La deseaba con una intensidad que pocas veces había experimentado, pero también sentía un impulso irrefrenable de protegerla, de cuidarla en cada momento y asegurarle que estaba allí, dispuesto a hacer todo lo posible para que ella se sintiera amada. No quería que este instante fuera fugaz; quería que cada segundo quedara grabado en la memoria de ambos, como un recordatorio de lo que eran capaces de compartir.
Así, sin prisa, se inclinó hacia ella, acercándose de nuevo con una delicadeza casi ritual. Esta vez, el beso fue aún más suave, como si quisiera plasmar en ese gesto toda la admiración y el respeto que sentía por ella. Sus labios se encontraron en un roce apenas perceptible, un susurro convertido en caricia que, sin embargo, tenía la fuerza de una tormenta de emociones. A pesar de la suavidad del beso, ambos sintieron cómo una corriente los atravesaba, despertando en ellos sensaciones que parecían nuevas, y que, al mismo tiempo, se sentían tan naturales como respirar.
En ese segundo beso, Nicolás puso un fragmento de su alma, deseando que ella sintiera la profundidad de sus sentimientos. No era un simple deseo, ni una atracción pasajera; era algo que parecía tener raíces más profundas, algo que él mismo apenas comenzaba a comprender. Y en ese beso, dejó que todas esas emociones afloraran, permitiendo que ella vislumbrara la sinceridad de su entrega, de su deseo de que esta relación, tan incierta como emocionante, floreciera.
Isabella, por su parte, se dejó llevar por la dulzura de aquel beso, sintiendo que cada caricia de sus labios era una promesa silenciosa, un juramento de entrega. Cerró los ojos y se abandonó a la sensación, permitiendo que su propio deseo y sus propios sentimientos se liberaran sin reservas. Nunca había sentido una conexión tan profunda, una unión que la hacía temblar de pies a cabeza, no solo por la pasión, sino por la vulnerabilidad que ambos compartían.
Cuando el beso terminó, se miraron en silencio, sus ojos reflejando el torbellino de emociones que ambos sentían. En ese instante, las palabras parecían innecesarias; había una comunicación silenciosa entre ellos, una certeza de que lo que compartían era verdadero, aunque no pudieran ponerle nombre ni entender del todo lo que significaba. Sin embargo, esa ambigüedad no importaba; en ese momento, lo único que contaba era el presente, el latido sincronizado de sus corazones y la promesa implícita de que seguirían explorando juntos el camino incierto que se abría ante ellos.
La cena continuó, pero cada bocado, cada sorbo de vino, parecía tener un sabor distinto, más intenso, como si el acto de compartir la comida juntos fuera una extensión de la intimidad que ambos ya habían comenzado a explorar.
Sus manos se encontraban en la mesa de vez en cuando, y cada roce de sus dedos bajo la superficie lisa del mantel desataba una corriente de deseo que resultaba difícil de contener. Era una danza sutil, un juego de miradas y caricias apenas perceptibles que, sin embargo, decían mucho más que las palabras que intercambiaban.
Mientras los platos se sucedían, el brillo en sus ojos se mantenía, y una sensación de anticipación latente los envolvía. Ambos sabían que el final de la noche era solo una pausa en una historia que apenas comenzaba, un capítulo en una narrativa mucho más extensa y compleja que, aunque incierta, los llenaba de ilusión y esperanza. Y así, entre susurros y miradas cómplices, la noche avanzaba, sellando un pacto silencioso entre ellos, una promesa de que, pase lo que pase, siempre recordarían este encuentro como un momento que los había cambiado para siempre.
Mientras Nicolás e Isabella disfrutaban de su copa de vino, la atmósfera entre ellos era pura tensión erótica. Los labios de Isabella rozaban su copa, mientras sus ojos se mantenían fijos en los de Nicolás, desatando una tormenta de deseo contenida más intensa.
—¿Y dónde está la sorpresa que me mencionaste esta mañana? —preguntó Nicolás con una mezcla de curiosidad y anticipación, recordando el tono provocador de Isabella al teléfono.
