Capítulo 2

1369 Palabras
—Cariño, la comida ya está lista —escuché su voz desde abajo. —Bajo en unos minutos —respondí, intentando sonar normal, aunque por dentro me sentía todo lo contrario. Me dirigí al baño y me lavé rápidamente, pero la punzada en mi estómago volvió a hacerme temblar. Me tapé la boca para evitar que el jadeo escapara. No quería que Max lo notara. No quería que su preocupación arruinara este momento. Me puse el vestido que Vanessa había elegido. Al principio, pensé que me quedaría fatal, pero se veía mejor de lo que había imaginado. Aún así, el sentimiento de incomodidad no me dejaba. ¿Cómo podría mirarme al espejo y sentirme bien con lo que veía? Era una mujer que luchaba cada día contra una enfermedad desconocida y cruel que me estaba arrebatando todo, mi cuerpo, mi energía, mi vida... ¿cómo podría amarme con todo lo que había perdido? Intenté hacer caso omiso de esos pensamientos. Intenté con todas mis fuerzas encontrar una forma de quererme, de aceptar lo que veía en el reflejo. Vanessa y Max me amaban, ¿por qué yo no podía hacer lo mismo? Bajé al primer piso, y la mirada de Max me hizo sentir incómoda por unos segundos. Su sonrisa radiante, sin embargo, hizo que todo lo que sentía se desvaneciera en un instante. Me tomó la mano, y en ese simple gesto, todos mis problemas parecieron desvanecerse. Aunque siempre evitaba el contacto, esta noche quería dejarme llevar, olvidarme de todo. Uní mis labios a los suyos, y él me abrazó por la cintura, atrayéndome hacia él. Enredé mis dedos en sus hebras castañas, un gesto que solía darme tanta tranquilidad. —Estás hermosa —dijo, su voz llena de sinceridad cuando nos separamos. —Gracias —respondí con timidez, sin poder evitar que una ola de vergüenza me invadiera. —Comamos antes de irnos —propuso, y con un gesto suave, corrió levemente la silla para que pudiera acomodarme. Delante de mí había un plato con puré de papas y costilla de cerdo. Mi tratamiento médico era muy estricto, necesitaba seguir una dieta saludable, pero esa noche, me dejé llevar. Max sirvió una copa de vino, y aunque sabía que no debía, lo acepté. La comida estaba deliciosa y el vino exquisito, aunque noté un leve sabor amargo que no pude evitar. A veces, los gustos cambian cuando uno está enfermo. Tomé un bocado y jadeé del gusto. Hacía tanto tiempo que no disfrutaba una comida de esa forma, como antes. Max insistió en que me acabara la comida y el vino. Siempre era igual, su preocupación por mi peso, por mi salud. Me pedía que comiera todo, que me asegurara de disfrutarlo, y se encargaba de verificar que realmente lo hiciera. Terminamos la cena sin prisa, y la conversación con Max fue ligera, aunque mis pensamientos vagaban por otros lados. La sensación de la comida en mi estómago, tan reconfortante, era algo que había olvidado disfrutar. La compañía era lo que más amaba, no era lo mismo comer sola en mi cama todas las noches, prefería este momento, el gran comedor y mi amado esposo. —Ya casi es hora de irnos, ¿verdad? —dije con una sonrisa débil, alzando la copa de vino para beberme lo último que quedaba. —Sí, te dije que no podías retrasarte. Vanessa está esperando. Recogió los platos, y yo me levanté, el vestido de seda ahora parecía más liviano, a pesar de lo que mi cuerpo me decía. Max me ofreció su brazo, y por un momento, me sentí como si todo estuviera bien. O al menos, como si pudiera fingir que estaba bien. Subimos al coche y el trayecto fue tranquilo, el silencio fue reconfortante. No me sentía cansada, la comida y la compañía parecía haber mejorado mi noche y mi cuerpo lo sentía. Cuando llegamos a la casa de Vanessa, supe que era el momento. —Vamos, lo que sea que pase, será divertido —Max me sonrió, un gesto que aún me emocionaba. La luz del atardecer teñía el ambiente de tonos cálidos. La puerta se abrió antes de que tocáramos, y