero, lo hace a base de palabrería y demostraciones de afecto falsas y de manera descomunal.
Adular es resaltar a alguien por lo que tiene, no por lo que es. Es darle una posición de preferencia de manera injusta, porque dichos privilegios son por las cosas que ha hecho, o que podría hacer y no porque se lo haya ganado o sea lo mismo para todos. Y es que adular, es acción que deja en evidencia cuál es nuestro interés.
Como cuando un cabo o un oficial menor dentro de la policía aspira a una posición superior y para obtenerla, debe de complacer a su jefe, el coronel o general, hasta en los deseos más absurdos. Se ríe de sus chistes malos, se compromete a hacer favores personales, aguanta largas horas de jornada, lo elogia constantemente, para que le superior vea que tiene a su disposición un peón dispuesto a complacerle, que lo hace sentir bien. En ese caso, cuando el raso alcanza lo que quiere, lo ha hecho a base de un uso excesivo de energías adulando a su jefe y no por sus propios méritos.
Me atrevería a decir, que la adulación es el atajo para los mediocres. Porque si para obtener algo hay que adorar, alabar y complacer a otra persona, entonces estamos diciendo que no somos capaces de alcanzar eso que queremos por nuestros propios medios. Si para triunfar y ser exitoso, hay que lamer las botas de otro fulano, nuestro éxito está comprometido y no somos más que un instrumento del cual otro bebe y alimenta su ego, y así mismo podrá pisotearnos cuando le parezca.
¿Qué hacemos entonces para evitar la adulación? Esa es una buena pregunta y hay cientos de opciones, pero la pregunta correcta es, ¿Quieres dejar de adular y perder los beneficios o seguir recibiéndolos, aunque seas siempre un lambiscón?