«Soy un ave rapaz
¡Mirad mis alas!».
Deshacer el mundo
Canción de Héroes del Silencio
*****
POV Nykolas
—Te traje el justificativo médico por la falta de la semana pasada.
El agente Grudell me entregó un papel —bastante arrugado, por cierto—, y no lo había detallado por completo cuando ya sabía que era una constancia falsificada. Aún así, la tomé y la leí. El sello se veía impreso y no entintado, el tipo de papel era muy rígido en comparación a los formatos desprendibles con los que usualmente hacían los justificativos y las recetas médicas.
—Bien, pero vamos a hacer las cosas bien. Tienes hasta antes de finalizar la quincena para traerme un justificativo real, porque tú y yo sabemos que esto —señalé con el papel entre dos dedos— es falso.
El tipo ladeó la cabeza e hizo una mueca de desagrado, y torció la boca para luego escupir lo siguiente:
—¿Me está llamando mentiroso?
—No, lo acabas de decir tú, y voy a repetir una vez más: este justificativo no parece legítimo.
—Floyd los aceptaba cada vez que debía ir al médico.
—Bueno, pero Floyd no está por ahora, y quien está a cargo y de filtro soy yo, así que no puedo aceptarlo.
Y es que uno de los motivos por los que me incomodaba un poco el cargo, es que tenía un par de agentes «viejos» o regulares que pertenecían a la plantilla de Floyd, pero él estaba de vacaciones y todos sus subordinados fueron repartidos hasta que finalizara sus días de descanso.
—Ni un mes tienes en esta oficina y ya te ¡crees la gran vaina! —vociferó y abrió la puerta.
—A mí no me alzas la voz —tajé, haciendo un esfuerzo en no perder los estribos, y a la vez, sonar diplomático.
—¡Y a mí no me va a dar órdenes un niñato! —gritó el agente.
Salté de la silla respirando como un toro, con todas las ganas de presentarle mis apretados nudillos, y para suerte de Grudell, Hayter pasaba por el pasillo y se atravesó, impidiendo que le partiera la boca al imbécil.
—¡Qué mierda! ¿Qué pasa?
—No le voy a recibir una mierda al cabrón ese —mascullé y me liberé de Hayter, que me apartaba con un brazo.
—Ese tipo es problemático, nadie sabe cómo sigue aquí.
—De seguro Floyd lo respalda, porque cualquier otro ya le hubiese partido su madre… —farfullé, mirándole la espalda al tipo, que ya se alejaba por el pasillo.
—Sí, bueno —cortó—. ¿Qué ocurrió? —inquirió y me continuó cercándome el paso para que me quedara en la oficina.
No me quedó más que aguantarme, respirar aire y exhalar rabia. Hayter entró a la oficina detrás de mí y cerró la puerta.
—Que el tipo trae esta mierda de justificativo y pretende que le borre la ausencia —exclamé y estampé la mano sobre el escritorio, agarré el papel y lo arrugué hasta volverlo una bola que tiré al cubo de basura.
—No será la primera ni la última vez que suceda. Pero no te lo tomes personal…
—Me insultó, ¿porque soy joven no puedo tener razonamiento ni voz de mando? —señalé con exaltación.
¡Coño!
—El razonamiento y la voz de mando la perdiste cuando le respondiste a su nivel —señaló con sorna y se sentó, muy relajado, en una de las sillas.
Exhalé de mal modo y me senté en mi silla. Tenía razón… El estrés me carcomía por dentro. Toda la semana había sido de aprendizaje, de un torbellino de ensayos y errores innecesarios e inútiles, porque por mucho que me apegaba al conocimiento teórico, me sentía neófito, ignorante y novato. Y sí, era un novato, era el pollito recién nacido del gallinero, pero me negaba a ser el nuevo al que le quedaba grande el cargo, que no era la gran cosa.
—Mira, relájate. Lo estás haciendo bien. Quedan un par de horas, sales temprano, reúnete con tus amigos, un bonito restaurante… Ya comienza el fin de semana.
—Sí, es cierto. Imposible negarte la razón.
Escuchamos unos tacones afuera y luego un acelerado toque en la puerta. Supuse que era Daiana y le permití entrar cuando abrí la puerta.
—Nykolas, ¿qué pasó? Grudell salió maldiciendo y despotricando como un chiflado —preguntó, y sus ojos brillaron por la curiosidad.