allí estaba Vanessa, radiante en su vestido, esperando con una sonrisa que iluminaba todo el lugar. Me adelanté y le di un fuerte abrazo, ella acarició mi cabello y admiro mi vestido. Luego, Max también la abrazo. Ese era el momento, la fiesta recién estaba empezando. Max y yo nos quedamos sentados la mayor parte de la fiesta. El bullicio de la música y las risas a nuestro alrededor parecían una murmullo lejano mientras yo me sumía en mis pensamientos. De vez en cuando, me lanzaba una mirada en dirección a la pista de baile, pero un nudo en el estómago me detenía. No quería sentirme mal en frente de todos, no quería ser una carga. Así que preferí quedarme en mi rincón, observando y permitiéndome solo momentos fugaces de alegría. Le insistí a Max en varias ocasiones que fuera a bailar con Vanessa, ellos eran amigos de la infancia y, después de todo, ella era la protagonista de la noche. Yo solo estaba allí para apoyarla, no para acaparar toda la atención. Pero él solo sonreía y me decía que prefería quedarse a mi lado. —Vale, ¿has visto a mi prometida? —preguntó Augusto, el prometido de Vanessa. Levanté la mirada, buscando a Vanessa entre la multitud, pero no la vi. Tampoco a Max. Algo dentro de mí se tensó, pero traté de disimularlo. —Seguro fue a retocarse el maquillaje, iré a buscarla —dije, forzando una sonrisa, y Augusto me agradeció con la mirada antes de alejarse. Me levanté con una ligera incomodidad en el estómago. Me dirigí al baño de damas, pero a medida que avanzaba, el mareo comenzó a intensificarse. Me apoyé contra la pared, luchando por mantenerme en pie. El dolor era como una ola que me arrastraba, pero en cuanto se calmó, seguí adelante. Necesitaba encontrar a Vanessa, y después, buscar a Max para decirle que debíamos irnos a casa. No quería arruinar el brindis, no quería ser la persona que echara a perder la noche. Fue cuando salí del baño cuando los vi. Vanessa y Max estaban hablando fuera del baño, y mi cuerpo reaccionó automáticamente, queriendo ir hacia ellos, pero algo me frenó. Ellos no me vieron, y yo no quería interrumpir. Sin embargo, algo en sus voces me detuvo, como una chispa que encendió una alarma en mi mente. —Es bueno que aún no lo haya descubierto —dijo Vanessa, su tono burlón flotó en el aire y me hizo congelarme en el sitio. Mi corazón latió con fuerza, pero seguí avanzando en silencio, acercándome a ellos sin hacer ruido. Sin embargo, la siguiente frase me detuvo en seco. —Llevas un año envenenándola y aún no se muere. No sé qué espera. La sensación de que el aire se me escapaba de los pulmones fue inmediata. El mundo a mi alrededor se desvaneció en un eco lejano, mientras las palabras de Vanessa y Max retumbaban en mi cabeza como una maldición. Mi respiración se aceleró, mi cuerpo se tensó y, antes de darme cuenta, las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, aunque no entendía bien qué estaba sucediendo. "Envenenándola…" ¿Qué significaba eso? ¿Por qué? Mi mente se rebelaba, intentando comprender, intentando conectar los puntos. ¿Cómo no lo había visto antes? Mi enfermedad, la que nadie había podido diagnosticar, resultó ser algo mucho más oscuro de lo que podría haber imaginado. Un veneno, algo que ellos mismos me habían estado administrando. En ese momento se abrazan y Vanessa le planta un beso apasionado en los labios. Como si la revelación de la doble traición que estaba sufriendo no fuera suficiente, mi cuerpo colapsó. El mareo se apoderó de mí, la visión se nubló y todo se oscureció. El último pensamiento que cruzó por mi mente fue una amarga ironía. Mi mejor amiga, mi esposo, ambos me habían estado matando lentamente y yo, completamente ciega a la verdad, había creído en su amor todo este tiempo. En todo este tiempo no pude verlo. Fui tan tonta. Son amantes.
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