Isabella, con una sonrisa enigmática, dejó su copa sobre la mesa. Se levantó de su asiento y se acercó a él lentamente.
Nicolás la observaba, intrigado y en silencio, mientras ella se colocaba a su lado, bajando su cuerpo con elegancia hasta estar cerca de su oído.
—¿Quieres saber? —preguntó ella con una voz suave y juguetona.
Nicolás asintió, sin decir palabra, su curiosidad y deseo reflejados en su mirada. De repente, Isabella tomó la mano de Nicolás y la guía hasta sus piernas, deslizando sus dedos entre sus muslos calientes.
Nicolás se quedó inmóvil, sorprendido por la audacia de su amante, y fue entonces cuando sintió el pequeño collar estimulador que ella había colocado discretamente en su cuerpo. Al acariciarlo con suavidad, Isabella dejó escapar un leve gemido, lo suficientemente sutil para no ser oído por los demás, pero lo bastante fuerte como para que él lo sintiera en su piel.
Nicolás cerró los ojos por un instante, luchando por mantener el control mientras el deseo lo invadía. Sin embargo, Isabella no se detuvo ahí.
Con una mano firme y decidida, deslizó su mano por debajo de la mesa hasta encontrar el m*****o de Nicolás, que ya se encontraba en plena erección. Lo acarició lentamente, sintiendo la pulsación de su excitación, mientras él intentaba no perder la compostura en medio del restaurante.
Ambos estaban tan perdidos en su juego de seducción que no se dieron cuenta de la mujer que acababa de entrar al restaurante. Una mujer desconocida para Isabella, pero muy familiar para Nicolás: Lucia, su esposa.
Lucia había llegado sin previo aviso, y al verlo con Isabella, su rostro reflejó una mezcla de sorpresa y desconfianza. Se desplazó rápidamente hacia ellos, caminando con pasos firmes mientras ambos apenas despertaban de su trance. Para cuando Nicolás la notó, ya era demasiado tarde.
—Lucia... —Nicolás balbuceó, completamente sorprendido por su aparición—. Querida, ¿qué haces aquí?
Lucia cruzó los brazos, con una mirada que destilaba rabia y sospecha.
—Debería ser yo quien te preguntara eso. ¿Qué haces aquí? —preguntó, su voz cargada de reproche—. Me dijiste que tenías una reunión con tus colegas y, en cambio, te encuentro aquí, con esta mujer. ¿Quién es ella?
Nicolás intentó calmarse, buscando rápidamente una excusa que pudiera sonar creíble. A pesar de lo inesperado de la situación, su mente se puso en marcha.
—Ella es Isabella Collen, la nueva doctora del consultorio de urología. —dijo, gesticulando con calma—. Los demás aún no han llegado porque se han retrasado. Ella acaba de llegar, estábamos esperando.
Isabella, quien ya había sentido el peligro en el aire, decidió actuar antes de que la situación se complicara más. Sin esperar a que Nicolás terminara de hablar, se levantó de la mesa y con una sonrisa nerviosa, dijo:
—Disculpen, voy un momento al tocador. —y se retiró apresuradamente, su corazón latiendo con fuerza.
Nicolás se quedó solo frente a su esposa, intentando recuperar el control de la situación que se le escapaba de las manos como arena entre los dedos. Frente a él, Lucía lo observaba con una mezcla de incredulidad y desconfianza que se reflejaba en sus ojos, mientras mantenía los brazos cruzados y una ceja levantada, como si quisiera desafiarlo a explicar cada uno de sus movimientos.
Había algo helado en su mirada, una dureza que Nicolás conocía demasiado bien, y que ahora, bajo las luces bajas y el murmullo de fondo del restaurante, parecía cobrar una intensidad intimidante. La tensión entre ellos se podía cortar con un cuchillo, y Nicolás sintió una leve punzada de arrepentimiento, aunque no lo suficiente como para dejar de sentir la necesidad de mantenerse firme.
Por un momento, el silencio entre ambos se hizo ensordecedor. Nicolás intentaba encontrar las palabras correctas, aquellas que le permitieran retomar el control de la conversación sin levantar las sospechas de su esposa, pero también evitando que ella captara su incomodidad.