—Nada grave, un desacuerdo laboral, Muñeca —contestó Hayter por mí.
La muchacha puso los ojos en blanco y se quedó afuera cuando reparó en la presencia de mi exsuperior.
—Ya. Te envié un texto hace rato, pero no lo has leído.
—Lo siento, Daiana, el móvil sigue en la gaveta. Ya me pongo al día.
—Bien. Bueno, me v-voy a… a mi puesto —balbuceó y cerró la puerta.
Hayter, quien parecía estar en una silla de playa, se relajó más al colocar los brazos tras la nuca y silbó de forma sugerente.
—Vaya, vas en racha de suerte.
—¿De qué hablas?
—Primero, cargo nuevo; y ahora la Muñeca te tiene puesto el ojo. ¿Sabes cuántos le han traído chocolates y la han invitado a almorzar?
—Quizá si no la llamaran «Muñeca» ella le prestara atención a alguno.
Hayter rió como si se burlara de mi observación, pero debía ser agotador para Daiana aguantar a una cuerda de babosos que seguro la querían para una noche y la aturdían con hipócritas atenciones de trasfondo sórdido. La muchacha no era estúpida, pero discutir eso con Hayter no iba a servir de mucho.
—Aprovéchate de tu suerte, no es todos los días.
Me dio una palmada en el hombro y salió de la oficina. No tenía que aprovechar nada, porque no tenía ninguna intención que saliera del círculo amistoso con ella.
Volví a la silla tras el escritorio y miré los mensajes en el celular, y sí, había un mensaje de Daiana, y más arriba, en el tope —de hecho—, varios de Amy.
—¿Salimos este fin?
—Si no te veo, el oscuro manto de la solte(pute)ría se acercará más a mi vida, y ¡no lo quiero!
—Nyx :(
—¿Qué haces?
—Ya salí de la universidad.
—Cielito :'(
¿Cómo no la iba a amar? Marqué su número de teléfono y contestó a los segundos.
—¡Quién eres y por qué llamas del teléfono de mi novio!
—El drama hecho persona.
—Te olvidaste de mí todo el santo día —gimoteó como la chica malcriada que era.
En ese momento, escucharla tan infantil y posesiva me encantó. La sangre se movió veloz por mi cuerpo y terminó en mi entrepierna, despertando a un amigo que aún no iba a ser atendido. Me deslicé en la silla ejecutiva hasta quedar más acostado y relajado, con ambas piernas separadas y estiradas debajo del escritorio, y retomé la conversación.
—Es que… Ha estado movida la oficina, mi Amor. ¿Podemos vernos un rato? Salgo en dos horas… —ronroneé.
—Claro que sí… Estoy en la universidad.
—Pero me dijiste que ya habías salido.
—Me devolví para… Para la biblioteca, tú sabes. Los deberes.
—Lo sé, tú siempre tan responsable y educada.
—Y obediente. Cumpliendo la norma de «no hablar en voz alta en la biblioteca» —agregó ella.
Soltó una dulce risita que al ser captada por mi oído, hizo desastres en mi pecho y en mi v***a. Coño, que bella era.
—Hay ciertas reglas que deben romperse de vez en cuando —continuó en un murmullo.
—Debería traerte a esta insulsa oficina para que impongas las normas a tu modo.
—Las rompa, querrás decir… ¿Estás solo?
—Y deseando tenerte desnuda y abierta sobre el escritorio.
Su respiración se escuchó fuerte en el auricular, y mis latidos se dispararon como un tren bala.
—Qué rico… ¿qué me harías si estuviese así para ti?
—Te follaría tan fuerte que creerían que estoy haciendo reparaciones en la oficina.
Amelia soltó una carcajada y su risa se me contagió.
—Te haría más mía de lo que ya eres. —El teléfono interno sonó y resoplé muy bajo, cortado por el maldito timbre—. Amor, oye…. Amor, te llamaré cuando salga. ¿Te quedas en mi casa? Te extraño mucho y quiero hacer unas refacciones en mi habitación…
—Picarón… —dijo entre risas—, sí, mi Cielo —completó con ternura—, me llamas.
—Vale, te amo.
—Te amo más.
Colgué el celular y contesté el teléfono de escritorio, pero la voz me sonó opaca por la mala posición, así que de mal modo me enderecé en el asiento y atendí mejor la llamada, y los minutos transcurrieron rápido entre el ordenador y las solicitudes de reemplazo de equipo. No era divertido, pero era estable, calmado y seguro.
