Capitulo 3

1068 Palabras
Abrí los ojos y un dolor punzante me recorrió la cabeza, obligándome a parpadear varias veces. La luz me cegó al principio, pero cuando mi visión finalmente se aclaró, noté el blanco inmaculado de las paredes y las máquinas a mi alrededor. No estaba en casa. Estaba en un hospital. Intenté incorporarme, pero el dolor aumentaba cuando me movía. De repente, la puerta se abrió y una mujer vestida de blanco entró con una planilla en las manos. Sus ojos se encontraron con los míos, y durante un breve instante pareció sorprendida. Luego, una sonrisa cálida iluminó su rostro, como si estuviera acostumbrada a transmitir calma en situaciones tensas. —Señora Lancaster, ya despertó —dijo mientras ajustaba el suero que colgaba a mi lado—. Soy Lauren, su enfermera. —Gracias por... estar aquí —murmuré, mi voz ronca y débil. —¿Cómo se siente? Intenté moverme, pero un dolor punzante recorrió mi cuerpo. Me obligué a mantener el rostro neutral, pero el esfuerzo era evidente. —Duele... cuando me muevo. —Es normal después de lo que ha pasado, pero pronto se sentirá mejor. Había algo tranquilizador en su tono, aunque su sonrisa tenía un aire ensayado. Aun así, no podía evitar sentirme agradecida. Era la primera persona amable que veía en mucho tiempo. —Gracias —dije, esforzándome por mantener la voz firme. Por un momento, su sonrisa se suavizó, perdiendo aquel barniz de perfección. Había algo auténtico en sus ojos, como si esas simples palabras hubieran significado más de lo que yo podía entender. —Voy a pedirle que descanse lo más que pueda. El doctor pasará más tarde para hablar sobre su recuperación. Asentí levemente, sintiendo cómo el cansancio volvía a apoderarse de mí. Mientras la veía salir de la habitación, me di cuenta de que aquel breve intercambio había sido como un rayo de sol en medio de un cielo nublado. Aunque su sonrisa pudiera ser forzada, al menos por un momento, había sido real. Intenté cerrar los ojos y entregarme al sueño, pero el dolor seguía ahí, implacable, envolviendo cada rincón de mi cuerpo. Pasó media hora, tal vez más, antes de que se calmara lo suficiente para que pudiera respirar con algo de normalidad. Pero el cansancio no desapareció. No quería seguir luchando. Los recuerdos del día anterior se deslizaron por mi mente como cuchillas afiladas. El sabor amargo de la traición volvió a mi boca, áspero como cenizas. La sequedad en mi garganta y la opresión en mi pecho reaparecieron, como si mi cuerpo estuviera condenado a revivir ese momento una y otra vez. ¿Por qué? ¿Por qué debía soportar esto? ¿Por qué esos malditos no estaban aquí, mintiendo con sus sonrisas falsas y su preocupación fingida? Sabía la respuesta: no les importaba. Ellos se habían desentendido de mí. Me querían muerta. Apreté los puños, pero la fuerza se escapó de mis dedos. Lo sabía, lo había visto en sus rostros, en sus acciones. Pero saberlo no hacía que doliera menos. Estaba envenenada. Estaba casada. Y no tenía demasiadas esperanzas. Esperaba, con una mezcla de desesperación y resignación, que esta vez el doctor encontrara el veneno en mi cuerpo. Que hubiera pruebas suficientes para tomar cartas en el asunto. Pero, al mismo tiempo, sabía que no estaba preparada. No mentalmente. El peso de la traición, el dolor y la incertidumbre eran demasiado. Quería refugiarme en esta cama, cerrar los ojos y dejar que el mundo desapareciera. Quería no levantarme nunca más. La puerta volvió a abrirse, esta vez con un sonido seco que hizo eco en la habitación. Entró un hombre de mediana edad, con una barba abundante y una mirada serena que contrastaba con la agitación de mi interior. Sus pasos eran tranquilos, casi calculados. Había algo en él que me transmitía una extraña paz, como si su sola presencia pudiera contener el caos que me envolvía. Me observó durante unos segundos, ladeando la cabeza como si estuviera evaluándome, y luego caminó hacia mí. —Usted debe ser la señora Lancaster —dijo, revisando una planilla en sus manos. —Señora Rivas, doctor. Por favor llámeme así. Sus cejas se alzaron apenas, pero corrigió de inmediato: —Por supuesto, señora Rivas. Soy el doctor suplente que la atenderá, Marcos. —Se acomodó los lentes sobre la nariz y continuó— Le hicimos muchos análisis, pero no logramos encontrar el origen de su enfermedad... —No es una enfermedad, es veneno. Me han estado envenenando durante todo un año y jamás me di cuenta —mi voz se quebró al pronunciarlo, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas antes de que pudiera detenerlas. —¿Veneno? —repitió, con una mezcla de sorpresa y escepticismo— No es posible, señora Rivas. No se detectó ningún veneno en los análisis. —Tal vez sea algún veneno silencioso, pero lo escuché, doctor. Escuché a mi esposo decírselo a su amante. Créame, me están envenenando. —Lo miré, esperando encontrar algún rastro de comprensión, pero su expresión reflejaba más lástima que convicción. Seguramente pensaba que estaba perdiendo la cordura. —Ahora todo tiene más sentido. Siempre he sido fuerte como un caballo, mi salud impecable. ¿Por qué caería como un saco viejo por una enfermedad desconocida? El doctor frunció el ceño ligeramente antes de responder: —Si lo que dice es cierto, debería llevar las pruebas a la comisaría y hacer una denuncia. Un intento de asesinato es muy grave, sobre todo si usted tiene un seguro de vida. —Sí, mi esposo y yo sacamos un seguro de vida hace unos años. No queríamos dejar al otro sin nada en caso de morir. Decidimos adelantarnos a los hechos. —Entiendo —dijo, su tono más serio—. Señora Rivas, no se olvide de pagar el hospital. Se le ha estado dando su tratamiento a pesar de que debe varios meses, únicamente por la influencia de su difunto padre. Pero si sigue sin pagar, no podremos continuar. El corazón me dio un vuelco. —¿Varios meses? ¿De qué habla, doctor? —pregunté, mi voz un susurro de incredulidad y furia. El estómago me dio un vuelco. —Siento informarle, señora Rivas, pero el hospital lleva casi medio año sin ser pagado. De verdad pensábamos que estaba atravesando una situación económica complicada —respondió el doctor, notoriamente incómodo al darme la noticia.
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