Sin embargo, su mente era un torbellino de pensamientos y excusas que parecían no encajar en la situación.
− ¿Qué hacía Lucía aquí? − ¿Por qué precisamente esta noche? − Era como si el universo hubiera decidido ponerlo en jaque, en el preciso instante en que su vida parecía dividirse en dos caminos opuestos, cada uno tan tentador como peligroso.
Intentando disimular su inquietud, Nicolás inhaló profundamente y trató de mantener su tono de voz calmado. Si podía desviar la conversación, al menos lograría ganar algo de tiempo para recomponer su fachada y no ceder a la tensión.
Entonces, con una mezcla de curiosidad y desafío velado en sus palabras, le lanzó una pregunta que esperaba sirviera para tomar la iniciativa de la conversación.
—Y ahora dime tú, ¿qué haces aquí, Lucía? −
La respuesta de Lucía no se hizo esperar. Con una leve inclinación de cabeza, como si quisiera recordar a Nicolás que no era una mujer fácil de engañar, ella respondió con frialdad y una chispa de provocación en su voz:
—Mi cena de negocios es en este restaurante−. ¿Te incomoda que estemos en el mismo lugar?
La frase resonó en el aire, cada palabra cargada de un reto implícito que no pasó desapercibido para Nicolás. La dureza en su tono era evidente, una especie de barrera que se interponía entre ellos y que Nicolás sabía que sería casi imposible derribar.
Durante años, había aprendido a interpretar esa mirada de Lucía, una mirada que podía penetrarlo hasta los huesos y que, en situaciones como esta, lo ponía a prueba, desafiándolo a mantener la compostura. Era una prueba de fuego, y él sabía que no podía flaquear, no esta vez.
Al escucharla, una chispa de irritación encendió algo en Nicolás. A pesar de la situación incómoda, no estaba dispuesto a dejarse intimidar, especialmente cuando sabía que, aunque complicado, él también tenía su derecho a estar allí.
En su interior, el conflicto entre la culpa y el deseo de proteger su privacidad se agitaba, pero con una frialdad que ni siquiera él reconocía, respondió con voz firme, decidido a no ceder terreno:
—No, no me molesta, siempre y cuando te mantengas alejada de mí−.
Sus palabras cayeron como un golpe. Por un instante, el silencio volvió a envolverlos, y ambos se miraron en un duelo silencioso que contenía años de resentimientos no expresados, de secretos guardados, de palabras que nunca se dijeron y que, en esa noche, parecían querer liberarse.
Lucía lo miró, incrédula, sus labios ligeramente entreabiertos, como si intentara procesar la brutalidad de su respuesta. No era común en Nicolás responder de esa forma, y algo en la expresión de su esposo le hizo entender que él también estaba al borde del abismo, aunque ella no podía saber cuán cerca estaba realmente.
Lucía estaba a punto de responder, de lanzar alguna frase mordaz que lo hiciera retroceder, cuando de repente notó una figura que se acercaba a ellos.
La tensión en el rostro de Nicolás cambió en un instante, y Lucía pudo ver cómo sus ojos se desviaban hacia un punto detrás de ella, reflejando una mezcla de sorpresa y algo más profundo que no lograba descifrar.
Al girarse ligeramente, pudo ver a Isabella, quien regresaba del tocador con un paso tranquilo y una sonrisa sutil, aunque claramente forzada, como si intentara proyectar una calma que en realidad no sentía.
Para Nicolás, la aparición de Isabella fue como una bocanada de aire fresco y, al mismo tiempo, un recordatorio del peligro que se avecinaba. Cada paso de ella hacia ellos era una cuenta atrás, y él sabía que debía actuar rápido para que la situación no se descontrolara aún más.
Intentó, sin éxito, transmitirle con la mirada que debía mantenerse al margen, que debía mantenerse alejada hasta que lograra resolver esta situación. Pero era evidente que el encuentro estaba fuera de su control.
Lucía observó a Isabella con detenimiento, escrutando cada uno.