Se hicieron las cinco de la tarde y salí disparado de la oficina, apresurándome para ver a mi preciosa Sirena, a la niña de mis ojos, a la que me volteaba el mundo y me tenía en la palma de su mano, y Daiana se interpuso en la entrada del pasillo y me saludó.
—No me dijiste si nos reuniremos en el bar de la vuelta.
«Mierda, ni siquiera leí su mensaje».
—A-ah, era eso… No, disculpa, es que ya tengo planes —tartamudeé y la rodeé.
Ella se acercó un poco más y temí quedar arrinconado.
—Ah… bueno, ¿quedamos el próximo viernes?
—Sí, está bien, no hay problema —zafé y me escurrí de su cercanía.
Continué hasta las escaleras y bajé. No sabía si mi prisa era para llegar rápido a la universidad, o para huir de la «Muñeca», a la que esta vez percibí más directa con su coqueteo. O tal vez intentaba hacer un amigo, pues, entre todos los vejestorios que trabajaban aquí, era lógico que buscara a sus coetáneos, y el único que estaba a su alcance era yo. Lo más probable era que me lo estaba imaginando y malinterpretaba sus gestos, porque había sido atenta y amigable, preocupada y muy servicial. Haberse tomado la molestia de regalarme una planta lo consideré un detalle muy cortés, pues teniendo en cuenta que yo era un simple nuevo que apenas había ido unas contadas veces a la agencia para mejorar su suerte, me estaba tratando muy bien.
Llegué al estacionamiento, subí a la motocicleta, y emprendí camino hacia la universidad. Al llegar, llamé a Amy y la esperé en una de las espaciosas entradas del campus.
¿Alguna vez estudiaría en la universidad? Me gustaba la idea, no la había descartado, y no quería interponer como excusa mis deudas, pero tenían suficiente peso como para priorizarse y dejar en un segundo plano la continuación de mi educación.
Mientras divagaba entre ilusiones de mi futuro, avisté a Amelia, caminando con su contoneo más marcado de lo normal, y junto a ella estaba la amiga Darks y el imbécil tatuado. Es que no entendí qué hacía ella con el vago ese, que apenas reparó en mi presencia, trastabilló, pero recuperó el paso.
Al estar mi Sirena frente a mí, se lanzó a mi cuello y me besó con mucha pasión. Llevaba un perfume nuevo tan dulce que comenzó a repugnarme, y ella no desemarañó sus manos de mi nuca, sino que enredó más sus dedos en mi cabello, y tuve que apartarla con algo de fuerza para que me dejara respirar.
—Ya entendí que me extrañaste, Nena.
Ella rió despacio y me abrazó de nuevo, recostó su cara en mi cuello y hurgó por mis costados.
—¿Tienes caramelos? Tengo hambre. Y sed. Mucha sed.
—Es tan bonito verlos juntos —soltó la Darks—. Hola, Nyx, gusto en verte —saludó con una sonrisa.
Se acercó y me besó en la mejilla… La palabra «raro» no representaba en totalidad lo que sentí. Tampoco fue «asco» o «repulsión»… Fue un gesto sorpresivo e inesperado. Amelia lo notó y me miró sería.
—No vuelvas a tocarlo, es mío —tajó y observó a la Darks como si fuese un gato que va a lanzar un zarpazo.
«¿Y eso qué ha sido?».
—Tiene razón la Princesa, vámonos, prima —participó el muchacho tatuado.
—¿Amor, estás bien?
—Tengo mucha hambre, Nyx.
—Vamos a comer entonces…
—En serio, tengo mucha hambre —espetó mientras me agarraba las solapas del saco—. Se me va a abrir el estómago si no como algo.
—Okey, ya vamos, Amor.
La pelinegra se despidió, pero de lejos. Como que previó las intenciones de Amelia, y es que a todos se nos hizo obvio que algo le sucedía porque ella no era así, y menos con Ahrianna, su mejor amiga.
Fuimos a comer hamburguesas y luego Amelia quiso comer helado, y la consentí con un enorme helado de varios sabores, con crema batida y galletas y más dulces por encima; y así ella estuvo tranquila y feliz.
Y si ella estaba feliz, yo también lo estaba.